Alexander no necesitó escuchar más. No necesitó quedarse. No necesitó intervenir. Había verdades que no podían ser empujadas. Ni explicadas. Ni forzadas. Solo elegidas.
Sus ojos dorados se posaron una última vez sobre su hermana. Ya no como el niño que creció a su lado. Sino como alguien que había visto demasiado. Y luego miró a Lucian.
No hubo palabras entre ellos. Pero sí un entendimiento. Uno profundo. Silencioso. Alexander asintió apenas. Y se giró.
-Esto es entre ustedes.
Fue lo único que dijo. Y sin esperar respuesta se marchó. La puerta se cerró detrás de él. Y con ese sonido el mundo pareció encogerse.
El peso del silencio
El salón quedó en calma. Demasiado en calma. Elizabeth no se movió de inmediato. Sus manos temblaban apenas. No de frío. No de miedo inmediato. De algo más profundo. De lo que estaba por enfrentar. Lucian permanecía frente a ella.
Inmóvil.
Sereno.
Pero no distante. Presente. Y eso la desarmaba más que cualquier rechazo.
-Lucian - su voz salió quebrada.
Él no respondió. No porque no quisiera. Porque ya lo había hecho.
Y ella lo sabía.
El inicio del quiebre
Elizabeth dio un paso. Luego otro.
Se detuvo a pocos metros de él.
-No puedes quedarte callado ahora - susurró, casi suplicante.
Lucian la observó. Sus ojos celestes no se apartaron de los suyos. Pero no habló. El silencio se convirtió en un espejo. Y en él Elizabeth empezó a verse a sí misma.
El derrumbe
-¡No es justo! - La voz se le quebró. Subió - ¡No puedes hacer esto!
Lucian no reaccionó. Pero algo en su mirada se tensó.
-¡Dime que te quedarás! ¡Dímelo! - El eco de su voz resonó en el salón vacío - ¡Dime que no te irás!
Silencio. El silencio más cruel de todos.
El miedo toma forma
Elizabeth retrocedió. Se llevó una mano al pecho.
-Yo - respiró entrecortado - yo ya perdí demasiado - Su voz se rompió por completo -Perdí a mis padres - Las lágrimas comenzaron a caer. Sin control -Los perdí sin poder hacer nada. Sin poder protegerlos. Sin poder despedirme...
Lucian bajó apenas la mirada. No por debilidad. Por respeto.
-Y Alexander - continuó ella -ya no es el mismo - Su voz temblaba -Volvió, sí. Pero no volvió a mí...
El dolor en sus palabras era real.
Crudo.
-Lo miro y no lo reconozco del todo. Siento que en cualquier momento lo voy a perder otra vez - Se llevó ambas manos al rostro-Y esta vez será para siempre.
El aire se volvió pesado.
El corazón expuesto
-Y tú...
Elizabeth alzó la mirada.
Directamente hacia Lucian.
-Tú estás aquí - Un paso más.-Te amo - La confesión no fue tímida. Fue desesperada -Y sé que tú también me amas...
Sus ojos brillaban. No de esperanza. De miedo.
-Tú me lo dijiste. Alexander me lo confirmó - Se acercó más -Pero tengo que soltarte - Su voz se quebró otra vez -Y si lo hago -Tragó saliva -Podrías irte...
Silencio.
-Podrías decidir irte. Podrías querer conocer el mundo. Todo lo que nunca tuviste...
Su respiración se volvió inestable.
-La libertad es algo que jamás tuviste - Sus ojos se llenaron de lágrimas nuevamente -Y cuando la tengas - El miedo tomó forma en sus palabras -¿Por qué te quedarías conmigo...?
Lucian no respondió. Pero no apartó la mirada.
El abismo
-Yo no puedo - su voz bajó a un susurro roto -no puedo perderte también...
Negó con la cabeza. Desesperada.
-No puedo quedarme sola. No puedo enfrentar todo esto sola -
Su voz se elevó nuevamente -¡No puedo enfrentar a los licántropos sola! -El eco de sus palabras vibró en las paredes-Se supone que debo honrar a mi familia. Convertirme en cazadora - Sus manos temblaban -¡Y cada vez que veo a uno no puedo dejar de temblar!
Silencio.
-Nada tiene sentido en mi vida -
Sus ojos se clavaron en él -Excepto tú, Lucian.
La confesión cayó como un susurro final
-Mi hermano ya no está para mí.
Mi familia se fue - Un paso más -Y tú eres lo único que me queda...
El mundo pareció detenerse.
La respuesta de Lucian
Lucian inhaló profundamente. Y habló.
-Confía en mí.
Solo eso. Nada más. La frase fue suave. Pero firme. Sin promesas vacías. Sin adornos. Solo verdad.
Elizabeth lo miró. Y por un segundo algo en su interior quiso creer. Pero luego negó.
-No puedo - susurró. Las lágrimas caían sin control -No confío ni en mí misma - Su voz se rompió por completo - ¿Cómo voy a confiar en algo tan grande? - Retrocedió -No puedo dejarte ir - Sus manos temblaban -Lo siento...
Y en ese instante el mundo se quebró. Porque lo vio. Por primera vez lo vio de verdad. Lucian no reaccionó con enojo. No gritó. No se opuso. No porque no quisiera.
Porque no podía. Su cuerpo permanecía firme. Pero su mirada, su mirada estaba llena de algo que ella no había querido ver. Dolor.
Un dolor contenido. Silencioso. Profundo. Intentó moverse. Intentó acercarse. Y algo lo detuvo.
No visible.
No físico.
Pero real.
Elizabeth lo entendió. El hechizo. No le permitía elegir. Ni siquiera en ese momento. Ni siquiera en algo tan importante. Ni siquiera en su propia libertad. Y eso la destruyó.
-No puedes ni siquiera - susurró ella, temblando - enojarte conmigo...
Lucian cerró los ojos un instante.
Y eso fue suficiente. Porque ella lo sintió. El deseo. La frustración. La impotencia.
Todo contenido.
Todo reprimido.
Todo negado.
-No puedes ser tú mismo...
La frase salió rota.
-No puedes ni siquiera odiarme si quieres hacerlo - Sus manos temblaban más fuerte ahora -No puedes elegir...
El silencio lo confirmó.
La elección
Elizabeth cerró los ojos. Y respiró. Una vez. Dos. El miedo seguía ahí. El dolor seguía ahí. La soledad seguía ahí. Pero algo más empezó a crecer. Comprensión.