Raventhorn no rechazaba a los suyos. Pero sí reconocía aquello que ya no pertenecía del todo.
Alexander lo entendió en el instante en que intentó cruzar el umbral. El pasillo que conducía al ala prohibida del castillo donde los Von Fisher habían guardado durante generaciones los secretos más antiguos de la cacería permanecía tal como lo recordaba: largo, silencioso, vigilado por símbolos grabados en la piedra.
Símbolos que, cuando era niño, no significaban nada para él. Símbolos que ahora lo observaban.
Alexander dio un paso hacia adelante. El aire cambió. Una presión invisible descendió sobre sus hombros. Su cuerpo se tensó instintivamente. El lobezno apareció a su lado, apenas una silueta de luz plateada.
—No pases.
Alexander frunció el ceño.
—Siempre he podido entrar.
El pequeño lobo lo miró.
—Ya no eres solo eso.
Alexander apretó la mandíbula.
Ignoró la advertencia. Dio otro paso. El símbolo más cercano se iluminó. Una luz dorada emergió de la pared. Y el impacto fue inmediato.
Alexander fue empujado hacia atrás como si una fuerza invisible lo hubiera golpeado en el pecho.
Su espalda chocó contra la piedra del pasillo. El aire se le escapó de los pulmones. Un jadeo quebrado salió de su garganta. El lobezno se acercó de inmediato.
—Te dije que no pasaras.
Alexander apoyó una mano en el suelo. Respiró con dificultad.
—Yo… soy un Von Fisher…
Su voz tembló. No por debilidad.
Por algo más profundo. El lobezno bajó la cabeza.
—Eres más que eso.
Alexander alzó la mirada hacia el pasillo. El acceso que había sido suyo toda la vida. Ahora cerrado.
No por puertas. Por rechazo. Por naturaleza.
—No — susurró — Soy menos.
El silencio lo envolvió. El pasillo permaneció inmóvil. Indiferente.
Alexander se puso de pie lentamente. Su mirada se endureció. Pero sus ojos dorados estaban heridos.
—Ya no soy uno de ellos.
El lobezno no respondió. Porque sabía que aquello no era una pregunta. Era una verdad que Alexander no quería aceptar. El joven giró sobre sus talones. Y se alejó. Cada paso resonó con una pesadez nueva.
Como si el castillo, que había sido su hogar ahora lo midiera con una distancia distinta..Su habitación permanecía intacta. Todo estaba en su lugar.
Los libros.
Las armas.
Las prendas cuidadosamente ordenadas. Nada había cambiado.
Excepto él. Alexander cerró la puerta detrás de sí. El sonido fue seco. Definitivo. Caminó hasta el centro de la habitación. Se detuvo.
Y por un instante no hizo nada. El silencio era insoportable. El lobezno apareció a su lado.
Se sentó.
Tranquilo.
Presente.
Pero no invadió su espacio. Sabía.
Sabía que aquello debía atravesarlo solo. Alexander respiró. Y el aire se volvió pesado.
Sus manos comenzaron a temblar.
Levemente..Casi imperceptible.
Pero suficiente.
—No puedo entrar — susurró — No puedo tocar los libros. No puedo usar las armas — Su voz comenzó a quebrarse — No puedo ser lo que se supone que soy.
Cerró los ojos. Y entonces los recuerdos regresaron. No como imágenes difusas. Sino como una herida que se abría otra vez.
La noche.
El bosque.
El olor a sangre.
Alexander estaba de rodillas. Sus manos estaban atadas. Su respiración era irregular. A su alrededor, los licántropos lo observaban. Sus ojos brillaban en la oscuridad.
Hambre.
Crueldad.
Diversión.
Y frente a él estaba Darian. El líder. Su presencia era abrumadora. No necesitaba alzar la voz. El poder emanaba de él como un veneno invisible.
—Un Von Fisher — dijo con una sonrisa torcida — Qué ironía.
Alexander intentó moverse. Pero no podía. Su cuerpo estaba debilitado..Su mente resistía.
—Mátame —.escupió.
Darian inclinó la cabeza.
—¿Matarte? —.Se rió — No — Se agachó frente a él. Sus ojos se encontraron —Tú vas a ser algo mucho más interesante.
Alexander sintió el miedo. Pero no el miedo a morir. El miedo a perderse.
—No — susurró.
Darian alzó la mano..Y entonces el lobezno apareció. Pequeño. Tembloroso. Sus ojos eran diferentes a los demás. No había crueldad en ellos. Había miedo.
Alexander lo vio. Y algo dentro de él cambió.
—No lo hagas —dijo.
No a Darian. Al lobezno. Darian sonrió.
—Demasiado tarde.
Y lo empujó hacia él. El impacto fue brutal. El dolor. El dolor no era físico. Era algo más profundo. Algo que desgarraba la mente. El alma.
Alexander gritó. Su cuerpo se arqueó. Su visión se fragmentó.
Oscuridad.
Luz.
Voces.
Gritos.
El latido salvaje de algo que no era suyo.
—¡NO!
Su grito se perdió en el bosque. Y en medio de ese caos una voz.
Pequeña.
Temblorosa.
—Tengo miedo…
Alexander la escuchó.
—Yo también — respondió.
Y en ese instante todo cambió.
Alexander abrió los ojos de golpe.
Estaba de pie frente al espejo. Su respiración era agitada. Su pecho subía y bajaba con fuerza. El lobezno lo observaba en silencio.
Alexander levantó la mirada. Y se vio. Su reflejo lo devolvió. Pero no era el mismo. Había algo distinto.
En sus ojos. En su expresión. En la forma en que su presencia llenaba el espacio.
—¿Quién eres…? — susurró.
El reflejo no respondió. Alexander dio un paso más cerca.
—Les fallé — Su voz se quebró — A mis padres. A mi familia — Sus manos temblaban —Ellos murieron… protegiéndome…
Su respiración se volvió irregular.
—Y yo… — Su mirada se oscureció—Yo me convertí en esto.
El silencio lo aplastó. El dolor creció. Se volvió insoportable.
—¡NO!
El golpe fue instantáneo. Su puño izquierdo atravesó el espejo. El vidrio estalló. Los fragmentos cayeron al suelo. Algunos quedaron incrustados en su piel.
La sangre comenzó a deslizarse por sus dedos. Pero Alexander no se movió. No sintió el dolor físico.