Prisionero De Cristal

La criatura que temía la luz

El bosque estaba inmóvil. No era el silencio sereno de la naturaleza, sino un silencio denso, expectante, como si la noche misma estuviera observando.

Alexander permanecía sentado junto al arroyo oscuro donde la luna se reflejaba como un espejo roto. El agua corría lenta entre las piedras, produciendo un murmullo hipnótico que parecía acompañar el ritmo irregular de su respiración.

Había dejado de huir. Por primera vez desde su transformación, había dejado de huir de sí mismo.
Sus manos descansaban sobre sus rodillas, abiertas, relajadas. El viento frío atravesaba las ramas del bosque y agitaba su cabello rubio, pero Alexander ya no temblaba. No por el frío.

Dentro de su mente, el paisaje era distinto. Allí, la oscuridad seguía presente. La bestia seguía allí. Pero la guerra había cambiado.
Alexander cerró los ojos lentamente. Respiró. Y descendió otra vez hacia ese lugar interior donde la criatura esperaba. La bestia apareció como siempre.

Una masa de sombra y músculo, con colmillos blancos y ojos salvajes que brillaban como brasas. Un lobo enorme hecho de furia y hambre, nacido de la maldición que corría por su sangre. Pero Alexander no retrocedió. Esta vez caminó hacia ella. La criatura gruñó. El sonido vibró dentro de su mente como un trueno.

-No -dijo Alexander con calma.

El lobo avanzó un paso, amenazante. Alexander lo observó en silencio.

-No voy a pelear contigo.

La bestia mostró los colmillos. Sus músculos se tensaron, lista para atacar. Alexander levantó una mano. No como defensa. Como un gesto de calma.

-Este cuerpo... -murmuró- no es una prisión - El lobo dudó. Solo un instante. Pero fue suficiente para que Alexander continuara -Y yo no quiero ser tu carcelero.

El gruñido se volvió más bajo. Más incierto. Alexander dio otro paso.

-Pero tampoco voy a ser tu esclavo.

El silencio llenó el espacio entre ambos. La bestia respiraba con dificultad. Alexander inclinó ligeramente la cabeza.

-Tenemos que convivir.

Las palabras parecían imposibles.
Pero también inevitables.

-Tú eres parte de mí.

El lobo retrocedió un paso. Alexander lo vio entonces. Algo que nunca había visto antes. Algo que el miedo había ocultado. La criatura parecía enorme, feroz pero sus ojos bo eran ojos de odio.

Eran ojos de miedo. Alexander frunció ligeramente el ceño. Y entonces lo comprendió. La forma monstruosa que había imaginado no era la verdad. La sombra comenzó a cambiar.

A encogerse.
A deformarse.

El lobo gigante se deshizo como niebla al amanecer. Y en su lugar apareció algo distinto. Un cachorro. Un pequeño lobo de pelaje oscuro, con ojos enormes y asustados. VAlexander se quedó inmóvil. El cachorro gruñó débilmente. Pero el sonido era inseguro. Confundido. Alexander sintió que algo dentro de su pecho se quebraba.

-Tú... también estás asustado.

El cachorro retrocedió. Alexander se arrodilló frente a él. Con una paciencia infinita.

-No quiero lastimarte.

El pequeño lobo inclinó la cabeza.
Alexander extendió la mano. Durante un largo momento, ninguno de los dos se movió. Luego el cachorro avanzó lentamente. Olfateó sus dedos.
Alexander sonrió suavemente.

-Eso es...

La criatura no era un enemigo. Era una parte perdida de sí mismo. Una fuerza salvaje que no entendía el mundo. Que había nacido del dolor. Alexander apoyó la mano sobre su cabeza. El cachorro no huyó.

-Vamos a aprender juntos.

El pequeño lobo lo observó. Sus ojos ya no brillaban con furia. Solo con incertidumbre. Alexander respiró profundamente.

-No eres mi prisión - Sus dedos acariciaron suavemente el pelaje oscuro - Eres mi fuerza.

Y por primera vez desde su transformación, la bestia dejó de gruñir.

Raventhorn

La noche había vuelto a caer. El castillo parecía una silueta negra recortada contra el cielo. Elizabeth caminaba sola por los pasillos. Lucian dormía en una de las habitaciones de la torre. O al menos eso creía ella.

Había esperado hasta que el castillo se sumiera en el silencio.
Hasta que las antorchas se consumieran lentamente en los muros. Solo entonces tomó el pergamino que había encontrado entre los documentos de su padre.

El mapa era antiguo. Y peligroso.
Un sitio oculto. Un lugar donde los cazadores habían guardado artefactos prohibidos. Objetos mágicos. Conjuros olvidados.
Elizabeth caminó hacia la salida del castillo. El viento nocturno era frío. Pero no dudó.

-Tengo que encontrar algo... -susurró - Algo que liberara a Lucian.

No podía soportar la idea de que él permaneciera a su lado por obligación. Quería que se quedara porque lo deseaba. Porque confiaba en ella. No por una cadena invisible.

El sendero descendía por la colina hacia el bosque. Elizabeth sostenía una linterna mientras avanzaba entre los árboles. La luz dibujaba sombras alargadas entre las ramas. El bosque parecía más oscuro que de costumbre. Más silencioso. Elizabeth siguió el mapa. Un claro. Una roca cubierta de runas.

Una entrada oculta bajo la tierra.
Estaba cerca. Lo sentía. Pero entonces el viento cambió. Un olor penetrante atravesó el aire. Sangre. Tierra húmeda. Y algo más. Un olor animal.

Elizabeth se detuvo. El corazón comenzó a latirle con fuerza.

-¿Quién está ahí?

El silencio respondió. Pero no por mucho tiempo. Un crujido. Luego otro. Sombras que se movían entre los árboles. Elizabeth retrocedió un paso. Los vio entonces. Ojos brillando en la oscuridad.

Uno.
Dos.
Tres.
Más.

Los licántropos emergieron lentamente entre la niebla. Sus cuerpos enormes proyectaban sombras deformes bajo la luz de la luna. Sus colmillos brillaban.

Elizabeth respiró profundamente.
Sus ojos dorados comenzaron a brillar.

-No soy una presa.

El primer licántropo sonrió mostrando los dientes.

-No - Su voz era grave. Cruel -Eres algo mucho más interesante.




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