Prisionero De Cristal

Lo que duele decir

El castillo de Raventhorn amaneció cubierto por una niebla tenue. No era natural. Era el tipo de niebla que no solo cubre el paisaje sino también el corazón.

Elizabeth — el peso del rechazo

Elizabeth no había dormido. No realmente. Había cerrado los ojos sí. Pero el descanso no había llegado. Porque cada vez que lo intentaba lo veía. Lucian. Su mirada fría. Su voz distante. Sus palabras.

Las armas no sienten.

Elizabeth apretó los ojos con fuerza.

—No es cierto — susurró, casi sin voz.

Pero no lo dijo con convicción. Lo dijo con necesidad. Se levantó lentamente. El reflejo en el espejo le devolvió la imagen de alguien que no reconocía del todo. No era la heredera orgullosa de los Von Fisher. No era la joven aristócrata elegante.

Era una chica que había intentado acercarse a alguien y había sido rechazada. Su pecho se tensó.

—No voy a quedarme así —susurró.

Si él no iba a abrirse, ella no iba a quedarse esperando. Se giró con decisión. Y descendió hacia la biblioteca.

La mente que resiste

Los libros antiguos la rodearon. El olor a papel viejo, a tinta, a historia la envolvió. Era su mundo.
Su refugio. Y esta vez su arma. Pasó páginas. Pergaminos. Registros. Códices. Licántropos.

Sus debilidades.
Sus patrones.
Sus errores.

Y poco a poco el miedo se transformó. No desapareció. Pero cambió. Se volvió enfoque.

—Plata — murmuró — Pero no suficiente — Sus dedos recorrieron un grabado —Rituales de contención — Una pausa —Fuego rúnico — Sus ojos brillaron apenas—Sí — Una leve chispa nació en su interior — Puedo hacer esto.

No porque fuera fácil. Sino porque era necesario.

Alexander — el camino oculto

En otro punto del castillo, Alexander ajustaba su abrigo. El lobezno lo observaba. Sus ojos celestes brillaban con una inteligencia antigua.

—¿Estás seguro?

La voz resonó en su mente.

—No — respondió Alexander —Pero no voy a quedarme esperando.

El lobezno inclinó la cabeza.

—El templo no es un lugar seguro.

—Lo sé — Alexander miró hacia el bosque — Pero dijiste que la respuesta está allí.

—Lo está — Una pausa — Pero no será fácil de aceptar.

Alexander sonrió apenas.

—Nada en esta historia lo es.

El lobezno dio un paso hacia él.

—Entonces ve.

Alexander asintió. Y sin mirar atrás se internó en la niebla.

Entrenamiento — lo que no se dice

El patio del castillo estaba en silencio cuando Elizabeth llegó.
Lucian ya estaba allí. Como siempre. Esperando. Sin esperar.

—Quiero entrenar.

No hubo saludo. No hubo rodeos.
Lucian la miró.

—No estás preparada.

—Por eso quiero hacerlo.

Silencio. Lucian la sostuvo con la mirada. Y luego asintió.

—Empieza.

No hubo más palabras. El entrenamiento comenzó.

Los movimientos eran precisos.
Duros. Exigentes. Elizabeth falló.
Una vez. Dos. Tres. Lucian no dijo nada. Solo observaba. Esa mirada fría. Impenetrable.

—Otra vez.

Ella volvió a intentar. Su respiración se aceleró. Su cuerpo comenzó a doler. Pero siguió.
Porque no quería fallar. No frente a él.

—Más rápido.

—Lo intento…

—No lo intentes — Su voz fue seca—Hazlo.

Elizabeth apretó los dientes. Y atacó de nuevo. Falló. El impacto del error fue inmediato. Lucian la desarmó con facilidad.

—Así morirías.

La frase fue simple. Sin emoción.
Elizabeth sintió el golpe. No físico.
Más profundo.

—¿Y qué quieres que haga? —
preguntó, con la voz tensa.

Lucian la miró.

—Dejar de dudar.

—No estoy dudando.

—Sí lo estás.

Silencio. Elizabeth respiró agitada.

—¿Estoy mejorando?

Lucian no dudó.

—No — La palabra fue directa —Estás lejos de poder enfrentar a un licántropo y vivir para contarlo.

El aire se volvió pesado. Elizabeth bajó la mirada.

—Entonces ¿para qué intento?

Lucian no respondió. Y ese silencio fue peor. Mucho peor.

El quiebre

Elizabeth dejó caer el arma. El sonido contra el suelo fue seco.
Final.

—Quizás — su voz tembló apenas— esto no sea para mí — Lucian la miró. Pero ella no lo vio — Quizás debería — tragó saliva — volver a lo que soy — Una pausa — A lo que siempre fui — Sus ojos se humedecieron — Una aristócrata.

El silencio se volvió insoportable.

—Tal vez este nunca fue mi lugar.

Y entonces Lucian se movió.

—No digas eso.

Su voz. No fue fría. No fue distante. Fue humana. Elizabeth alzó la mirada. Y lo vio. Realmente lo vio. Por primera vez. Su expresión, no era indiferente. Era dolor. Era rabia. Era amor contenido.

—¿Sabes lo que estás diciendo? —Su voz tembló — ¿Sabes lo que significa rendirte así?

Elizabeth lo miró, confundida.

—Yo…

—No — La interrumpió — No lo sabes.

Se acercó. No como antes. No con distancia. Con intensidad.

—Porque si lo supieras — su voz se quebró apenas — no lo dirías tan fácilmente.

Elizabeth sintió su corazón latir con fuerza.

—Lucian…

—¿Crees que esto es difícil para ti? — Sus ojos brillaban. No con magia. Con emoción —¿Crees que tú eres la única que está luchando?

Silencio.

—Yo — su respiración se volvió irregular — no puedo elegir nada.

Las palabras salieron como si dolieran.

—No puedo acercarme a ti. No puedo alejarme. No puedo decidir qué sentir.

Elizabeth abrió los ojos, impactada.

—Lucian…

—Te amo — La palabra cayó. Brutal. Irreversible. El tiempo se detuvo — Te amo — repitió, más bajo, — y no puedo hacer nada con eso — Su voz se quebró —No puedo demostrártelo. No puedo elegir quedarme. No puedo elegir irme. No puedo ser libre contigo.

Elizabeth sintió que el mundo se desmoronaba.

—Yo… no sabía…

—Lo sé — Su voz se suavizó. Dolorosamente —Lo sé — Una pausa —Y aun así — sus ojos se endurecieron apenas —tú elegiste que siguiera atado — El silencio cayó. Pesado —Y ahora — dio un paso atrás — al primer obstáculo quieres rendirte.




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