Prisionero De Cristal

Lo que no puede romperse

La biblioteca aún respiraba magia.
El aire permanecía suspendido, cargado de una energía antigua que parecía aferrarse a cada piedra, a cada libro, a cada sombra. El grimorio descansaba cerrado sobre el pedestal, como si nada hubiese ocurrido como si no hubiera revelado una verdad capaz de desgarrar destinos.

Elizabeth no se movía. Sus manos seguían apoyadas sobre la mesa de piedra. Su mente repetía una y otra vez las mismas palabras.

"El portador debe renunciar al vínculo incluso si ello implica perder aquello que protege."

Cerró los ojos. Respiró. Y por primera vez desde que había despertado aquel poder en su interior no luchó contra la verdad.
La aceptó. Un susurro escapó de sus labios.

-No puedo...

Su voz no era débil. Era firme.
Dolorosamente firme. Elizabeth abrió los ojos lentamente. Sus pupilas doradas, que antes brillaban con desesperación, ahora reflejaban algo más profundo. Resignación. Pero no derrota. Nunca derrota.

-No voy a liberarte - murmuró, aunque él no estaba allí para escucharla.

Se incorporó lentamente. Su espalda se enderezó. Sus hombros dejaron de temblar.

-Porque no voy a arriesgar tu vida.

El silencio respondió. Pero dentro de ella algo cambió. Ya no buscaba una solución imposible. Ahora buscaba otra cosa. Comprender. Proteger. Fortalecerse. El vínculo no podía romperse. Entonces tendría que aprender a vivir con él. A dominarlo. A hacerlo suyo.

Elizabeth tomó el grimorio con ambas manos. La luz dorada que había brotado antes ya no estaba.
Pero algo en su interior le decía que aquel libro no había terminado con ella.

-Si no puedo romper el hechizo - susurró - entonces aprenderé a controlarlo.

Y con esa decisión, el destino dio un paso silencioso. Cuando Elizabeth salió de la biblioteca secreta, el castillo parecía diferente. O quizás era ella quien había cambiado.

El sol ya había ascendido lo suficiente como para iluminar los ventanales altos, y los pasillos de Raventhorn estaban bañados por una luz tenue que no lograba disipar del todo las sombras. Subió las escaleras lentamente.

Cada paso era más firme que el anterior. Cuando llegó al gran salón se detuvo. Lucian estaba allí.
De pie junto a una de las columnas. Inmóvil. Como una estatua esculpida en oscuridad. Sus ojos celestes se posaron en ella apenas cruzó el umbral.

No preguntó.
No habló.
Pero lo supo.

Elizabeth lo vio en su mirada. Él ya había sentido la respuesta. El vínculo lo había transmitido.
Elizabeth caminó hacia él. Se detuvo a pocos pasos. El silencio entre ambos no era incómodo.

Era denso.
Cargado.

-No puedo romperlo.

Lucian no reaccionó. Pero algo en su expresión cambió. Apenas. Un matiz.

-Lo sé.

Elizabeth lo observó.

-¿Lo sabías desde antes?

Lucian negó levemente.

-No - Su voz fue baja -Pero lo sentí cuando tomaste la decisión.

Elizabeth bajó la mirada un instante. Luego volvió a alzarla.

-No voy a arriesgar tu vida.

Lucian la observó con detenimiento. Como si analizara cada palabra. Cada emoción.

-Entonces has elegido la cadena.

Elizabeth no retrocedió.

-No - Sus ojos dorados brillaron-He elegido que sigas vivo.

El silencio volvió a envolverlos. Y esta vez Lucian no apartó la mirada. No había reproche. No había alivio. Solo una aceptación silenciosa. Como si aquella decisión ya formara parte de algo inevitable.

-Entonces - dijo finalmente -aprende a usarla.

Elizabeth asintió lentamente.

-Lo haré.

Y en ese instante las puertas del castillo se abrieron. El sonido resonó como un eco antiguo.
Elizabeth se giró. Lucian también.
Una figura cruzó el umbral.
Caminaba con pasos firmes.

Tranquilos. Pero cada uno de ellos parecía cargar una presencia distinta. Más densa. Más peligrosa.
Elizabeth sintió algo en su pecho.
Algo profundo. Algo que reconoció antes de entenderlo.

-......

Sus labios se entreabrieron. No dijo nada. Pero sus ojos se llenaron de algo que no había estado allí desde hacía mucho tiempo.

Alexander. Él se detuvo a unos metros. La miró. Y por un instante el tiempo dejó de existir. El viento atravesó el salón. Las cortinas se movieron suavemente. Elizabeth dio un paso. Luego otro. Y entonces corrió.

-¡Alexander!

Su voz se quebró. Él apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que ella lo abrazara con fuerza. Sus brazos rodearon su cuerpo como si temiera que desapareciera. Como si fuera un sueño. Como si fuera una ilusión que podía desvanecerse si no lo sostenía con suficiente fuerza.

-Estás vivo - susurró contra su pecho.

Alexander cerró los ojos. Y por primera vez desde que había regresado permitió que sus propias emociones emergieran.
Sus brazos se cerraron alrededor de ella.

-Siempre lo estuve.

Elizabeth temblaba.

-Pensé que... que te habían...

No pudo terminar la frase.
Alexander apoyó su mejilla contra su cabeza.

-No tan fácil.

Una leve sonrisa cruzó sus labios.
Pero sus ojos dorados no sonreían.
Elizabeth se separó apenas para mirarlo. Sus manos temblaban al tocar su rostro.

-Has cambiado - susurró.

Alexander la observó.

-Tú también.

Elizabeth frunció levemente el ceño.

-¿En qué?

Alexander no respondió de inmediato. Pero su mirada se deslizó más allá de ella. Y se detuvo. En Lucian. El ambiente cambió. Fue sutil. Pero inmediato.
El aire se volvió más frío. Más tenso. Alexander entrecerró los ojos.

-Así que tú eres el arma.

Lucian no respondió. Ni se movió.
Pero su presencia se volvió más densa. Más alerta. Elizabeth se tensó.

-Alexander - Pero él dio un paso al frente. -Lo vi - Su voz era baja - En el bosque - El silencio se volvió cortante - Eres eficiente.

Lucian lo observó sin expresión.

- No estoy aquí por ti.

Alexander soltó una breve risa sin humor.




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