El bosque ya no crujía. Respiraba.
Alexander lo sintió en la piel antes de comprenderlo en la mente. El aire se volvió más denso, más frío, más pesado.
Cada paso que daba parecía hundirse en algo invisible, como si caminara dentro de un sueño que no le pertenecía.
-Esto no es natural - susurró.
-No - respondió el lobezno desde lo profundo de su ser.
-Esto es mente.
Alexander frunció el ceño. No había raíces. No había movimiento. No había enemigos visibles. Y sin embargo algo estaba ahí. Esperando.
El segundo umbral
La niebla se cerró. No avanzó. No descendió. Simplemente apareció.
Rodeándolo. Abrazándolo.
Aislándolo. El mundo desapareció.
Los árboles. El suelo. El cielo. Todo. Solo quedó él y ese blanco infinito que no era luz.
-No me gusta esto - murmuró.
-Mantente firme - indicó el lobezno.
Pero su voz ya no era tan clara.
Como si algo la estuviera apagando. Alexander dio un paso.
Y el suelo no respondió No había suelo. No había nada. Y entonces
escuchó una voz.
La primera grieta
-Alexander...
Su cuerpo se tensó. Esa voz.
No.
-No - susurró.
Pero la voz volvió. Más clara. Más cercana.
-Alexander... hijo mío...
El aire se rompió. Frente a él, una figura. Difusa. Pero reconocible.
Demasiado reconocible.
-...madre...
La palabra salió rota. Como si le doliera pronunciarla. Ella estaba ahí. Sonriendo. Igual que en sus recuerdos. Igual que en los días donde todo aún tenía sentido.
-¿Por qué...? - Su voz tembló -¿Por qué no me protegiste...?
El corazón de Alexander se detuvo.
-Yo...
No pudo continuar. Porque la figura cambió. Su sonrisa se desvaneció. Y en su lugar apareció decepción.
-Nos fallaste.
La frase cayó como una sentencia.
-No...
-Nos traicionaste.
Otra.
-¡No!
-Elegiste a la bestia en lugar de a tu sangre.
El mundo se quebró.
El ataque invisible
Alexander retrocedió. Pero no había hacia dónde.
-¡No fue así! - gritó -¡No lo entiendes!
La niebla respondió. No con palabras. Con imágenes. Sus padres. Sangre. Oscuridad. El momento. Ese momento. Cuando todo cambió. El dolor volvió. No físico. Peor. Mucho peor.
-Podrías haber muerto con nosotros - La voz de su padre. Fría. Inquebrantable - Pero elegiste vivir como esto.
Alexander cayó de rodillas.
-Yo no elegí - susurró - yo solo quería vivir.
Pero la niebla no escuchaba. No perdonaba. No entendía. Solo atacaba.
La caída
-Mírate.
La niebla se abrió. Y apareció un espejo. Alexander lo vio. Y lo que vio no era él. Ojos dorados. Sombras en su piel. Algo salvaje latiendo bajo su carne.
-Eres un error.
La voz no era de su padre. Ni de su madre. Era suya.
-No perteneces a ningún lado.
Su respiración se quebró.
-Ni humano. Ni bestia. Nada.
El golpe fue total No había defensa. No había espada. No había fuerza. Porque el enemigo era él mismo.
Silencio interior
-Alexander - La voz del lobezno intentó alcanzarlo.
Pero él ya no estaba. Se había hundido. Profundo. Muy profundo.
Donde el dolor no se combate. Se sufre.
-Alexander - Otra vez susurró el lobezno.
Más débil. Más lejana.
-No puedo - susurró él desde la oscuridad - No puedo más....perdóname.....compañero.
Y entonces todo se detuvo.
El guardián despierta
El lobezno lo sintió. Ese instante.
Ese quiebre. Ese abandono. Y algo en él cambió. Ya no era el cachorro. No en ese momento. Era protección.
-Descansa Alexander - Su voz ya no era suave. Era firme. Calma. Segura -Yo me encargo.
Alexander no respondió. Pero no fue necesario. Porque ya estaba cayendo. Y el lobezno lo sostuvo.
El cambio
El cuerpo de Alexander se irguió lentamente. Como si algo más lo habitara. Como si otra presencia tomara forma dentro de él. Sus manos dejaron de temblar. Su respiración se estabilizó. Y entonces sus ojos cambiaron.
El dorado desapareció. Como un atardecer extinguiéndose. Y en su lugar surgió un azul profundo.
Brillante.
Intenso.
Vivo.
Los ojos del lobezno.
El control
La niebla volvió a moverse. Intentó atacarlo otra vez. Pero ya no encontró al mismo enemigo.
Porque Alexander ya no estaba al frente.
-No.
La voz salió de sus labios. Pero no era la suya. Era más tranquila. Más antigua. Más instintiva.
-Él no es tu presa.
La niebla dudó. Por primera vez.
Intentó formar otra ilusión.vOtra figura. Otro dolor. Pero el lobezno no miró. No sintió. No recordó.
Porque no luchaba con emociones.
Luchaba con esencia.
La ruptura del hechizo mental
El cuerpo de Alexander avanzó. Paso firme. Silencioso. Seguro. La niebla se agitó. Se deformó. Intentó envolverlo. Pero no encontró grietas. Porque el lobezno no tenía dudas. No tenía culpa. No tenía miedo.
-Tú no eres real - dijo con calma-Eres eco. Y el eco - dio otro paso - no puede devorar lo que está completo.
La niebla tembló. Y entonces se disipó.
El regreso
El bosque volvió. Los árboles. El suelo. El aire. Todo regresó. Como si nada hubiera ocurrido. Pero todo había cambiado.
El cuerpo se detuvo. Los ojos celestes parpadearon. Y lentamente el azul comenzó a apagarse. El dorado volvió.
Suave.
Inseguro.
Humano.
Alexander cayó de rodillas. Respirando con dificultad.
-¿Qué ...? - susurró.
Pero no necesitó respuesta. Porque lo sintió. El lobezno estaba ahí.
Más fuerte.
Más presente.
Más suyo.
-Gracias - murmuró con la voz quebrada.
-Siempre - respondió el lobezno.