Prisionero De Cristal

La primera elección

El silencio que quedó tras la liberación no era vacío. Era nuevo.
Lucian permaneció inmóvil unos segundos. No porque estuviera dudando. Porque estaba sintiendo.
Por primera vez sin filtros.

El aire rozando su piel. El peso de su propio cuerpo. El latido de su corazón sin interferencias. Libre.
Sus dedos se movieron apenas. Un gesto mínimo. Pero significativo.
Como si comprobara algo imposible.

—…

No dijo nada. No hacía falta.
Elizabeth lo observaba. Desde el mismo lugar. Sin moverse. Sin respirar del todo. Esperando.
Esperando algo. Una palabra. Un gesto. Una decisión.

Lucian alzó la mirada. Sus ojos celestes se encontraron con los de ella. Y en ese instante, todo lo que antes estaba contenido existía.

El amor.
La calidez.
La verdad.

Pero también la necesidad. No de alejarse de ella. De encontrarse a sí mismo.

La elección silenciosa

Lucian dio un paso. No hacia ella.
Hacia el costado. El movimiento fue leve. Pero suficiente. Elizabeth lo sintió. Como una grieta.

—Lucian — su voz salió apenas.

Él no respondió. No porque la ignorara. Porque estaba eligiendo.
Y esa elección no podía ser explicada. Se dirigió hacia la salida. Con pasos tranquilos. Firmes. No miró atrás. No por frialdad. Porque si lo hacía tal vez no podría irse. Elizabeth avanzó un paso. Instintivamente.

—Espera…

Su voz tembló. Lucian se detuvo
Solo un segundo. Pero no se giró.
El silencio entre ellos se volvió insoportable.

—¿Te vas?

La pregunta quedó suspendida en el aire. Lucian cerró los ojos. Un instante. Y respondió.

— Me tengo que ir.

Nada más. Ninguna explicación.
Ninguna promesa. Solo verdad.

El impacto

Elizabeth sintió el golpe. No en el cuerpo. En el alma

—¿A dónde?

Silencio. Lucian no respondió. No porque no confiara en ella.
Porque era suyo. Ese camino. Ese lugar. Ese pasado. Su primera decisión. Y necesitaba enfrentarlo solo.

El último momento

Lucian abrió la puerta. La noche lo recibió. El viento movió su cabello negro. Y por primera vez su figura no estaba ligada a nada. Libre.
Real. Propia. Elizabeth dio un paso más.

—Lucian…

Pero esta vez él no se detuvo. No miró atrás. Y se fue.

La caída

El sonido de la puerta cerrándose fue definitivo. Elizabeth no gritó.
No corrió. No lo siguió. Porque algo dentro de ella ya lo sabía.
Se había ido. Y esta vez no había hechizo que lo trajera de vuelta.
Sus piernas cedieron. El suelo la recibió. Frío. Duro. Como la realidad.

—Se fue — susurró.

Las lágrimas comenzaron a caer.

—Se fue — No como una afirmación.

Como una herida. Se llevó las manos al rostro.

—Lo perdí — Su voz se rompió por completo — Lo perdí…

El encierro

No quiso quedarse allí. No quiso ver ese lugar vacío. Se levantó como pudo. Y corrió. Pasillos.
Sombras. Recuerdos. Todo borroso. Todo lejano. Hasta su habitación. Cerró la puerta con fuerza.

Y esta vez no contuvo nada. Se dejó caer sobre la cama. Y lloró.
No con elegancia. No con control.
Con todo.

— ¿Por qué…? — Las palabras salían entre sollozos —¿Por qué no se quedó…? — Se aferró a las sábanas — Yo lo liberé. Yo confié…

Su voz se quebraba en cada frase.

—¿No fue suficiente…?

El silencio no respondió. Y eso fue peor.

El otro lado

Alexander estaba de pie en el pasillo. No había intentado detenerlo. No había intervenido.
Porque lo entendía. Desde antes.
Desde el templo. Cerró los ojos.

—Va a volver — murmuró.

No como esperanza. Como certeza.
El lobezno dentro de él se movió.
En acuerdo.

—Es su primer paso —.añadió en voz baja — Y tiene que hacerlo solo.

Pero cuando giró la cabeza y escuchó el llanto de su hermana, algo en su expresión cambió.
Caminó hacia la puerta. Se detuvo frente a ella. Alzó la mano. Pero no golpeó. Porque sabía. Nada de lo que dijera iba a alcanzarla.

No ahora.
No en ese dolor.

Dentro de la habitación, Elizabeth lloraba. Aferrada a una pérdida que aún no era real. Pero que sentía como definitiva. En el exterior, Alexander permanecía en silencio.

Sosteniendo una verdad que no podía compartir. Y lejos del castillo, bajo la noche abierta, Lucian caminaba. Hacia el lugar donde todo había comenzado. Hacia su pasado. Hacia la oscuridad que aún lo esperaba.

Pero esta vez no como prisionero.
Sino como alguien que había elegido volver.




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