Prisionero De Cristal

Lo que no se dice arde más

Elizabeth - La dureza como refugio

El acero chocó contra el acero. Un golpe. Otro. Otro más.

- Más fuerte.

La voz de Elizabeth no tembló. No dudó. No se quebró. Alexander la observaba. No era la misma. Sus movimientos eran más precisos. Más agresivos. Más fríos. Pero había algo que no encajaba. No entrenaba para mejorar. Entrenaba para no sentir.

-Otra vez.

Atacó. Alexander bloqueó.

-Estás forzando...

-No - Lo interrumpió - Estoy aprendiendo.

Sus ojos dorados brillaban. Pero no con determinación. Con algo más oscuro.

La negación activa

-Elizabeth

-No de nuevo. No digas su nombre - Silencio. El viento atravesó el patio - No lo necesito.

La frase fue más firme que antes. Más creíble. Más peligrosa.

-No voy a esperar a nadie. No voy a depender de nadie. No voy a...

Se detuvo. Respiró. Y bajó el arma.

-Esto es lo que soy.

No era verdad. Pero lo estaba convirtiendo en verdad.

Lucian - El que observa en silencio

Desde las sombras Lucian la vio. No se acercó. No la llamó. No dijo su nombre. Porque ya entendía. Cada golpe que ella daba no era contra el aire. Era contra él. Contra lo que sentía. Contra lo que temía.

Y contra lo que no podía soportar perder. Lucian no se movió. Pero su mirada no se apartó de ella.

Podía acercarse. Podía hablar. Podía decirle que volvió. Pero no lo hizo. Porque sabía algo que ella aún no entendía. Las palabras no iban a alcanzarla. No ahora. No así. Entonces eligió otra cosa. Quedarse. Sin exigir. Sin imponer. Sin romper lo poco que aún quedaba en pie.

Alexander - La grieta que se abre

-Ya basta.

Alexander detuvo el entrenamiento. Elizabeth se tensó.

-No.

-Sí - Alexander la miró - Estás agotada.

- No importa.

- Sí importa.

Elizabeth lo miró. Y por un segundo pareció la de antes. Pero solo un segundo.

-Entréname.

Ordenó. Alexander exhaló. Pero entonces lo sintió. El aire cambió. Alexander giró lentamente. Y lo vio. Lucian. De pie. En silencio. Observando. Elizabeth también lo sintió. Pero no giró. No quiso. No podía.

-Sigue - Le dijo a Alexander.

Como si no pasara nada. Como si no estuviera ahí. Como si no le importara. Pero su agarre en el arma se tensó. Alexander avanzó hacia Lucian. Lento. Medido. No hostil. Pero tampoco relajado.

-Volviste.

Lucian asintió apenas.

-Sí.

Silencio.

-¿Dónde estuviste?

-Donde debía estar.

La respuesta fue simple. Pero cargada. Alexander lo observó. Más de cerca. Más profundamente.
Y entonces lo sintió. El olor. La sangre. Los restos. Licántropos.

-Los mataste.

No fue pregunta. Lucian no negó.

-Sí - Silencio. El aire se volvió denso - A todos.

Lucian lo sostuvo con la mirada.

-Sí.

-Los odio - La frase cayó como un golpe. Sin emoción. Sin duda -Son bestias. Inestables..Peligrosas - Un paso más cerca - Y no deberían existir.

Silencio. Alexander no respondió de inmediato. Pero algo en su interior se movió. El lobezno dentro de él reaccionó. No con miedo. Con alerta Alexander respiró profundo.

-Yo soy uno.

La frase no fue agresiva. Fue clara. Directa. Real. Lucian no apartó la mirada.

-No.

-Sí.

-No.

Un paso más cerca.

-Tú no eres como ellos. Pero eso no significa que no puedas convertirte en uno.

Alexander lo miró fijamente.

-¿Me matarías?

Silencio. Lucian no respondió. Pero no porque no supiera. Porque la respuesta ya estaba dicha. En su forma de mirarlo. En su postura. En su verdad.

-Eres importante para mí.

La voz de Lucian bajó apenas. Más grave. Más sincera.

-Por eso no voy a mentirte. Si pierdes el control - Un segundo -No dejaré que hagas daño a nadie.

No fue amenaza..Fue promesa. Alexander cerró los ojos un instante. Y asintió. No había enojo. No había rechazo. Había comprensión.

-Lo sé.

Y eso era lo más peligroso.

Elizabeth - El muro final

Desde atrás ella escuchó todo. Cada palabra. Cada silencio. Cada verdad. Y no se giró. No lo miró. No lo llamó. Porque si lo hacía se rompería. Lucian la observó. Sabía que había escuchado. Sabía que estaba ahí. Sabía que dolía. Y aun así...

No dijo su nombre. No se acercó. No la forzó. En lugar de eso se giró. Y caminó hacia el bosque. Pero no se fue. No como antes. Se detuvo a unos metros. En el límite. Donde podía ver el castillo. Donde podía verla. Y se quedó. Demostraria su amor. No con palabras. No con promesas. No con súplicas. Sino con presencia. Con permanencia. Con elección.

Elizabeth alzó la mirada apenas. Lo vio. Ahí. No acercándose. No yéndose. Quedándose. Y su pecho dolió más que antes. Porque por primera vez, entendió algo que no quería aceptar. Él no se había ido. Nunca la había dejado sola.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.