El bosque había dejado de ser un lugar. Se había convertido en una boca abierta. Una boca negra, húmeda, llena de respiraciones que no eran humanas.
Elizabeth lo sintió antes de comprenderlo. El miedo. No como una emoción. Como una sustancia.
Espesa.
Fría.
Deslizándose por su sangre como hielo. Los árboles se alzaban alrededor de ella como columnas de una catedral antigua, y la luna, suspendida sobre sus cabezas, derramaba una luz pálida que parecía incapaz de tocar el suelo.
Y entonces los vio. Los licántropos.
No eran criaturas como las que había imaginado en los libros de su familia. No eran lobos gigantes. No eran hombres transformados.
Eran algo peor.
Mucho peor.
Sus cuerpos eran monstruosas fusiones de músculo y hueso, demasiado grandes, demasiado deformes para pertenecer a ninguna criatura natural. Las espaldas arqueadas parecían haber sido torcidas por una fuerza cruel, y sus mandíbulas alargadas mostraban colmillos amarillentos que brillaban bajo la luz de la luna. Los ojos. Dios santo. Los ojos. No eran animales. Había inteligencia en ellos. Una inteligencia enferma.
Cruel.
Uno de ellos dio un paso hacia adelante. Sus garras rasgaron la tierra húmeda. Elizabeth sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Aquello era real.
Todo era real.
Las historias.
Las guerras.
La sangre de su familia. Los cazadores. Su mente trató de reaccionar. Recordó los entrenamientos con Lucian. Recordó las posiciones. Los movimientos. Las técnicas mentales. Pero su mente estaba en blanco. Un vacío absoluto.
Su cuerpo se había convertido en piedra. Las piernas no respondían. Las manos temblaban. El corazón golpeaba su pecho como un animal atrapado. Uno de los licántropos inclinó la cabeza. Luego comenzó a reír. No era un sonido animal. Era una carcajada grave y grotesca.
- Mírenla... - Los otros se acercaron lentamente -La última cazadora.
Elizabeth sintió que sus rodillas se debilitaban.
- ¿Esto es lo que queda de los Von Fisher?
Otro licántropo se acercó. El hedor de su aliento era insoportable.
- Pensé que los cazadores eran más valientes.
Elizabeth intentó levantar la mano. Intentó concentrarse. Intentó recordar todo lo que Lucian le había enseñado. Pero el terror había invadido su mente como una tormenta.
No podía pensar.
No podía respirar.
No podía moverse.
Solo temblaba.
El licántropo frente a ella mostró los colmillos.
- Tu familia cazaba a los nuestros.
Su voz era un gruñido húmedo.
- Y mira cómo tiemblas.
Elizabeth sintió que las lágrimas comenzaban a llenar sus ojos. Una pregunta cruzó su mente como un relámpago.
¿Cómo...? ¿Cómo había hecho su familia aquello durante generaciones? ¿Cómo podían enfrentarse a estas criaturas? ¿Cómo podían cazarlas?
Ella no podía ni moverse. El miedo la tenía paralizada. Sus dedos temblaban. Su visión se nublaba. Los licántropos comenzaron a rodearla lentamente. El círculo se cerraba. Elizabeth comprendió entonces algo terrible. Iba a morir.
Allí. En ese bosque. Sola. La última heredera de su familia. Muerta sin siquiera haber luchado..Su mente buscó algo. Una salida. Una esperanza. Pero no encontró nada. Nada excepto un nombre.
Lucian.
Su mente lo llamó. No con palabras. Con desesperación. Con terror. Con un grito silencioso que atravesó cada rincón de su conciencia.
- Lucian...
Raventhorn
En el balcón del castillo, el viento nocturno agitaba el abrigo oscuro de Lucian. La luna brillaba sobre las torres de Raventhorn. Todo estaba en calma. Hasta que ocurrió. El grito. No fue un sonido. Fue una explosión dentro de su mente. El terror de Elizabeth lo atravesó como un rayo.
Lucian se quedó inmóvil. Durante un segundo. Solo uno. Y luego el mundo cambió. Su corazón se detuvo. La desesperación de Elizabeth lo golpeó con tal fuerza que la piedra bajo sus pies se resquebrajó.
– Elizabeth.
Su nombre escapó de sus labios como un juramento. Lucian ya estaba moviéndose. Saltó desde el balcón. El viento rugió en sus oídos. Aterrizó sobre la piedra del patio sin hacer ruido. Y corrió. No como un humano. Como algo más.
Algo antiguo. Algo diseñado para la guerra. El bosque se convirtió en una tormenta de sombras mientras atravesaba la colina. Los árboles pasaban a su lado como fantasmas. La tierra desaparecía bajo sus pies.
Lucian no corría. Volaba. Más veloz que el viento. Más veloz que el rayo. Solo existía una cosa en su mente. Elizabeth.
El bosque
Los licántropos se acercaban. Uno de ellos levantó una garra. Elizabeth cerró los ojos. El golpe nunca llegó. Un sonido atravesó el bosque. Un estallido. Un impacto.
Cuando Elizabeth abrió los ojos, el licántropo que estaba frente a ella ya no estaba.
Su cuerpo salió despedido contra un árbol con una violencia imposible. Lucian estaba allí. Había aparecido como una sombra. Sus ojos celestes ardían bajo la luna. El silencio cayó sobre el bosque.
Los licántropos lo miraron. Y algo extraño ocurrió. Dudaron. Lucian dio un paso adelante. El aire a su alrededor parecía vibrar.
- Aléjense.
Su voz era fría. Calma. Pero en ella había algo que helaba la sangre.
Uno de los licántropos gruñó.
- Otro humano.
Lucian lo miró. Y sonrió. Fue una sonrisa pequeña. Terriblemente tranquila.
- No.
El licántropo atacó. No llegó ni a tocarlo. Lucian se movió. Demasiado rápido. Demasiado preciso. Su cuerpo giró como una cuchilla. Un golpe. El sonido seco de huesos rompiéndose.
El licántropo cayó al suelo. Los otros atacaron al mismo tiempo. Elizabeth apenas pudo seguir lo que ocurrió. Lucian se convirtió en una tormenta. Sus movimientos eran fluidos. Perfectos. Cada golpe era mortal. Cada movimiento calculado.
No peleaba.
Ejecutaba.
Un licántropo intentó saltar sobre él. Lucian lo atrapó en el aire. Su cuerpo giró. La criatura fue arrojada contra el suelo con una fuerza devastadora.