Prisionero De Cristal

Las voces del bosque y las cadenas invisibles

La noche había caído sobre Raventhorn con la lentitud solemne de un manto funerario.

Las torres del castillo se alzaban contra el cielo oscuro como dedos de piedra intentando tocar la luna. La niebla había comenzado a deslizarse entre los jardines abandonados y las columnas del patio, convirtiendo el lugar en un reino silencioso donde incluso el viento parecía caminar de puntillas.

Elizabeth no dormía. Sentada junto a la ventana de su habitación, observaba el bosque.
Desde allí podía ver la línea oscura de los árboles extendiéndose hasta perderse en la distancia. Aquella extensión negra parecía respirar bajo la luz plateada de la luna.

Sus manos descansaban sobre su regazo. Pero no estaban quietas.
Temblaban. No de miedo esta vez.
De pensamientos. La escena en el bosque seguía repitiéndose dentro de su mente.

Lucian.
Su velocidad.
Su precisión.

La forma en que se movía entre los licántropos. Elizabeth cerró los ojos. Había visto muchas cosas esa noche. Cosas que no comprendía del todo. Pero una imagen permanecía grabada en su memoria con una claridad casi dolorosa.

La mirada de Lucian después de la batalla. No había orgullo en ella.
No había satisfacción. Solo silencio. Un silencio pesado.
Elizabeth apoyó la frente contra el vidrio frío de la ventana.

—No eres un arma… — susurró con firmeza.

El viento nocturno sacudió suavemente los árboles. Y en ese mismo instante algo cambió. Una sensación recorrió su mente. No fue un sonido. Fue más parecido a una vibración.

Como si una cuerda invisible hubiera sido tocada dentro de su conciencia. Elizabeth frunció el ceño. Se enderezó lentamente. Su poder mental había comenzado a despertar desde la muerte de sus padres. Pero aquello era diferente.
No era un pensamiento suyo. Era otra mente. Algo en el bosque. Sus ojos dorados brillaron suavemente.

—¿Quién…?

El silencio respondió. Pero solo por un segundo. Entonces una voz apareció en su mente. No era una voz humana. Era más suave. Más joven. Curiosa.

—¿Eres tú?

Elizabeth se quedó completamente inmóvil. La voz volvió a hablar.

—La chica dorada.

Elizabeth susurró sin mover los labios.

—¿Quién eres?

La respuesta llegó acompañada de una imagen. Bosque. Árboles. Luna. Un joven de cabello rubio observando el castillo desde la distancia. Elizabeth dejó de respirar.

—Alexander…

La imagen se volvió más clara. Su hermano. De pie entre las sombras del bosque. Pero no estaba solo. Junto a él, en el paisaje de su mente, había un pequeño lobo.

Un cachorro. El animal levantó la cabeza y miró directamente hacia ella.

—Hola.

Elizabeth sintió que su corazón se detenía.

—¿Qué?

La pequeña criatura inclinó la cabeza con curiosidad.

—Eres ruidosa.

Elizabeth tardó unos segundos en comprender. La criatura le estaba hablando. Dentro de su mente.

—Alexander…

La imagen mental de su hermano se volvió más nítida. Sus ojos dorados eran los mismos. Pero había algo diferente en su expresión. Más serenidad. Más calma.

—Elizabeth —respondió él dentro de la conexión mental.

La emoción golpeó a Elizabeth como una ola.

—¡Estás vivo!

Alexander sonrió levemente.

—Lo estoy.

Elizabeth sintió que las lágrimas llenaban sus ojos.

—Te convertiste en…

Su mente no pudo terminar la frase. Alexander comprendió.

—No.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿No?

El pequeño lobo dio un pequeño salto en la imagen mental.

— ¡Porque estoy aquí!

Elizabeth lo miró con incredulidad.

—¿Tú hablas?

El cachorro movió la cola.

—Claro.

Alexander se pasó una mano por el cabello.

—Es complicado de explicar.

Elizabeth respiró profundamente.

—Explícalo.

El pequeño lobo se acomodó en el suelo de la mente de Alexander.

—Yo soy la bestia.

Elizabeth sintió un escalofrío recorrer su espalda.

—¿La maldición?

El cachorro negó con la cabeza.

—No.

Alexander intervino.

— La maldición desapareció.

Elizabeth abrió los ojos con sorpresa.

—¿Cómo?

Alexander acarició mentalmente al pequeño lobo.

— Aprendimos a convivir.

El cachorro habló con orgullo.

— Somos equipo.

Elizabeth guardó silencio. Aquello era imposible. Pero su poder mental podía sentir la verdad.
Alexander no estaba mintiendo.

— Entonces… — Elizabeth susurró con emoción contenida — ¿Puedes volver?

Alexander levantó la mirada hacia el castillo.

—Pronto.

El pequeño lobo levantó las orejas.

—Pero cuidado.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Cuidado de qué?

El cachorro respondió.

—El chico oscuro.

Elizabeth sintió un pequeño sobresalto.

—Lucian.

El lobezno movió la cola lentamente.

—Está sufriendo.

Elizabeth se quedó inmóvil.

— ¿Qué?

Alexander miró hacia la torre del castillo.

— Elizabeth….El hechizo.

El viento sacudió las cortinas de la habitación. Elizabeth se puso de pie de golpe.

—¿Qué pasa con el hechizo?

El pequeño lobo respondió con una voz más baja.

— Le duele.

Elizabeth salió corriendo de la habitación. Sus pasos resonaban por los pasillos del castillo mientras descendía por las escaleras de piedra. No sabía exactamente por qué. Pero su corazón sabía adónde ir. La biblioteca del ala norte. Las puertas estaban entreabiertas.

Elizabeth se detuvo frente a ellas.
Y escuchó. Un sonido bajo. Un gemido contenido. Empujó la puerta lentamente. La escena que encontró dentro hizo que su corazón se encogiera.

Lucian estaba de rodillas. Las manos apoyadas contra el suelo de piedra. Su respiración era irregular. Dolorosa. La sombra de su cuerpo temblaba bajo la luz de las velas. Elizabeth se acercó lentamente.

—Lucian…

Él no respondió. Pero su cuerpo se tensó. Elizabeth se arrodilló junto a él.




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