La entrada al templo antiguo parecía una herida abierta en la tierra. Una escalera de piedra descendía hacia la oscuridad, devorada lentamente por la niebla que se filtraba desde el valle. El aire era más frío allí abajo, como si el tiempo mismo se hubiera detenido en ese lugar olvidado.
Elizabeth sostuvo el farol con firmeza. Su luz temblorosa iluminaba las paredes cubiertas de símbolos antiguos. Runas. Marcas de los cazadores. Lucian caminaba a su lado.
Sus ojos celestes recorrían cada piedra, cada sombra, cada grieta del templo como si su memoria intentara reconocer algo que su mente aún no podía comprender.
—Este lugar… —murmuró Elizabeth—.Siento que mi familia vivió aquí.
Lucian pasó los dedos por un símbolo tallado en la pared.
—No solo vivieron aquí — Su voz era tranquila — Lucharon aquí.
Elizabeth bajó la mirada. El suelo estaba cubierto de placas de piedra. En cada una había nombres. Nombres antiguos.
Cazadores. La estirpe Von Fisher.
Elizabeth tragó saliva.
—Son… tumbas.
Lucian asintió.
—De los primeros cazadores.
Elizabeth se arrodilló frente a una de ellas. Sus ojos dorados brillaron con un reflejo tenue cuando la luz del farol los tocó.
—Mi padre decía que los cazadores nacían con un propósito.
Lucian la observó en silencio.
—¿Y tú crees en eso?
Elizabeth no respondió de inmediato. Sus dedos tocaron la piedra fría.
—Antes no — Levantó la mirada— Ahora no estoy segura.
Lucian no dijo nada. Pero algo dentro de él reaccionó. Porque en el instante en que Elizabeth tocó la tumba, una energía invisible recorrió la cámara. Las antorchas antiguas encendidas en las paredes brillaron levemente.
Elizabeth no lo notó. Pero Lucian sí. Y lo que vio lo dejó en silencio.
El poder mental de Elizabeth estaba creciendo. Más rápido de lo que incluso ella imaginaba. Mucho más rápido.
Mientras tanto en el bosque
Alexander respiraba con dificultad. Su espalda estaba apoyada contra un árbol oscuro.
La luna se filtraba entre las ramas, iluminando el claro con una luz plateada que parecía demasiado pura para aquel lugar. El dolor seguía allí. Siempre estaba allí.
Pero algo había cambiado. Alexander cerró los ojos. Dentro de su mente el conflicto seguía ardiendo. La bestia. La criatura que habitaba en su sangre. Pero ahora ya no dominaba su conciencia. La veía. La sentía. Y sin embargo la contenía. Su mente era un campo de batalla.
Una lucha silenciosa. Un combate entre su alma humana y la oscuridad que intentaba consumirlo. La bestia rugía en su interior. Un sonido salvaje que resonaba en su conciencia. Pero Alexander se mantenía firme.
—No… — Sus dedos se clavaron en la corteza del árbol —No voy a perderme.
La bestia atacó. Intentó empujar su mente. Intentó forzar la transformación. Sus huesos crujieron. Su piel ardió. Las venas en su cuello se tensaron. Pero entonces los ojos de Alexander se abrieron. Y brillaron con una luz dorada intensa.
El poder de los Von Fisher.
El poder de los cazadores.
Su mente se expandió.
La bestia retrocedió. No por miedo. Sino por sorpresa. Alexander respiró con dificultad.
—Yo… — Su voz era un susurro —Yo mando aquí.
La transformación se detuvo. Otra vez. El silencio volvió al bosque.
Alexander cayó de rodillas. El sudor cubría su rostro. Pero una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Puedo detenerlo…
Era una esperanza frágil. Pero era esperanza. Alexander aún no sabía que aquel poder podía hacer mucho más que detener la transformación. Mucho más. Pero la semilla estaba plantada.
Raventhorn — El entrenamiento
La noche envolvía el castillo. Las torres se recortaban contra el cielo oscuro como los dedos de una criatura gigantesca. Dentro de la biblioteca, Elizabeth estaba concentrada. Sentada frente a una mesa cubierta de pergaminos antiguos. Lucian estaba de pie frente a ella. Sus ojos celestes observaban cada movimiento con atención silenciosa.
—Otra vez —dijo.
Elizabeth respiró profundamente.
Cerró los ojos. Su mente se expandió. Intentó sentir el castillo.
Las paredes. Las corrientes invisibles de energía que recorrían el lugar. Durante un momento nada ocurrió.
Luego una vela en el otro extremo de la habitación se encendió sola.
Elizabeth abrió los ojos sorprendida.
—¡Lo hice!
Lucian asintió lentamente.
—Sí.
Elizabeth rió suavemente. Era una risa pequeña. Pero llena de vida.
Lucian la observó. Y por un instante algo cálido atravesó su pecho. Pero ese instante duró muy poco. Porque el dolor regresó.
El vínculo.
El hechizo.
La cadena invisible que lo mantenía ligado a ella. Lucian sintió la presión en su pecho. Como si una fuerza invisible tirara de su propia existencia. Intentó dar un paso atrás. Y el dolor lo atravesó. Un dolor profundo.
Invisible. Elizabeth no lo vio. Pero Lucian lo sintió como si su propio cuerpo se rompiera. Se detuvo.
Respiró lentamente.
—Debemos descansar.
Elizabeth lo miró.
—¿Te sientes bien?
Lucian asintió.
—Sí.
Pero no era verdad. Porque dentro de él la lucha había comenzado.
La lucha de Lucian
Esa noche Lucian salió al balcón de la torre. El viento movía su cabello oscuro. El bosque se extendía frente a él como un océano negro. Lucian apoyó las manos en la baranda. El dolor del hechizo seguía allí. Una cadena invisible. Un mandato grabado en su existencia.
Obedecer.
Proteger.
Permanecer cerca de Elizabeth. Pero Lucian no quería ser un arma. No quería ser una criatura sin voluntad. Cerró los ojos.
Intentó concentrarse. Buscar dentro de sí mismo. Algo.
Cualquier cosa. Que pudiera romper el hechizo. Su mente se expandió. Y por un instante sintió algo extraño. Un poder dormido.
Antiguo.