La noche se había vuelto más densa, más pesada, como si el propio mundo contuviera la respiración ante lo que estaba por ocurrir.
El bosque cedía lentamente ante la presencia de una estructura imposible. No era un castillo ni una cueva ni un templo. Era algo más antiguo. Más incorrecto. Una guarida que no debía existir.
Las raíces de los árboles no crecían hacia la tierra sino que se curvaban alrededor de ella, como si intentaran aprisionarla o impedir que algo dentro escapara.
Las paredes, formadas por piedra negra, respiraban. Sí respiraban.
Latían. Como si aquel lugar tuviera vida propia. Y frente a esa aberración Alexander y Lucian se detuvieron. El silencio entre ambos no era incómodo.
Era denso. Cargado. Necesario. El viento agitó suavemente los cabellos rubios de Alexander mientras sus ojos dorados brillaban con una intensidad inusual. Y a su lado Lucian.
Cabellos negros, mirada celeste pero ahora distinta. Más fría. Más despierta. Más peligrosa.
-Está aquí -murmuró Lucian, sin apartar la vista del lugar.
Alexander no respondió. No hacía falta. Lo sentía. No con la mente. No con el cuerpo. Con el alma.
Elizabeth.
Su gemela.
Dolor.
Miedo.
Y algo más. Resistencia. Seguía resistiendo. El lobezno dentro de él se agitó. No con miedo. Con furia. Un gruñido bajo vibró en su pecho. Lucian giró apenas el rostro hacia él. Sus ojos celestes se afilaron.
-Controla eso.
Alexander tensó la mandíbula.
-No es "eso".
Silencio. Cortante. Lucian no respondió. Pero algo en su expresión dejó claro que no estaba convencido. El aire cambió. Y entonces se abrió. Como si la propia oscuridad se desgarrara. Y de ella...
Emergieron. No eran licántropos.
No completamente. Sus cuerpos eran más altos. Más estilizados.
Sus movimientos demasiado precisos. Demasiado conscientes.
Ojos vacíos. Sin humanidad. Guerreros. Pero no bestias. Algo peor. Algo entrenado. Algo diseñado. Uno dio un paso al frente.
-No deben avanzar.
Y fue lo último que dijo. Porque Lucian desapareció. No corrió. No avanzó. Simplemente dejó de estar donde estaba. Y apareció frente a él. El impacto fue seco. Brutal. El sonido del golpe resonó como un trueno contenido.
El cuerpo del enemigo se dobló hacia atrás antes de salir despedido contra las raíces negras, que se contrajeron como si disfrutaran del impacto.
Alexander ya estaba en movimiento. Sus pasos eran firmes pero había algo distinto. Algo más instintivo. Más salvaje. El primer atacante lanzó una embestida directa. Demasiado rápida para un humano.
Pero no para él. Alexander giró el cuerpo con precisión perfecta esquivando por centímetros y respondió con un golpe ascendente que quebró la mandíbula de su oponente.
Un segundo enemigo apareció a su lado. Y un tercero. Y un cuarto.
Demasiados. Lucian sonrió. Pero no fue una sonrisa amable. Fue algo oscuro. Algo que no tenía nada de humano.
-Perfecto.
El combate estalló. No hubo orden.
No hubo estrategia visible. Fue caos. Pero un caos controlado. Lucian se movía como una sombra. Cada golpe suyo era exacto. Letal. Sin desperdicio. Sin duda.
Atravesó a uno de los enemigos con una precisión quirúrgica, giró sobre sí mismo y atrapó el cuello de otro, rompiéndolo con una facilidad aterradora. No dudaba. No se contenía. No sentía culpa.
Alexander, en cambio, luchaba distinto. Sus movimientos eran fluidos, pero había algo más. Algo que anticipaba. El lobezno. Dentro de él. Guiándolo. Advirtiéndole.
Una lanza oscura surgió desde el suelo, intentando atravesarlo. Pero Alexander ya se había movido. Antes de que ocurriera. Su cuerpo reaccionó sin pensar.Instinto puro.
-A tu izquierda -susurró una voz que no era voz.
Y él obedeció. Giró. Bloqueó.
Contraatacó. Los enemigos comenzaron a rodearlos. Pero no lograban tocarlos. Porque ya no estaban luchando como dos individuos. Estaban sincronizados.
Sin hablar.
Sin mirarse.
Pero entendiendo cada movimiento del otro. Lucian saltó hacia atrás. Alexander avanzó. Lucian giró. Alexander cubrió. Era perfecto. Era brutal. Era inevitable. Uno de los enemigos logró atravesar la defensa y lanzó un ataque directo al pecho de Alexander.
Y entonces ccurrió. Sus ojos cambiaron. El dorado desapareció.
Y en su lugar, celeste. Puro. Luminoso. El lobezno tomó el control. Por un instante. No transformó su cuerpo. No lo convirtió en bestia. Pero su presencia se sintió. El aire vibró.
El atacante se detuvo. Por instinto.
Por miedo. Error.
Alexander lo atravesó sin piedad.
Lucian lo vio. Y por primera vez dudó. No de Alexander. Del lobezno. Algo en él no le gustaba.
No confiaba. Pero no dijo nada.
No ahora. No en ese momento. El combate se volvió más intenso.
Más violento.
Más rápido.
Pero ya estaba decidido. Uno a uno. Los enemigos comenzaron a caer. Sus cuerpos quedaron esparcidos sobre el suelo oscuro.
Inertes.
Silenciosos.
El último intentó huir. Lucian lo alcanzó antes de que diera dos pasos. Lo sujetó del cuello. Lo alzó del suelo.
-¿Dónde está?
El enemigo sonrió. Sangre en los labios.
-Tarde...
Lucian apretó más.
-Dime.
-La prisión...
El cuerpo cayó sin vida antes de terminar la frase. Silencio. Pesado.
Alexander respiraba agitado. El control volvió a él. Sus ojos regresaron al dorado. Pero el lobezno seguía ahí.
Presente.
Alerta.
Lucian se giró hacia la estructura.
Y entonces la vio. En el centro de la guarida, suspendida en el aire.
La prisión. No era de piedra. Ni de metal. Era energía. Oscura. Densa.
Compacta. Como un cristal negro vivo. Y dentro, Elizabeth. Inmóvil.
Pero consciente. Sus ojos buscándolo. Alexander dio un paso. El dolor lo atravesó. Era ella.
La sentía.
-Elizabeth...
Intentó acercarse. Pero la energía reaccionó. Se expandió. Una onda invisible lo lanzó hacia atrás con violencia. Lucian no se movió.