La mañana había avanzado, pero en Raventhorn la luz del día siempre parecía más pálida que en cualquier otro lugar del mundo.
El castillo se alzaba sobre la colina como un guardián antiguo que había visto demasiado. Sus torres negras cortaban la niebla baja que cubría el valle de Aelthorn, y el viento recorría los balcones y pasillos como un susurro perpetuo.
Elizabeth caminaba por los corredores con pasos silenciosos. Su mente no estaba en el castillo. Estaba en las palabras de Lucian.
Prefiero esta prisión. Aquella frase se había quedado flotando dentro de ella como un eco imposible de ignorar.
Había algo profundamente injusto en aquella realidad. Lucian había pasado siglos encerrado en un ataúd de cristal. Luego había sido liberado solo para descubrir que una nueva cadena invisible lo mantenía atado. A ella.
Elizabeth apretó los dedos alrededor del pergamino que llevaba. No. No iba a permitirlo. No si había una forma de cambiarlo. Giró por el último pasillo y descendió las escaleras de piedra que llevaban al nivel más profundo del castillo.
La biblioteca inferior. El lugar donde su padre y Alexander solían desaparecer durante horas..El lugar donde ella, cuando era niña, siempre había tenido prohibido entrar. El aire se volvió más frío a medida que descendía.
Las paredes de piedra estaban cubiertas por símbolos antiguos tallados directamente en la roca. Símbolos de protección. De sellado. De poder. Elizabeth pasó la mano sobre uno de ellos.
Sintió el leve hormigueo de su mente reaccionando. Su poder estaba creciendo. Y lo sabía. Cuando llegó al último escalón, empujó la pesada puerta de madera negra.
La bisagra crujió suavemente. La biblioteca secreta se abrió ante ella. Era más grande de lo que recordaba. Las estanterías formaban círculos concéntricos alrededor de una mesa central de piedra. Los libros no estaban ordenados como en una biblioteca normal.
Parecían agrupados. Por tema. Por peligro. Por antigüedad. Elizabeth caminó lentamente entre los estantes. Sus dedos rozaban los lomos de cuero envejecido.
Bestiarios. Crónicas de cazadores. Tratados de magia mental. Rituales de sangre. Se detuvo frente a una estantería más pequeña. Allí los libros estaban encadenados. Literalmente.
Cadenas de plata los mantenían sujetos a los estantes. Elizabeth sintió un escalofrío.
—Entonces aquí escondían los secretos — susurró.
En ese momento su mente vibró. Un leve pulso. Algo la llamaba. Elizabeth frunció el ceño. Cerró los ojos. Se concentró. Y entonces lo sintió. No era un sonido. Era una presencia. Algo antiguo. Algo poderoso. Algo que la reconocía.
Elizabeth giró lentamente la cabeza. En la pared del fondo había un pedestal de piedra.
Encima descansaba un libro. Uno solo. No tenía cadenas. No tenía cerraduras. Pero estaba rodeado por un círculo de símbolos grabados en el suelo.
Elizabeth caminó hacia él. Cada paso hacía que el aire pareciera más pesado. Cuando estuvo frente al pedestal, lo vio con claridad. El libro estaba encuadernado en cuero oscuro. Muy oscuro. Casi negro. Las esquinas estaban reforzadas con metal antiguo.
En el centro de la portada había un símbolo. Un lobo. Un lobo atravesado por una espada.
Elizabeth lo reconoció inmediatamente. Era el símbolo de los Von Fisher. Sus dedos temblaron ligeramente.
—¿Qué escondían…?
Extendió la mano. Y tocó el libro.
En el instante en que sus dedos rozaron la cubierta el círculo de símbolos se iluminó. Una luz dorada se elevó desde el suelo. El aire vibró. Y el libro se abrió. Solo.
Las páginas comenzaron a moverse como si una fuerza invisible las pasara. Elizabeth dio un paso atrás. Su corazón latía con fuerza. La tinta de las páginas comenzó a brillar. Las palabras se reorganizaron. Formando frases nuevas. Frases que solo ella podía leer. Elizabeth susurró en voz baja.
—Un grimorio…
Sus ojos dorados recorrieron la página. El título estaba escrito con tinta roja.
Tratado de vínculos arcanos.
Elizabeth siguió leyendo. Su respiración se volvió cada vez más lenta. Cada palabra que leía hacía que su mente se expandiera. El grimorio hablaba de hechizos antiguos. Hechizos creados para controlar criaturas poderosas.
Para someterlas. Para convertirlas en armas. Elizabeth sintió un nudo en el pecho. Pasó la página. Allí estaba. El símbolo que había visto en el ataúd de cristal. El mismo símbolo que había aparecido en el suelo de la biblioteca cuando Lucian despertó. Elizabeth leyó.
Su voz salió apenas como un susurro.
—“Vínculo de dominación vital.”
Sus dedos recorrieron las palabras.
—“Este hechizo fue creado por la Orden de los Custodios para someter a las criaturas nacidas con poder natural superior al humano.”
Elizabeth frunció el ceño. Siguió leyendo.
—“El vínculo ata la voluntad del sujeto a la del portador.”
El aire pareció volverse más frío.
—“La distancia provoca dolor físico. La resistencia provoca agonía.”
Elizabeth cerró los ojos un instante. Lucian. Abrió los ojos nuevamente. Había más. Pasó otra página. Y encontró algo que hizo que su corazón se detuviera un segundo. Un apartado diferente.
Un título más pequeño.
“Ruptura del vínculo.”
Elizabeth comenzó a leer con rapidez.
—“El vínculo no puede ser roto por el creador del hechizo. Ni por el sujeto que lo padece.”
Elizabeth tragó saliva..Su mente ya anticipaba la siguiente línea.
—“Solo puede romperse mediante el sacrificio del portador.”
El silencio se volvió absoluto.
Elizabeth sintió que el mundo se inclinaba ligeramente. Volvió a leer la frase. Más despacio.
—“El portador debe renunciar voluntariamente al vínculo, incluso si ello implica perder aquello que el vínculo protege.”
Elizabeth cerró el libro de golpe.
El sonido resonó en la biblioteca.
Sus manos temblaban. Si rompía el hechizo Lucian sería libre. Pero también el vínculo que lo mantenía vivo podría romperse.
Elizabeth apoyó ambas manos sobre la mesa. Su respiración era irregular.