Prisionero De Cristal

El arma que sangra por mí

El bosque quedó atrás como una pesadilla que se disuelve al amanecer. Pero Elizabeth sabía que aquello no había sido un sueño. El olor metálico de la sangre seguía impregnado en el aire de la noche, pegándose a su memoria como una sombra que se niega a desaparecer.

Lucian caminaba con ella en brazos. No hablaba. No parecía cansado. Avanzaba por el sendero que ascendía hacia el castillo Raventhorn con la misma calma con la que una tormenta avanza hacia la costa.

Elizabeth apenas sentía sus propios dedos. El miedo aún corría por su cuerpo como un veneno lento. Sus manos se aferraban al abrigo oscuro de Lucian con una fuerza que ni ella misma comprendía.

La colina se alzaba frente a ellos, coronada por la silueta del castillo.
Las torres negras se recortaban contra el cielo nocturno como las agujas de una catedral abandonada. Las ventanas estaban oscuras. Silenciosas.

Raventhorn parecía observarlos regresar. El viento agitó los árboles. Elizabeth cerró los ojos un instante. Y en su mente volvió a verlos. Los licántropos. Las mandíbulas abiertas. Los colmillos.

El olor de la muerte. Su cuerpo tembló..Lucian lo sintió.
Ajustó ligeramente el abrazo.

—Ya pasó —dijo en voz baja.

Elizabeth no respondió. Su respiración era irregular. Llegaron a las escalinatas del castillo. Las puertas de hierro se abrieron con un crujido antiguo cuando Lucian las empujó. El interior del castillo estaba en penumbra.

Antorchas apagadas. Sombras largas que trepaban por las paredes de piedra. Lucian avanzó por el gran salón. Sus pasos eran silenciosos. Elizabeth levantó la mirada. Las estatuas de antiguos cazadores observaban desde las columnas.

Los retratos de los Von Fisher parecían seguirlos con sus ojos pintados. Elizabeth sintió una punzada en el pecho. Su familia.

Los cazadores.

Aquellos hombres y mujeres que habían enfrentado monstruos durante generaciones. Ella no había podido ni levantar una mano. Lucian subió las escaleras.

El castillo estaba tan silencioso que el leve roce de la tela de su abrigo parecía un sonido demasiado fuerte. Llegaron a la habitación de Elizabeth. Lucian empujó la puerta con el hombro.

La habitación estaba iluminada por la luz pálida de la luna que entraba por las ventanas altas. Las cortinas se movían suavemente con el viento nocturno. Lucian se acercó a la cama.

La dejó sobre el colchón con cuidado. Elizabeth se sentó lentamente. Pero sus manos seguían temblando. Lucian se quedó frente a ella. Observándola.

Sus ojos celestes parecían más profundos bajo la luz plateada de la luna. Elizabeth evitó mirarlo. Sus dedos se aferraban a la tela de su vestido.

—Elizabeth…

Ella cerró los ojos. La imagen volvió. Los cuerpos..Los golpes. La velocidad imposible de Lucian. Los licántropos cayendo uno tras otro.
Su voz salió apenas como un susurro.

—Murieron…

Lucian no respondió.

—Los mataste.

El silencio llenó la habitación.
Elizabeth levantó lentamente la mirada.

—No quería que mataras por mí.

Las palabras flotaron entre ellos.
Lucian la miró. No había culpa en sus ojos. Tampoco orgullo. Solo una calma extraña.

—No luché por ti porque quisiera.

Elizabeth frunció ligeramente el ceño.

—¿Entonces por qué?

Lucian respondió sin apartar la mirada.

—Porque no puedo permitir que mueras.

La respuesta fue directa. Simple.
Pero cayó sobre el corazón de Elizabeth como una piedra en un lago quieto. El hechizo. Ella bajó la mirada. Sus manos se cerraron lentamente.

—Eso es lo que odio.

Lucian inclinó apenas la cabeza.

—¿Odiar qué?

Elizabeth respiró profundamente.

—Que no tienes elección.

Lucian no dijo nada. Ella levantó la mirada. Sus ojos dorados brillaban con una tristeza que parecía demasiado grande para alguien de su edad.

—No quiero que estés a mi lado por obligación.

El viento agitó las cortinas.

—No quiero un arma.

Lucian permanecía inmóvil.
Elizabeth extendió lentamente la mano. Sus dedos temblaban cuando tocaron el rostro de Lucian. Su piel estaba fría. Pero viva.

—Quiero que seas libre.

Lucian no se movió. Sus ojos celestes se clavaron en los de ella.
Algo pasó en ese instante. Algo pequeño. Pero profundo. Porque durante un segundo Lucian no parecía un arma. Parecía un joven.
Un joven que no sabía qué responder. Su voz salió más baja de lo habitual.

—La libertad…

Sus palabras se apagaron. Elizabeth retiró la mano lentamente. La habitación quedó en silencio. Lucian dio un paso atrás. Se acercó a la ventana. Miró el bosque oscuro que se extendía más allá de la colina. Elizabeth lo observó.

Por primera vez desde que lo había liberado del ataúd de cristal…

No lo veía como un misterio. Lo veía como alguien herido. Como alguien atrapado. Lucian apoyó una mano contra el marco de piedra de la ventana. La luna iluminaba su rostro.

—Cuando la organización capturaba a los de mi raza —dijo finalmente— nos enseñaban algo.

Elizabeth levantó la mirada.

—Que éramos armas.

El viento atravesó la habitación.

—Que no teníamos voluntad.

Sus ojos celestes parecían mirar algo muy lejos.

—Que no teníamos derecho a elegir.

Elizabeth sintió un nudo en la garganta.

—¿Y tú…?

Lucian la miró.

—Yo nunca aprendí otra cosa.

El silencio volvió a caer sobre la habitación. Elizabeth comprendió algo terrible. Lucian no sabía qué hacer con la libertad. Porque nunca la había tenido. Ella bajó la mirada.

—Entonces… vamos a aprender juntos.

Lucian no respondió. Pero algo en su mirada cambió. Algo pequeño.
Algo que ni siquiera él comprendía. Porque una parte de él, una parte muy profunda, quería quedarse.

No por el hechizo.
Por ella.

El bosque

Muy lejos del castillo. Entre los árboles oscuros, Alexander observaba Raventhorn desde la distancia. La luna iluminaba su cabello rubio. El viento movía las ramas del bosque.




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