La noche no cayó. Se desplegó.
Como una criatura viva que descendía lentamente sobre las tierras de Aelthorn, cubriendo el valle con un manto de sombras densas y expectantes. El viento dejó de ser viento y se volvió un murmullo inquietante entre los árboles. El bosque escuchaba. Y luego aulló. El sonido atravesó la distancia como una herida abierta.
Uno.
Dos.
Diez.
Decenas.
Elizabeth se detuvo en seco en el patio interior del castillo. Su respiración se volvió consciente. Su cuerpo no tembló. Pero su corazón sí.
—Ya vienen — susurró.
Las antorchas de Raventhorn se encendieron como si hubieran sido invocadas por su voz. La luz danzó sobre los muros de piedra, proyectando sombras alargadas que parecían anticipar lo inevitable. Desde lo alto de las murallas, los símbolos antiguos comenzaron a brillar.
El castillo estaba despierto.
Elizabeth alzó la mirada hacia el bosque. Y los vio. Emergían de entre la oscuridad como espectros deformes. Los licántropos. No eran como los había imaginado aquella primera noche. Eran peores. Mucho peores.
Sus cuerpos eran una mezcla antinatural de hombre y bestia. Huesos que sobresalían en ángulos imposibles, músculos tensos bajo piel desgarrada, ojos brillando con una locura salvaje. Algunos caminaban erguidos, otros se desplazaban en cuatro patas, pero todos compartían la misma esencia.
Hambre.
Crueldad.
Y una certeza absoluta de victoria.
Elizabeth respiró profundo. Sus manos se cerraron alrededor del arma que sostenía. Una daga de plata antigua, grabada con runas de su familia.
—No voy a huir — susurró con determinación.
Y entonces avanzó. Las puertas del castillo se abrieron. No con temor.
Con desafío. Elizabeth cruzó el umbral. Sola. Los licántropos se detuvieron.
Por un instante.
Solo un instante.
Luego comenzaron a reír. Un sonido grotesco, lleno de burla.
—Miren eso — gruñó uno de ellos—La última cazadora — Otro avanzó un paso —Y ni siquiera tiembla.
Elizabeth lo miró. Sus ojos dorados brillaron.
—Ya no.
El silencio se quebró. Y la batalla comenzó. El primer licántropo saltó hacia ella. Rápido. Demasiado rápido para un humano. Pero Elizabeth ya no era solo humana. Su mente se abrió.
El mundo se desaceleró. Vio cada movimiento antes de que ocurriera..Sintió la intención. La dirección. El momento exacto. Se movió.
Su cuerpo giró con precisión. La daga trazó un arco de plata en el aire. Y el licántropo cayó. Un segundo. Un tercero. Elizabeth no pensaba. Fluía. Cada ataque encontraba su respuesta. Cada movimiento su final. Pero eran muchos. Demasiados. Y entonces la noche se partió en dos.
Una figura descendió desde las sombras del bosque. No corrió. No saltó. Apareció. Como un relámpago oscuro. Lucian. Su presencia impactó el campo de batalla como una fuerza de la naturaleza. Su movimiento no era humano. Era algo más.
Más rápido.
Más preciso.
Más letal.
El primer licántropo que intentó atacarlo no llegó a tocarlo. El segundo tampoco. El tercero ni siquiera entendió qué lo había matado. Lucian avanzaba. Y todo a su alrededor caía. No había furia en él. No había odio. Solo una eficiencia absoluta.
Perfecta.
Aterradora.
Hermosa.
Elizabeth lo sintió antes de verlo a su lado. Su espalda tocó la de él.
Un instante.
Una conexión.
—No mires atrás.
La voz de Lucian fue baja. Firme.
Elizabeth no respondió. No hacía falta. Ambos se movieron al mismo tiempo. Espalda contra espalda. Dos fuerzas opuestas. Una misma batalla. Elizabeth con fuego. Lucian con silencio. Ella sentía. Él ejecutaba. Y los licántropos comenzaron a caer como si la noche misma los reclamara.
Pero lejos de allí una figura observaba. Darian. Sus ojos brillaban con una mezcla de furia y desprecio.
—Patético — murmuró —Una niña y un arma — Su mirada se desvió hacia el castillo —Entonces lo tomaré yo mismo.
Avanzó. Cada paso hacía que la tierra temblara levemente. Su presencia era distinta a la de los demás.
Más pesada.
Más oscura.
Más antigua.
Se acercó a la entrada principal. Y entonces algo se interpuso. El impacto fue brutal. Darian no lo vio venir. Su cuerpo fue lanzado hacia atrás varios metros, atravesando el suelo con un estruendo que resonó en todo el campo de batalla.
El polvo se elevó.
El silencio cayó.
Y cuando se disipó, Alexander estaba allí. De pie. Inmóvil. Sus ojos dorados ardían. El lobezno se materializó a su lado. Pequeño.
Pero brillante. Darian se incorporó lentamente. Sacudiendo la tierra de su cuerpo. Y sonrió.
—Así que —.susurró — el experimento sobrevivió.
Alexander no respondió. Dio un paso al frente. El aire cambió.
—No soy tu experimento.
Su voz fue baja. Pero cargada.
Darian inclinó la cabeza.
—Te di un regalo.
Alexander sonrió. Pero no había calidez en esa sonrisa.
—Intentaste romperme — Sus ojos brillaron con intensidad —Fallaste.
Darian avanzó.
—Eres una aberración.
Alexander no retrocedió.
—Soy la consecuencia de tu error.
El choque entre ambos fue inmediato. Como dos mareas colisionando. El suelo se agrietó bajo sus pies. Darian atacó. Rápido. Salvaje. Alexander respondió.
Más rápido.
Más preciso.
Cada golpe era una declaración.
Cada movimiento una negación.
—¡DEBERÍAS HABER MUERTO! —rugió Darian.
Alexander lo golpeó. Directo. Brutal.
—Debiste asegurarte.
Darian retrocedió. Por primera vez sorprendido.
—¿Qué eres…?
Alexander avanzó. El lobezno brilló a su lado.
—Soy lo que ocurre cuando intentas convertir a un cazador en una bestia — Sus ojos ardieron —Y la bestia decide no obedecerte.
El silencio cayó. Pesado. Irreversible. Darian lo miró. Y por primera vez no sonrió.
—Esto no termina aquí.
Alexander se inclinó levemente.