Prisionero De Cristal

El templo bajo la niebla

La niebla sobre Umbrawell no desaparecía nunca del todo.

Incluso cuando el sol intentaba abrirse paso entre las nubes grises, un velo lechoso permanecía suspendido entre las calles del pueblo como si la tierra misma respirara secretos demasiado antiguos para ser revelados.

Elizabeth caminaba junto a Lucian por un sendero empedrado que descendía detrás de la iglesia abandonada del pueblo.

El anciano de cabello blanco, quien se había presentado como Aldren, avanzaba delante de ellos con un farol de aceite en la mano.

—El templo fue sellado hace más de un siglo —dijo sin volverse— Después de la caída de los cazadores.

Elizabeth sintió un nudo en el estómago.

—¿Mi familia lo selló?

—No —respondió Aldren — Lo hicieron quienes sabían que algún día alguien como usted regresaría.

Se detuvo frente a una losa cubierta de musgo. Lucian inclinó la cabeza. Sus ojos celestes recorrieron los símbolos tallados en la piedra. Runas antiguas. Un lenguaje olvidado. Elizabeth sintió un leve zumbido en la mente. Un tirón. Como si algo invisible tirara de su conciencia.

—Esta puerta… —susurró.

Aldren levantó el farol.

—Solo puede abrirla un cazador.

Elizabeth extendió la mano. En el instante en que sus dedos tocaron la piedra, una corriente eléctrica atravesó su mente. El mundo se volvió blanco. Los símbolos comenzaron a brillar. La losa se movió lentamente.

Un suspiro antiguo escapó de las entrañas de la tierra. El templo se abría. Lucian observaba en silencio. Algo dentro de él reaccionaba. Un recuerdo…

Un eco de un tiempo demasiado remoto. Pero no lograba comprenderlo. Elizabeth descendió los escalones de piedra. El aire dentro del templo era frío.

Antiguo.

Las paredes estaban cubiertas de pinturas que representaban guerras entre cazadores y criaturas de la noche. Pero también había algo más. Figuras de seres alados. Hombres y mujeres con ojos de luz. Lucian se detuvo frente a una de las paredes.

—Esto…

Elizabeth lo miró.

—¿Qué pasa?

Lucian tocó el mural.

—Estos no son cazadores.

—¿Entonces qué son?

Lucian guardó silencio. Porque en su interior algo intentaba despertar. Pero no podía. Su memoria estaba fragmentada.

Sellada. Elizabeth observó el mural.

—¿Tu raza?

Lucian no respondió. Pero su silencio fue respuesta suficiente.

Mientras tanto en el bosque

Alexander cayó de rodillas. La luna iluminaba el claro donde se encontraba. El dolor había regresado. Pero esta vez era distinto.

Más intenso.
Más profundo.

Su cuerpo temblaba. Los huesos crujían bajo su piel. La transformación intentaba abrirse paso. La bestia. El licántropo.
Alexander apretó los dientes.

—No…

Sus manos se hundieron en la tierra. Su respiración se volvió salvaje. Su espalda se arqueó. Los músculos comenzaron a deformarse. Pero entonce algo ocurrió. Algo inesperado. Su mente reaccionó. Una fuerza invisible se levantó dentro de su conciencia.

El poder de los Von Fisher. El poder de los cazadores. No había desaparecido. Había crecido.
Alexander cerró los ojos. Y por primera vez desde su transformación no huyó de la bestia. La enfrentó.Dentro de su mente. La vio.Una criatura enorme. Oscura. Con ojos de fuego.

Un monstruo hecho de rabia y hambre. La bestia rugió. Intentó devorar su conciencia. Pero Alexander se mantuvo firme.

—No eres yo.

El licántropo atacó. La oscuridad se abalanzó sobre él. Pero la mente de Alexander brilló. Una luz intensa atravesó la sombra.

—No soy tu prisión.

La bestia retrocedió. Sorprendida.
Porque el humano no estaba huyendo. La enfrentaba. El choque entre ambos hizo temblar el cuerpo de Alexander. Su piel se rasgó. Su respiración se volvió irregular.

Pero la transformación se detuvo.
Alexander abrió los ojos. La luna seguía allí. Su cuerpo seguía humano. Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

—Puedo… detenerlo.

La esperanza nació como una llama frágil. Tal vez…

Tal vez no estaba perdido.

Raventhorn

El entrenamiento comenzó esa misma noche. La biblioteca del castillo se había convertido en un campo de batalla silencioso. Libros abiertos. Velas encendidas. Runas dibujadas sobre la mesa. Elizabeth estaba sentada frente a Lucian.

—Otra vez —dijo él.

Elizabeth cerró los ojos. Su mente se expandió. Intentó sentir el castillo. Los objetos. Las energías.
Los pensamientos. Pero la concentración se rompió. Una pila de libros cayó al suelo. Elizabeth suspiró frustrada.

—No puedo hacerlo.

Lucian se levantó. Se acercó a ella.

—Sí puedes — Tomó su mano —Solo tienes que dejar de intentar controlar todo.

Elizabeth abrió los ojos.

—Eso no es fácil.

Lucian sonrió apenas.

—Lo sé.

Pero cuando sus dedos tocaron los de ella, Elizabeth sintió algo extraño. Calidez. Una tranquilidad inesperada. Como si su presencia calmara la tormenta dentro de su mente. Y de pronto…

El castillo entero apareció en su conciencia. Los muros. Las torres.
La energía que lo atravesaba todo.
Elizabeth abrió los ojos sorprendida.

—Lo logré…

Lucian asintió.

—Sí.

Ella lo miró. Y sonrió. Era una sonrisa sincera. Luminosa. Por primera vez desde la muerte de sus padres. Elizabeth se sentía feliz. Simplemente feliz. Porque Lucian estaba allí. A su lado. Pero entonces ocurrió algo.

Algo pequeño.
Casi invisible.

Lucian soltó su mano. Un paso atrás. Y en su mirada apareció algo. Distancia. Frialdad. Elizabeth lo notó.

—¿Qué pasa?

Lucian negó.

—Nada.

Pero Elizabeth sintió algo profundo. Un rechazo silencioso.
Un muro invisible. Y aquello le dolió más de lo que esperaba.

—Si hice algo…

—No.

Su respuesta fue inmediata.
Demasiado rápida. Elizabeth bajó la mirada.

—Entonces… ¿por qué siento que te alejas de mí?




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