Prisionero De Cristal

Lo que arde en silencio

El castillo de Raventhorn respiraba. No como una estructura de piedra, sino como un cuerpo herido que intenta mantenerse en pie tras una batalla.

Las antorchas aún ardían en los muros, pero su luz ya no era desafiante, sino cansada. El viento arrastraba el olor metálico de la sangre y el eco de los aullidos que ya no estaban.

Habían sobrevivido. Pero algo había cambiado. Algo que no podía deshacerse.

Alexander y el lobezno — el pacto silencioso

Alexander no regresó de inmediato al interior del castillo.
Se quedó en el límite del bosque.
Donde la oscuridad comenzaba, pero aún no dominaba.

Sus manos estaban tensas. Su respiración era irregular. No por la batalla. Por lo que había sentido.
Por lo que había hecho. Por lo que ahora era.

—Lo viste — murmuró.

El lobezno apareció a su lado, como siempre, sin romper el aire, sin anunciarse. Simplemente estaba. Sus ojos dorados lo miraron con una calma que desarmaba.

—Sí.

La voz no era sonido. Era pensamiento. Era presencia.
Alexander se dejó caer contra el tronco de un árbol.

—No me temió — susurró, recordando la mirada de Darian.

No había sido miedo. Había sido duda. Y eso era nuevo. El lobezno dio un pequeño paso hacia él y apoyó su cabeza contra su pierna.
Un gesto simple. Pero lleno de significado.

—Porque ahora no eres algo que pueda comprender.

Alexander cerró los ojos.

—Ni yo lo comprendo…

Silencio. El viento susurró entre las hojas.

—¿Y eso te asusta?

Alexander tardó en responder.

—No — abrió los ojos lentamente—Lo que me asusta es que no quiero volver atrás.

El lobezno alzó la mirada.

—Entonces no lo hagas.

Alexander dejó escapar una risa baja, amarga.

—Ya no puedo —.Miró sus manos—No soy completamente cazador — Su voz se quebró apenas — Pero tampoco soy una bestia.

El lobezno se acercó más.

—Eres algo mejor.

Alexander lo miró.

—¿Y tú?

El pequeño lobo inclinó la cabeza.

—Yo soy lo que tú decidiste no destruir.

El silencio se volvió más profundo.
Alexander extendió la mano. Dudó. Un segundo. Dos. Y finalmente acarició su pelaje.

No era frío.
No era etéreo.
Era real.

—No voy a dejar que nadie te quite de mí — Su voz ya no temblaba. Era firme — Ni Darian. Ni nadie.

El lobezno cerró los ojos.

—Lo sé.

Y por primera vez Alexander no se sintió solo.

Elizabeth y Lucian — lo que no puede ser

Elizabeth no pudo dormir. La batalla seguía latiendo en su cuerpo. En su mente..Pero no era el miedo lo que la mantenía despierta. Era él. Lucian. Lo había visto.

No como una sombra.
No como un guardián.

Sino como algo terriblemente hermoso. Y letal. Y distante. Salió de su habitación. El castillo estaba en silencio. Pero ella sabía dónde encontrarlo. Siempre lo sabía. El balcón. El mismo desde donde se veía el bosque. La noche. El lugar donde Lucian existía.

Lo encontró allí. De pie. Inmóvil.
Mirando hacia la oscuridad como si fuera parte de ella.

—No deberías estar despierta.

Su voz llegó antes que su mirada.
Elizabeth avanzó.

—Tampoco tú.

Lucian no respondió. El silencio entre ellos no era cómodo. Pero tampoco era hostil. Era contenido.

—Gracias.

Lucian giró apenas el rostro.

—No es necesario.

—Lo es.

Elizabeth lo miró con intensidad.

—Me salvaste.

Lucian la observó. Sus ojos celestes eran profundos. Demasiado.

—No te salvé — Su voz fue fría —Cumplí mi función.

Las palabras cayeron como hielo.
Elizabeth sintió el impacto.

—No eres una función.

Lucian desvió la mirada.

—Sí lo soy.

El viento se alzó. Movió el cabello de Elizabeth.

—No te veo así.

Lucian la miró de nuevo. Esta vez directamente.

—Ese es tu error.

El silencio se tensó.

—No tienes que…

—No —la interrumpió.

Su voz no fue alta. Pero sí definitiva.

—No tengo que nada.

Se acercó un paso. No invadiendo.
Pero sí marcando distancia.

—Escúchame bien, Elizabeth — Su nombre en sus labios dolió —Jamás obtendrás de mí algo que no sea protección — Cada palabra fue precisa. Fría — Eso es lo único que el hechizo exige — Elizabeth tragó saliva — Y lo único que recibirás.

El aire se volvió más pesado.

—Mis sentimientos —.una leve sombra cruzó su mirada — no están incluidos.

Elizabeth sintió un vacío en el pecho.

—Lucian…

Él sonrió. Pero no fue una sonrisa cálida. Fue irónica.

—Después de todo — susurró —solo soy un arma —.La palabra quedó suspendida — Las armas no sienten nada.

El silencio cayó. Brutal. Irreversible. Elizabeth bajó la mirada. Pero no lloró. No frente a él. Nunca frente a él.

—Entiendo — susurró.

Mentía. Y él lo sabía. Lucian la observó un instante más. Y luego
desvió la mirada. Como si no pudiera sostenerla más.

El contraste

Elizabeth no se fue de inmediato.
Se quedó. En silencio. Y entonces lo vio. Alexander apareció desde la sombra del pasillo. Su presencia era distinta. Más viva. Más intensa.

—Sigues en pie.

Lucian habló primero. Su voz cambió. No era fría. No era distante. Era real. Alexander sonrió apenas.

—Tú también.

Se miraron. Y en ese cruce de miradas había entendimiento.

—Lo controlaste.

Lucian lo dijo sin juicio. Solo como un hecho. Alexander asintió.

—No lo controlo — miró a un lado.

Donde el lobezno estaba. Invisible para Elizabeth y Lucian.

—Coexistimos.

Lucian lo observó con interés.

—Eso es más difícil.

Alexander soltó una leve risa.

—Lo sé.

Un silencio cómodo se instaló entre ellos.

—No eres como ellos — dijo Lucian.

Alexander lo miró.

—Tú tampoco.

Una pausa.

—Lo sé.




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