La madrugada llegó a Raventhorn como una respiración lenta.
El castillo despertaba siempre con la misma solemnidad silenciosa, como si cada piedra recordara siglos de historias susurradas entre sus muros. La luz gris del amanecer se filtraba por las ventanas altas, bañando los pasillos con una claridad tenue que parecía más espectral que viva.
Elizabeth no había dormido. La noche había pasado como un río oscuro que no encontraba desembocadura en su mente. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la escena de la biblioteca. Lucian de rodillas. Su respiración entrecortada.
El dolor que recorría su cuerpo como una corriente invisible. Y la palabra que había pronunciado.
El hechizo.
Elizabeth estaba de pie frente a la ventana del gran salón cuando los primeros rayos del sol atravesaron la niebla que cubría el valle.
Las colinas de Aelthorn se extendían más allá del castillo como una tierra antigua, indomable, donde los bosques parecían esconder secretos que el mundo humano había olvidado.
Apoyó una mano sobre el frío marco de piedra. El viento matinal agitó su cabello dorado.
—No voy a permitirlo — susurró.
Su voz fue apenas un hilo. Pero dentro de ella, la decisión ya estaba tomada. No importaba cuánto tiempo tomara. No importaba lo peligroso que fuera.
Encontraría la forma de romper el hechizo. Lucian no había pedido ser liberado del ataúd de cristal. No había pedido estar atado a ella.
Y Elizabeth no soportaba la idea de que alguien estuviera sufriendo por una cadena invisible que llevaba su nombre. Cerró los ojos un instante. En su mente resonó la voz del lobezno..
Le duele.
El recuerdo hizo que su pecho se tensara. Elizabeth se giró lentamente.
—Lucian.
Su nombre salió en un susurro decidido. Y comenzó a caminar hacia la biblioteca.
Las puertas de madera oscura estaban entreabiertas. Elizabeth se detuvo antes de entrar. La biblioteca de Raventhorn siempre había sido el lugar más silencioso del castillo.
Los libros antiguos se alineaban en estanterías que llegaban hasta el techo abovedado. El polvo dorado flotaba en el aire bajo la luz suave que entraba por los ventanales. Y allí estaba él.
Lucian estaba sentado junto a la mesa central. Un libro abierto frente a él. Parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo. Elizabeth entró lentamente. El sonido de sus pasos sobre la piedra resonó en el silencio. Lucian levantó la mirada.
Sus ojos celestes se posaron en ella. Durante un instante ninguno habló. Pero Elizabeth vio algo.
Algo que no había visto antes.
Cansancio.
No físico.
Más profundo.
Lucian cerró el libro con suavidad.
—No dormiste.
Elizabeth negó ligeramente con la cabeza.
—Tú tampoco.
Lucian no respondió. Elizabeth caminó hasta quedar frente a él.
Sus manos se apoyaron en el borde de la mesa.
—Lucian…
Él la observó en silencio. Elizabeth respiró profundamente.
—Anoche te vi.
Lucian no cambió de expresión.
ÑPero sus dedos se tensaron levemente sobre la mesa.
—No deberías haber venido.
Elizabeth frunció el ceño.
—¿Por qué?
Lucian apartó la mirada.
—Porque no era algo que debieras ver.
Elizabeth apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Claro que debía verlo.
Lucian levantó la vista nuevamente. Elizabeth sostuvo su mirada. Sus ojos dorados brillaban con una mezcla de tristeza y determinación.
—No voy a seguir fingiendo que todo está bien.
El silencio se instaló entre ellos.
Elizabeth habló con suavidad.
—El hechizo te hace sufrir.
Lucian cerró los ojos. Durante unos segundos pareció debatirse entre decir algo o guardar silencio.
Finalmente habló.
—No es constante.
Elizabeth inclinó la cabeza.
—¿Entonces cuándo ocurre?
Lucian respiró lentamente.
—Cuando intento resistirme.
Elizabeth sintió que su estómago se contraía.
—¿Resistirte a qué?
Lucian la miró directamente.
—Al vínculo.
La palabra cayó como una piedra en el agua. Elizabeth sintió un estremecimiento recorrer su cuerpo.
—¿Intentas… alejarte de mí?
Lucian no respondió de inmediato.
Su mirada era serena. Pero profunda.
—Intento saber si puedo.
Elizabeth tragó saliva.
—¿Y puedes?
Lucian negó lentamente.
—No.
El silencio volvió a llenar la biblioteca. Elizabeth bajó la mirada hacia sus propias manos.
—Entonces todo esto es mi culpa.
Lucian frunció ligeramente el ceño.
—No.
Elizabeth levantó la vista.
—Sí lo es — Sus palabras salieron con una intensidad inesperada —Fui yo quien te liberó.
Lucian se levantó lentamente de la silla
— Y aun así…
Elizabeth lo interrumpió.
—¡No debería haberte liberado si eso significaba convertirte en prisionero de otra forma!
Su voz resonó en la biblioteca. Lucian la observó con calma. Luego habló con suavidad.
—Prefiero esta prisión.
Elizabeth lo miró con incredulidad.
—¿Por qué?
Lucian sostuvo su mirada. Sus ojos celestes parecían reflejar algo que no podía expresarse con palabras.
—Porque aquí puedo elegir algunas cosas.
Elizabeth frunció el ceño.
—¿Qué cosas?
Lucian tardó unos segundos en responder.
—Por ejemplo — Se acercó lentamente a ella —Salvarte.
El corazón de Elizabeth dio un salto. El recuerdo del bosque volvió a su mente. La batalla. La velocidad de Lucian. La forma en que había llegado a ella. Elizabeth cerró los ojos un instante.
—No quiero que tengas que hacerlo.
Lucian ladeó ligeramente la cabeza.
—Pero lo haré.
Elizabeth lo miró.
—Eso es lo que quiero cambiar.
Lucian la observó en silencio.
Elizabeth habló con firmeza.
—Voy a romper el hechizo.
Lucian frunció el ceño.
—No es posible.
Elizabeth negó con la cabeza.