Prisionero De Cristal

El pueblo donde las sombras conocen tu nombre

La mañana llegó a Raventhorn como una promesa gris.

La niebla cubría el valle entero y el castillo parecía flotar sobre un mar silencioso de vapor plateado. Desde las altas ventanas del salón oriental, Elizabeth podía ver apenas las torres torcidas del pueblo que se extendía al pie de la colina.

Umbrawell.

Hasta hacía unos días, ese lugar había sido simplemente una aldea olvidada en los registros de su familia. Ahora Elizabeth sentía algo distinto. Algo vivo. Algo que la observaba. Apoyó la mano sobre el vidrio frío de la ventana.

—Ese pueblo —murmuró— Nunca lo había visto así.

Lucian estaba detrás de ella. Observaba el valle con una calma que parecía sobrenatural.

—Porque antes no podías verlo.

Elizabeth lo miró de reojo.

—¿Ver qué exactamente?

Lucian guardó silencio un momento.

—Lo que realmente es.

La joven respiró lentamente. Desde la noche en que lo liberó del ataúd de cristal, sus sentidos habían cambiado. Las personas ya no eran simplemente personas.
Algunas tenían una sombra distinta. Una vibración. Una energía. Elizabeth aún no sabía cómo explicarlo. Pero sabía que era real.

—Quiero bajar al pueblo —dijo finalmente.

Lucian no respondió. Sus ojos se posaron sobre ella. Elizabeth frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué?

Lucian inclinó la cabeza.

—Ellos ya saben que estoy aquí.

Un escalofrío recorrió la espalda de Elizabeth.

—¿Quiénes?

Lucian volvió la mirada hacia Umbrawell.

—Todos.

El silencio se instaló entre ambos.
Luego Elizabeth suspiró.

—Entonces es mejor que nos conozcan.

Lucian no discutió. Porque no podía hacerlo. El hechizo que lo unía a ella seguía presente. Una cadena invisible. Una orden grabada en su propia existencia.
Pero algo dentro de él, algo profundo, no obedecía por obligación. No del todo.

Umbrawell

El pueblo parecía sacado de una pintura antigua. Casas de piedra oscura. Calles estrechas. Faroles de hierro negro que aún permanecían encendidos a pesar de la luz del día.

Y personas. Muchas personas. Pero ninguna parecía completamente humana. Elizabeth lo percibió de inmediato. Una mujer que caminaba con un cesto tenía ojos plateados. Un anciano sentado frente a una tienda poseía una piel tan pálida que parecía casi translúcida. Y algunos ni siquiera proyectaban sombra.
Elizabeth tragó saliva.

—Lucian…

—Sí.

—Ellos…

—No son humanos Elizabeth.

La respuesta fue tranquila. Como si hablara del clima. Pero Elizabeth sintió que su corazón latía con más fuerza. Mientras avanzaban por la calle principal, las conversaciones comenzaron a apagarse. Una a una. Las miradas se volvieron hacia ellos. Pero no hacia Elizabeth. Hacia Lucian.

Una mezcla de miedo y reverencia recorrió el ambiente. Un hombre alto con cabello blanco salió de una taberna. Sus ojos se clavaron en Lucian. Luego se inclinó levemente.

—No esperábamos volver a verlo.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Conocerlo?

El hombre no respondió. Pero otros comenzaron a murmurar.

—Es él…

—No puede ser…

—El prisionero…

Lucian permanecía inmóvil.
Elizabeth notó algo que no había visto antes. Las sombras del pueblo reaccionaban a su presencia. Como si lo reconocieran. Como si temieran algo que aún no había despertado.

Elizabeth lo miró. Y por primera vez una intuición profunda nació en su interior. Lucian era mucho más poderoso de lo que cualquiera imaginaba. Mucho más de lo que él mismo sabía.

Pero Elizabeth no dijo nada. Porque la confianza no se exige. Se gana.

En algún lugar del bosque

Alexander caminaba entre los árboles. La niebla se arremolinaba a su alrededor. Sus pasos eran pesados. Su respiración irregular.
Había dejado atrás el lugar donde había gritado a la luna.

Pero el dolor seguía allí. Una prisión invisible. Una condena grabada en su sangre. Alexander se detuvo. Apoyó la frente contra el tronco de un árbol.

—No puedo acercarme…

Su voz era apenas un susurro. Porque podía sentirla. Elizabeth.
La conexión entre gemelos ardía en su mente.bMás fuerte que nunca. Pero también sentía otra cosa. La bestia. El licántropo dentro de él.

Hambriento.
Violento.

Esperando el momento de tomar control. Alexander apretó los puños.

—No…

La transformación no ocurría. Pero la presión estaba allí. Siempre. Sin embargo había algo extraño. Algo que él aún no comprendía. Su mente.

Su mente no se había debilitado.
Al contrario. Era más fuerte que nunca. Sus pensamientos eran claros. Agudos. Casi demasiado. Las emociones también. Y en algún rincón profundo de su conciencia, una chispa de poder permanecía intacta.

El poder de los cazadores Von Fisher. Alexander no lo sabía aún.
Pero la licantropía no había destruido ese poder. Lo había amplificado. Su mente era ahora tan poderosa como la de Elizabeth.

Tal vez más. Pero Alexander no veía aquello. Solo veía la prisión.
La jaula sin barrotes. La condena. Y el miedo de convertirse en aquello que odiaba.

En la mansión del jugador

La noche había regresado. El salón del tablero de ajedrez estaba en silencio. El hombre de las sombras observaba una ventana abierta. La luna iluminaba apenas la mitad del tablero.

—La reina ha abandonado el castillo.

Darian Vargor estaba de pie detrás de él.

—La muchacha ha bajado al pueblo.

El hombre movió un peón blanco.

—Era inevitable.

Darian cruzó los brazos.

—¿Ordenamos un ataque?

El hombre negó.

—Aún no.

Sus dedos giraron una pieza.

—Las piezas más interesantes no deben eliminarse antes de tiempo.

Darian gruñó.

—Tu paciencia es irritante.

El hombre sonrió en la oscuridad.

—El ajedrez enseña muchas cosas.

—Como qué.




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