Prisionero De Cristal

El templo que juzga lo que eres

El bosque no terminaba. Se transformaba. Alexander lo comprendió cuando dejó de sentir el suelo bajo sus pies como algo sólido y comenzó a percibirlo como algo consciente.

Cada paso que daba ya no era un avance físico. Era una decisión.
Una elección. Un juicio.

-Estamos cerca - susurró el lobezno.

Su voz ya no sonaba como antes.
Había cambiado. No en tono. En peso.

-Lo sé - respondió Alexander, aunque su voz no llevaba seguridad, sino algo más denso.

Algo que no quería nombrar.
Porque por primera vez desde que había entrado al bosque no sentía peligro..Sentía evaluación.

El umbral invisible

No hubo puertas. No hubo muros.
No hubo templo. Y sin embargo lo cruzó. El aire cambió.

No fue el olor.
No fue la temperatura.

Fue el silencio. Un silencio distinto. Uno que no estaba vacío,
sino lleno de algo que lo observaba. Que lo medía. Que lo desnudaba.

-Alexander - La voz del lobezno fue baja. Casi reverente -Este lugar...

No terminó la frase. No hizo falta.
Porque Alexander lo sintió. Ese lugar no era físico. Era interior.

La prueba comienza

El mundo desapareció. Otra vez.
Pero esta vez no fue la niebla.
Fue oscuridad. Total. Absoluta. No había arriba. No había abajo. No había forma. Solo existencia.

-¿Qué es esto...? - preguntó Alexander.

Pero su voz no hizo eco. Ni siquiera sonó. Porque no estaba hablando con el exterior. Estaba hablando dentro. Y entonces la oscuridad respondió.

El primero de los juicios: El Cazador

Una luz se abrió. No brillante. Fría.
Clínica. Reveladora. Alexander se vio. Pero no como ahora. Como antes. Vestido de negro.

Impecable.
Firme.
Un Von Fisher.
Un heredero.
Un cazador.

Su mirada era dura. Sin duda. Sin grietas. Sin compasión.

-Tú - dijo esa versión de él - No deberías estar aquí.

Alexander dio un paso adelante.

-Yo...

-No - La voz lo cortó -Tú dejaste de ser uno de nosotros -El golpe fue directo. Preciso. Sin piedad -Te contaminaste

Alexander apretó los puños

-No fue mi elección.

-Siempre hay elección.

El cazador avanzó. Sus pasos eran firmes. Dominantes.

-Elegiste vivir. Elegiste aceptar a la bestia. Elegiste traicionar tu sangre.

-¡NO!

El grito rompió el espacio. Por primera vez el lugar reaccionó.

La confrontación

-¡Yo no elegí esto!

La voz de Alexander temblaba. No por debilidad. Por dolor.

-Yo solo no quería morir.

El cazador lo miró. Y en sus ojos no había odio. Había desprecio.

-Entonces debiste hacerlo - El silencio que siguió fue devastador-Morir como un Von Fisher. No vivir como... esto.

Alexander sintió que algo dentro de él se quebraba.

-Yo... sigo siendo un cazador -susurró.

Pero la voz sonó vacía. Incluso para él.

-No - El cazador negó con la cabeza -Eres un error. Una aberración. Un híbrido sin lugar.
Sin honor. Sin identidad.

El aire se volvió pesado. El suelo inexistente parecía hundirse. Y Alexander empezó a dudar.

El segundo juicio: La Bestia

La luz se apagó. Y la oscuridad volvió. Pero no sola. Un sonido.
Grave. Profundo. Vivo. Un gruñido.

Los ojos aparecieron primero. Dos.
Celestes. Pero no como los del lobezno. Estos eran salvajes.

Antiguos.
Hambrientos.

Y entonces la forma. Un lobo. No el cachorro. No el que él conocía. Uno inmenso. Oscuro. Poderoso.

-Tú...

La voz no fue palabra. Fue instinto. Fue hambre. Fue presencia.

-No perteneces a los tuyos -Alexander retrocedió -pero tampoco a nosotros.

El lobo avanzó. Su tamaño era imponente. Su aura sofocante.

-Eres débil. Te aferras a la humanidad. Te niegas a lo que eres. Eres incompleto.

Alexander respiró con dificultad.

-Yo no soy como tú...

-No - El lobo sonrió. O algo parecido - Eres peor.

La ruptura total

Las dos presencias aparecieron.
El cazador. La bestia. Ambos frente a él.

-No eres uno de nosotros.

-No eres uno de nosotros.

Las voces se superpusieron. Se mezclaron. Se volvieron una.

-No eres nada.

Y ahí Alexander cayó. No físicamente. Internamente. Porque por primera vez no tenía respuesta.

El abismo interior

-Yo...

Intentó hablar. Pero no había palabras. Porque no sabía qué decir. Porque no sabía qué era.

-¿Quién eres? - preguntaron.

El silencio lo envolvió. Y entonces lo sintió. Pequeño. Cálido. Firme. El lobezno.

La verdad que lo sostiene

-No los escuches.

La voz fue suave. Pero firme. Más firme que nunca.

-Ellos hablan desde extremos. Pero tú no eres extremo.

Alexander cerró los ojos.

-Entonces ¿qué soy? - susurró.

El lobezno no dudó.

-Eres ambos. Y ninguno. Eres lo que eliges ser.

El silencio cambió. Ya no era opresivo. Era expectante.

La elección

Alexander alzó la cabeza. Miró al cazador.

-No soy tu definición de honor -Miró al lobo.-Ni tu definición de poder - Respiró. Profundo. Decidido -Soy lo que soy y eso no necesita aprobación.

El espacio vibró.

El despertar

Algo cambió. No afuera. Dentro. El lobezno creció. No físicamente. En presencia. En fuerza. En realidad.

-¿Estás listo? - preguntó.

Alexander dudó. Un segundo. Solo uno.

-Sí.

La materialización

El dolor llegó primero. No como castigo. Como transformación. Su pecho ardió. Su espalda se tensó. Su piel vibró. Y entonces se abrió.

No con sangre. Con luz. Celeste. Pura. Viva. El lobezno emergió. No completamente. No aún. Pero suficiente. Una forma. Una silueta.
Un cuerpo que no era solo energía.
Ni solo materia. Y sus ojos brillaron.




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