Prisionero De Cristal

La grieta en el vínculo

La madrugada llegó a Raventhorn con un silencio extraño, como si el castillo entero contuviera la respiración.

La niebla del valle ascendía lentamente por la colina y se deslizaba entre las torres como dedos pálidos que buscaban refugio entre las piedras antiguas. En ese momento incierto entre la noche y el amanecer, el mundo parecía suspendido entre dos realidades.

Elizabeth no dormía. Estaba sentada en el suelo de la biblioteca, rodeada por libros abiertos, pergaminos y velas que habían ardido durante toda la noche. El castillo era silencioso, pero su mente no. Había pasado horas intentando comprender lo que había descubierto en el templo.

Los símbolos.
Las pinturas.
Los nombres olvidados.

Pero algo la inquietaba más que cualquier otra cosa. El hechizo. El vínculo que unía a Lucian con ella.
Elizabeth levantó la mirada hacia la ventana alta de la biblioteca. La luna aún estaba allí.

Blanca.
Serena.
Indiferente.

—No es un vínculo… —susurró.

Sus dedos recorrían un pergamino antiguo que había encontrado entre los documentos de su padre.
Las palabras estaban escritas en una tinta oscura que parecía haber absorbido el tiempo.

“Las armas de la antigua raza no pueden ser dominadas por cadenas comunes. Solo un vínculo de obediencia puede mantenerlas bajo control. El hechizo liga su esencia al portador del sello. Mientras el vínculo exista, el arma no podrá alejarse.”

Elizabeth cerró los ojos. El farol iluminaba el texto con un resplandor tembloroso.

—No es un hechizo de protección — Su voz apenas fue un susurro —Es una prisión.

El pensamiento la atravesó como una cuchilla. Lucian no estaba a su lado por elección. Estaba allí porque no podía marcharse.

Porque si se alejaba, el dolor lo destruía. Elizabeth apoyó la frente contra la mesa. El aire del castillo olía a cera, pergamino viejo y piedra húmeda. Y por primera vez desde que había descubierto la verdad, sintió vergüenza.

—Lucian… — Su voz se quebró suavemente — No sabía.

En el bosque

La luna seguía dominando el cielo.
El bosque parecía un océano de sombras agitadas por el viento nocturno. Alexander caminaba entre los árboles como un espectro. Cada paso era una lucha.
Cada respiración un recordatorio de lo que ahora era. Y de lo que temía convertirse.

Pero algo había cambiado. La lucha contra la bestia ya no era solo dolor. Era conciencia. Era voluntad. Alexander se detuvo junto a un arroyo oscuro. El agua reflejaba la luna. Y su rostro.

El rostro de un joven humano.
Pero bajo esa piel habitaba una tormenta. Cerró los ojos. Respiró profundamente. Y dejó que su mente descendiera hacia el lugar donde la oscuridad esperaba.

La bestia apareció. Un coloso de sombras y colmillos. Un lobo gigantesco hecho de rabia y hambre. Sus ojos ardían como brasas. Alexander la observó. Esta vez no había miedo.

—No eres mi dueño.

La criatura gruñó. La tierra tembló dentro de su mente. Pero Alexander permaneció firme. La luz dorada de su conciencia comenzó a expandirse. Era un poder antiguo. El legado de los Von Fisher. Un poder que los licántropos jamás habían podido comprender.

La bestia atacó una vez mas. Un rugido que sacudió su mente. Pero la luz no se rompió. Alexander respiró lentamente.

—No soy tu prisión.

El lobo retrocedió. Por primera vez. Y en ese instante Alexander sintió algo nuevo. Algo que nunca había experimentado desde su transformación.

Silencio.

Un espacio en su mente donde la oscuridad no reinaba. La esperanza brotó como una chispa frágil.Tal vez…

Tal vez la bestia no era una condena eterna. Tal vez podía dominarla. Alexander abrió los ojos. La luna brillaba sobre el arroyo. Y en ese momento…

Algo ocurrió. Un estremecimiento recorrió su mente. Una presencia.
Su corazón se detuvo.

—Elizabeth…

El vínculo entre gemelos se abrió como una grieta en la noche. No era una voz. No era un sonido. Era una sensación. Un eco. Una puerta entre dos almas. Alexander no comprendía cómo lo estaba haciendo. Pero su mente…

Su mente la había encontrado.

Raventhorn

Elizabeth levantó la cabeza de golpe. El mundo pareció inclinarse. Un susurro atravesó su conciencia. No era un pensamiento propio. No era una ilusión.

Era algo más profundo. Más antiguo. Más íntimo. Un latido familiar.

—Alexander…

Su voz apenas salió de sus labios. El vínculo entre gemelos había despertado. La mente de Elizabeth se expandió. Y por un instante fugaz vio el bosque. Sintió el frío.

La desesperación. La lucha. Y la bestia. Elizabeth se llevó una mano al pecho. El dolor que atravesaba a su hermano era real.
Pero también lo era algo más.

Su resistencia.
Su humanidad.

—Está vivo…

Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

—Alexander está vivo.

El despertar de Lucian

En la torre del castillo, Lucian estaba de pie frente al horizonte. El viento nocturno agitaba su abrigo oscuro. Sus ojos celestes reflejaban la luna. Intentaba nuevamente romper el hechizo.

Intentaba empujar su mente más allá de la prisión invisible que lo mantenía atado. Su respiración se volvió lenta. Profunda. Buscó dentro de sí mismo.

Más allá del dolor.
Más allá del vínculo.

Y entonces algo despertó. No fue una explosión. Fue un susurro. Un poder antiguo que se movía bajo su conciencia como un océano dormido. Lucian sintió que el aire alrededor de él vibraba. Las sombras del bosque comenzaron a moverse. La energía del castillo respondió. Y por un instante…

El vínculo que lo ataba a Elizabeth tembló. Lucian abrió los ojos.Una corriente invisible atravesó el cielo. La luna pareció oscurecerse.

Las piedras del balcón se agrietaron bajo sus pies. El poder que dormía dentro de él estaba despertando. Un poder que ni su propia raza había comprendido.




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