Prisionero De Cristal

La jaula que devuelve los errores

El frío fue lo primero que sintió.

No era el frío natural de la noche ni el susurro helado del bosque que tantas veces había recorrido. Era un frío distinto, más profundo, como si no proviniera del aire sino de las propias paredes que la rodeaban. Un frío que no tocaba la piel sino algo más hondo.

Elizabeth abrió los ojos lentamente, con la respiración entrecortada. La luz que la envolvía era tenue, blanquecina, casi enferma, y apenas alcanzaba para delinear las formas de la habitación. No había calidez en ella, no había vida.

Intentó moverse. El sonido metálico la detuvo. Las cadenas tensaron sus muñecas con una violencia silenciosa. No eran simples grilletes: el contacto con el metal le provocó una punzada ardiente, como si aquella prisión misma rechazara su esencia. Su cuerpo reaccionó de inmediato, tensándose, pero cualquier intento de liberarse solo intensificaba aquella sensación.

Alzó la mirada. Las paredes estaban talladas con una precisión inquietante. No eran simples piedras; cada superficie había sido trabajada, grabada con símbolos que reconoció de inmediato. Runas antiguas. Oscuras. Prohibidas. El corazón le dio un vuelco.

Había visto esos símbolos antes. En los archivos de su familia. En textos que hablaban de control, de sometimiento, de lugares donde la voluntad era desmantelada pieza por pieza. Un susurro escapó de sus labios.

-No...

La comprensión la atravesó como un cuchillo. Ese no era un lugar cualquiera. Era una prisión diseñada para quebrar. Para destruir. Para convertir a alguien en algo que ya no se perteneciera.

Como a él. Lucian. Sus ojos se cerraron con fuerza, y por primera vez desde que despertó, el dolor no fue físico.

-Fui una idiota...

La culpa se instaló en su pecho, densa, insoportable. Recordó su voz, su advertencia, la forma en que él había percibido el peligro antes que nadie y cómo ella lo había rechazado. Cómo había decidido no escuchar. Cómo había elegido alejarse.

-Él lo sabía...

Su respiración se volvió irregular.

-Y yo no quise escucharlo...

El silencio que siguió fue más pesado que las cadenas. Entonces lo sintió. Un cambio en el aire. No fue un sonido fuerte, ni un movimiento brusco. Fue algo más sutil, más inquietante. Una presencia que se deslizaba por la habitación como una sombra que respiraba..Elizabeth abrió los ojos.

Y lo vio. El hombre avanzaba con pasos medidos, casi elegantes. Su figura se recortaba contra la luz pálida, alta, imponente, imposible de ignorar. Pero no fue su altura ni su postura lo que la dejó sin aliento. Fueron sus ojos. Celestes.

Pero no como los de Lucian. No eran profundos ni serenos. Eran oscuros. Vacíos. Rotos. Elizabeth sintió un nudo en la garganta.

-Tú - Su voz tembló, traicionándola - Eres como él...

El hombre esbozó una sonrisa lenta, casi indulgente.

-No -respondió con una calma perturbadora - Él es como yo.

Cada palabra cayó con un peso insoportable. Elizabeth lo observó con mayor atención, obligándose a sostener la mirada. Y entonces lo vio con claridad. La estructura de su rostro. La forma de sus facciones. La manera en que se erguía. Era demasiado similar.

Demasiado. Como si compartieran un mismo origen. Como si la idea se formó sola en su mente.

Padre e hijo.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza, como si pudiera leer sus pensamientos.

-Te pareces a él -murmuró Elizabeth, casi sin darse cuenta.

-Porque él es lo que quedó -respondió él, sin rastro de emoción - Yo soy lo que rompieron.

El aire se volvió aún más pesado.

-¿Qué quieres? -preguntó ella, reuniendo lo poco de firmeza que le quedaba.

-Justicia -.La palabra fue pronunciada con una serenidad escalofriante - Tu familia me encerró. Me desarmó. Me convirtió en esto - Sus ojos se endurecieron -Y cuando ya no fui útil me dejaron morir - Elizabeth sintió cómo el mundo se inclinaba bajo sus pies - Yo maté a tus padres.

El tiempo se detuvo. No hubo reacción inmediata. Ni un grito, ni una negación. Solo un silencio absoluto, como si su mente se negara a procesar lo que acababa de escuchar.

-Los escuché suplicar -continuó él, con una voz que no alzaba el tono, pero que hería más que cualquier grito- Como tú lo harás.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

-Y a tu hermano - La pausa fue breve, pero suficiente para que el terror creciera - Lo entregué al líder de los licántropos.

-¡No! -el grito salió desgarrado, instintivo.

Pero la negación no tenía fuerza.

-No miento -susurró él, corrigiéndose a sí mismo- Lo recuerdo perfectamente - La mirada del hombre se clavó en la suya - Tus padres tenían los mismos ojos.

Elizabeth sintió que algo en su interior se quebraba..No por él. Por ella.

-Yo -su voz tembló- yo me fui - Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas -Yo no escuché - Su respiración se volvió errática - Yo abrí la puerta...

El hombre la observó en silencio durante unos segundos, y luego se giró.

-Vas a sufrir -dijo con frialdad- Lo mismo que ellos - Se detuvo un instante - Pero más lento.

Y se marchó. El silencio que dejó atrás fue asfixiante. Elizabeth cerró los ojos, aferrándose a lo único que le quedaba.

-Alexander...

Se concentró, reuniendo fuerzas que apenas tenía. La conexión entre ellos siempre había estado ahí, pero ahora dolía. Era como intentar atravesar una barrera invisible que resistía su intento.

-Alexander...

Un latido. Otro. Y entonces, una respuesta.

-Elizabeth.

Su voz, lejana pero clara, la sostuvo por un instante.

-Escúchame -susurró ella- no tengo mucho tiempo...

-¿Dónde estás?

-No lo sé... pero él... él fue quien mató a nuestros padres...

La conexión vibró.

-¿Qué?

-Y... y te entregó... - El silencio que siguió fue brutal -Lo siento... -sus lágrimas no cesaban- fui una idiota...

-No

-Escúchame -lo interrumpió, desesperada- Si no salgo de aquí... - Su voz se quebró - No quiero que te culpes...




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