El templo no se alzaba como una construcción. Respiraba. Alexander lo comprendió en cuanto cruzó el umbral. Las runas no estaban talladas en piedra, latían.
Cada símbolo parecía observarlo, reconocerlo, evaluarlo como lo había hecho el bosque, pero de una forma más profunda, más antigua. Más consciente. El aire estaba cargado de una energía silenciosa, casi reverente, como si aquel lugar no fuese un refugio sino un juez.
Alexander avanzó despacio. No por miedo. Por respeto. El lobezno permanecía dentro de él, pero su presencia era clara, firme, atenta.
-Este lugar sabe lo que somos -susurró Alexander.
-No lo sabe - corrigió el lobezno con suavidad - Lo ve.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Y entonces las runas reaccionaron.
El templo responde
Una luz azulada recorrió las paredes. No como un destello.
Como una pulsación. Lenta. Profunda. Viva. Las runas comenzaron a reorganizarse, desplazándose como si fueran líquidas, formando nuevas figuras, nuevos símbolos, nuevas verdades. Y en el centro del templo algo se abrió. No una puerta. Un recuerdo.
La visión de Lucian
Alexander no tuvo tiempo de prepararse. El mundo se dobló. Y de pronto ya no estaba en el templo.
Oscuridad.
Piedra.
Frío.
Y en medio de todo Lucian. Pero no el Lucian que conocía. No el guerrero elegante, distante y letal.
Este Lucian estaba de rodillas.
Encadenado. No con hierro.
Con luz.
Con runas.
Con un poder que no lo hería pero lo dominaba. Su cabeza estaba baja. Su respiración era tranquila.
Demasiado tranquila. Como si no pudiera alterarse. Como si no le estuviera permitido.
-Esto - murmuró Alexander.
- Es la verdad del hechizo - respondió el lobezno.
Lucian levantó el rostro. Sus ojos
seguían siendo los mismos. Celestes. Profundos. Vivos. Pero había algo más. Algo invisible. Algo que no se veía, pero se sentía.
Una barrera.
La verdadera naturaleza del hechizo
Las runas se encendieron. Y la voz del templo habló. No con palabras.
Con comprensión.
El hechizo no lo dañaba. No lo consumía. No lo destruía. Lo limitaba. Le quitaba algo más valioso que la vida. La libertad.
Lucian podía moverse. Podía hablar. Podía pelear. Podía proteger. Pero no podía elegir.
Y entonces la visión se intensificó.
La verdad más cruel
Elizabeth apareció..Frente a él.
Sonriente. Cálida. Vulnerable. Lucian la miró. Y en ese instante,
Alexander lo vio. El amor.
Real.
Profundo.
Innegable.
Pero algo lo detuvo. Lucian no avanzó. No la tocó. No se acercó. No porque no quisiera. Porque no podía. Las runas en su pecho brillaron apenas.
Una advertencia.
Una orden.
Una prisión.
Y entonces Lucian habló.
-No te acerques.
La voz fue fría. Distante. Dura. Pero sus ojos no coincidían.
La contradicción
Elizabeth retrocedió. Herida.
Confundida. Y Lucian no se movió.
Pero por dentro el templo mostró lo que nadie más podía ver.
El impulso contenido. El deseo reprimido. El amor que no podía expresarse libremente. Porque cualquier emoción genuinaZ cualquier elección propia era filtrada. Distorsionada. Controlada. El hechizo no le impedía sentir. Le impedía actuar como él mismo.
La comprensión de Alexander
La visión se desvaneció. Y Alexander volvió al templo. Respirando con dificultad.
-Él - susurró -No es frío...
-No - respondió el lobezno.
-Está contenido.
Alexander cerró los ojos,
entendiendo algo esencial. Lucian no se alejaba de Elizabeth por desprecio. Se alejaba para no vivir una mentira.
La verdad que nadie ve
-Él quiere que lo libere - dijo Alexander.
El lobezno no respondió de inmediato.
-Sí.
-Pero no lo pide.
-Porque no puede.
El silencio se volvió pesado.
-Y ella - murmuró Alexander -Cree que lo protege. Cree que lo pierde si lo suelta.
-Y no ve que lo está reteniendo.
El conflicto invisible
Alexander apretó los puños.
-Entonces tengo que....
-No - El lobezno lo detuvo -Esto no es tu elección. Es de ella.
Alexander respiró profundo. Sabía que tenía razón. Y eso lo frustraba aún más.
El eco del templo
Las runas volvieron a moverse.
Más intensas. Más vivas. Y entonces una última visión apareció.
No de Lucian.
No de Elizabeth.
De un hilo. Un vínculo. Delgado.
Luminoso. Pero tenso Conectando a ambos. Y el templo mostró algo más. No se rompería con dolor. No se rompería con sacrificio. No se rompería con pérdida. Se rompería con elección.
Regreso a la realidad
La luz se apagó. El templo volvió a la calma. Alexander permaneció inmóvil. Procesando. Sintiendo.
Entendiendo.
-Esto no es una maldición común - murmuró.
-No - respondió el lobezno.
-Es una decisión sostenida en el tiempo.
Alexander alzó la mirada. Determinación en sus ojos.
-Entonces tengo que hacer que ella vea.
El lobezno guardó silencio. Pero su presencia se volvió más cálida.
Paralelo - El castillo
La noche envolvía los muros del castillo como un susurro inquieto.
Elizabeth caminaba sola. Otra vez.
Los pasillos se sentían más largos.
Más vacíos. Más fríos. No por el lugar. Por él. Lucian estaba ahí.
Siempre.
Cerca.
Presente.
Y sin embargo cada vez más distante. Ella se detuvo. Respiró.
Intentó convencerse.
-Lo estoy protegiendo - susurró.
Pero la frase ya no tenía el mismo peso. Lo encontró en el balcón.
Como siempre. Mirando la oscuridad.
-Lucian - su voz fue suave. Casi frágil.