El castillo Von Fisher no celebró el regreso.
Sus muros, altos y solemnes, parecían haber absorbido el peso de lo ocurrido. No hubo júbilo, ni alivio manifiesto, ni palabras de consuelo. Solo el eco de tres presencias atravesando sus pasillos, cargadas de algo más denso que la fatiga: el cambio.
Elizabeth caminaba entre ambos. Sus pasos eran firmes, pero no por seguridad, sino por una determinación silenciosa de no quebrarse. Había visto la muerte demasiado de cerca como para permitirse el lujo de derrumbarse ahora.
A su lado, Alexander permanecía alerta, cada fibra de su ser aún conectada a ella, como si temiera que en cualquier momento pudiera desaparecer otra vez. No necesitaba tocarla para asegurarse de que estaba ahí. Lo sabía. Lo sentía.
Lucian, en cambio, caminaba apenas unos pasos detrás. Pero no era el mismo. Había algo distinto en su forma de moverse, en la tensión de sus hombros, en la manera en que el aire parecía reaccionar a su presencia. Ya no había contención en él. Ya no existía ese silencio controlado que antes lo definía.
La libertad lo había cambiado. Y no hacia la calma. Al cruzar el umbral del gran salón, Elizabeth se detuvo. El lugar se alzaba ante ellos con su habitual majestuosidad, pero en ese momento parecía ajeno, distante, como si ya no les perteneciera del todo.
Ella inspiró profundamente, reuniendo valor. Quiso hablar.
Explicar. Decir algo que ordenara el caos que aún vibraba en su interior. Pero no tuvo oportunidad.
—¿En qué estabas pensando?
La voz de Lucian resonó en la sala con una dureza que no dejaba lugar a interpretaciones. No fue un reproche impulsivo. Fue una sentencia. Elizabeth giró lentamente hacia él. Y lo vio. No al Lucian que había conocido bajo el hechizo. No al guardián silencioso y contenido. Sino a alguien distinto. Más vivo. Más peligroso.
—¿Tienes idea de lo que hiciste? —continuó él, avanzando un paso.
Ella abrió los labios, pero no respondió de inmediato. Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.
—Yo… — intentó.
—No —la interrumpió, sin alzar demasiado la voz, pero con una firmeza que pesaba— No fue un error pequeño. No fue una distracción — Se detuvo frente a ella — Saliste sola. Ignoraste todo lo que sabías. No escuchaste nada.
Cada frase caía con precisión quirúrgica.
—Prácticamente te entregaste al enemigo — añadió, con una crudeza que no intentaba suavizar— Como si ese hubiese sido tu deseo.
El golpe de esas palabras no fue físico, pero Elizabeth lo sintió en el pecho. No retrocedió. No bajó la mirada. Pero el dolor estaba ahí.
Alexander dio un paso al frente.
—Basta.
Lucian no apartó la vista de ella.
— No.
— Está a salvo —insistió Alexander, tensando la mandíbula— Eso es lo importante.
— Por poco.
Ahora sí lo miró a él. Y el choque fue inmediato.
— Podría haber muerto —continuó Lucian — Podría haber desaparecido sin dejar rastro — El silencio se volvió espeso —Y tú lo sabes —agregó, más bajo.
Alexander sostuvo su mirada.
—No la culpes como si hubiera querido eso.
Una sombra de amargura cruzó el rostro de Lucian.
— No la culpo — Volvió a mirar a Elizabeth — Se lo recuerdo.
Ella cerró los ojos un instante. No por rechazo. Por aceptación.
—Lo sé —murmuró finalmente — Me equivoqué.
—Eso ya no importa — La interrupción fue inmediata — El error ya está hecho.
No había consuelo en su voz. Ni intención de herir. Solo verdad.
Alexander frunció el ceño.
—Lucian…
— Ella eligió irse — replicó él, sin mirarlo — Nadie la obligó.
Elizabeth inhaló profundamente. El peso de esas palabras era insoportable y, sin embargo, cierto. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue necesario. Lucian finalmente se apartó unos pasos, como si necesitara distancia para contener algo que crecía en su interior. Respiró.
Y cuando habló de nuevo, su voz ya no era la de un juicio. Era la de alguien que cargaba demasiado.
—No vuelvas a hacerlo.
Elizabeth lo miró. Y asintió. No como una orden obedecida. Sino como una promesa comprendida.
El aire cambió. Sutilmente. Y entonces Lucian habló.
—Hace doscientos años…
Las palabras no fueron dramáticas. Fueron pesadas. Como si cada una arrastrara siglos de historia. Alexander y Elizabeth guardaron silencio.
—Mi raza no era lo que creen —continuó— No éramos bestias. No éramos salvajes — Su mirada se perdió en algún punto invisible —Éramos guardianes.
La sala pareció encogerse.
—Vivíamos apartados. No atacábamos. No invadíamos — Una pausa — Pero éramos fuertes. Demasiado fuertes.
Sus ojos se endurecieron.
—Los cazadores nos temían. Los licántropos nos envidiaban — Una leve risa, amarga, se escapó de sus labios — Y decidieron que era mejor eliminarnos.
Elizabeth sintió un frío recorrerle la espalda.
—Se aliaron — Esa palabra cayó como una condena —Cazadores y licántropos — Alexander no se movió — Nos atacaron sin advertencia —continuó Lucian— De noche. Como animales.
Sus manos se tensaron.
—A los débiles los mataron. A los fuertes los quebraron — Y entonces, su voz descendió —A mí me entregaron — El silencio fue absoluto —Los licántropos me llevaron ante los cazadores —dijo, mirándolos ahora — Como un trofeo.
Elizabeth sintió cómo el aire se volvía más denso.
—No podían matarme — Una pausa — Así que hicieron algo peor — Sus ojos se oscurecieron —Me hechizaron. Me encadenaron. Y me encerraron — Su voz apenas se sostuvo — En un ataúd de cristal — Nadie respiraba —Doscientos años.
El tiempo dejó de existir en esa sala.
—Despierto. Consciente. Sin poder moverme — Elizabeth llevó una mano a su pecho —Escuchando cómo desaparecía todo.
La voz de Lucian ya no era dura. Era profunda.
—Hasta que no quedó nadie — El silencio fue insoportable — Por eso los odio —concluyó.
No fue furia.
Fue certeza.