Prisionero De Cristal

Dos Almas, Un Abismo

La noche había caído sin aviso.

No como un manto suave que cubre el mundo, sino como una presencia que lo invade, lo toma, lo reclama. El bosque que rodeaba el castillo Von Fisher respiraba con una quietud inquietante, demasiado perfecta, demasiado consciente. Lucian caminaba solo.

No había dicho nada al marcharse.
No había pedido permiso. Ni siquiera había mirado atrás.
Simplemente supo que debía ir.

Sus pasos eran silenciosos sobre la tierra húmeda, pero cada uno de ellos estaba cargado de intención. Sus ojos celestes brillaban con una intensidad distinta a la habitual, más profunda, más alerta. No buscaba un camino.

Ya sabía adónde iba. Lo sentía. Esa presencia. Oscura. Familiar.
Demasiado cercana. Se detuvo en un claro. Los árboles formaban un círculo imperfecto, como si incluso la naturaleza evitara invadir ese espacio. El aire estaba frío, pero no por la noche, sino por algo más antiguo, más denso. Lucian alzó la mirada.

—Sal.

No fue un desafío. Fue una orden.
El silencio duró apenas un instante. Y luego el aire se distorsionó. No como una aparición común. No como magia ordinaria. Fue como si la realidad se abriera, se resquebrajara levemente y de esa grieta emergiera una figura.

Alta. Delgada. De cabellos oscuros, largos, similares a los de Lucian, pero más descuidados, más salvajes. Sus ojos no brillaban como los de él. Eran opacos. Vacíos. Como si ya no contuvieran nada.

— Sigues siendo igual de arrogante.

La voz fue baja. Cansada. Pero con un filo que no había desaparecido.
Lucian no se movió.

—Y tú sigues siendo igual de patético.

El hombre sonrió. Pero no fue una sonrisa viva. Fue una mueca.

—Han pasado doscientos años y eso es lo mejor que tienes.

Lucian dio un paso al frente.

—Dorian.

El nombre cayó entre ellos como una sentencia. Dorian inclinó ligeramente la cabeza.

—Así que aún me recuerdas.

—Eras difícil de olvidar.

Silencio. No había hostilidad inmediata. No había ataque. Pero el aire entre ambos vibraba. Como si en cualquier momento pudiera quebrarse.

—Pensé que te habías extinguido —continuó Dorian.

—Lo intentaron — Lucian no apartó la mirada —No lo lograron.

Dorian soltó una leve risa.

—No del todo.

El silencio volvió. Pero esta vez era más pesado. Porque ambos sabían lo que el otro era. Lo que había sido. Y en lo que se había convertido. Lejos de allí, entre las sombras del bosque, Alexander observaba. No había seguido a Lucian por desconfianza.

Lo había hecho porque lo sintió.
Ese llamado. Esa tensión. Y ahora lo entendía. Su cuerpo permanecía inmóvil, oculto entre los árboles, pero su mente estaba alerta, cada sentido agudizado. El lobezno dentro de él no estaba tranquilo.

Gruñía.
Bajo.
Constante.

No por miedo. Por rechazo. Por instinto. Alexander no lo detuvo.
Solo observó. Y escuchó.

—Te aliaron con ellos —dijo Lucian, rompiendo el silencio.

Dorian ladeó la cabeza.

—¿Con quiénes?

—Con los licántropos.

La palabra fue escupida. Con desprecio. Con asco. Dorian no negó. No se defendió.

—Me dieron lo que necesitaba.

Lucian entrecerró los ojos.

—Te convertiste en lo mismo que nos destruyó.

—No — La respuesta fue inmediata —Me convertí en lo que ustedes me obligaron a ser — El aire pareció tensarse — No fui yo quien traicionó a nuestra raza —continuó Dorian — Fueron ellos. Los cazadores — Sus ojos vacíos brillaron levemente — Los Von Fisher.

Alexander sintió cómo su corazón se detenía por un instante. El lobezno reaccionó. Con violencia.
Un impulso salvaje recorrió su cuerpo. Pero se contuvo. No podía intervenir. No aún.

—Ellos nos quebraron —siguió Dorian — Nos desarmaron pieza por pieza. Nos hicieron esto.

Se señaló a sí mismo. Y por primera vez hubo algo. Algo parecido a un eco de lo que alguna vez fue. Pero desapareció. Tan rápido como apareció.

—No los justifiques —replicó Lucian, con voz firme.

—No lo hago — Dorian dio un paso hacia él — Los supero.

—Ellos me destruyeron —continuó — Pero yo elegí qué hacer con lo que quedó.

Lucian lo miró con una intensidad feroz.

—Elegiste convertirte en un monstruo.

—Elegí sobrevivir.

El choque fue inmediato. Invisible.
Pero brutal.

—Te uniste a los licántropos —insistió Lucian — A las mismas bestias que nos entregaron.

— Y tú confías en uno de ellos.

La respuesta fue directa. Sin vacilar. Lucian no respondió de inmediato. Pero su mirada cambió.

—No es como los demás.

Dorian sonrió.

—Eso también creí una vez.

El silencio que siguió fue diferente. Más profundo. Más personal.

—Aún tienes alma —dijo Dorian de pronto.

Lucian no reaccionó.

—Se nota —continuó —En cómo hablas. En cómo los defiendes. En cómo — Sus ojos se afilaron — Aún amas.

Lucian dio un paso más.

—Y tú ya no.

No fue una acusación. Fue una verdad. Dorian no respondió. Pero tampoco lo negó.

—Te vaciaron —añadió Lucian
—Y dejaste que se llevaran lo que quedaba.

Silencio. Dorian bajó la mirada apenas un segundo. Y cuando la alzó ya no había nada.

—No queda nada que salvar. En ti.

La afirmación fue absoluta. Irrevocable. Lucian lo observó. Y por un instante hubo algo parecido a la compasión. Pero desapareció.

—En mí sí.

Dorian lo supo en ese momento.
Lo vio. Lo entendió. La diferencia.
La grieta. El abismo entre ambos.

—Entonces protégelos —dijo finalmente —A tus nuevos dueños.

Lucian avanzó un paso más.

—No son mis dueños — Su voz fue baja. Pero cargada — Son mi familia.

El silencio que siguió fue el más peligroso de todos. Porque ya no quedaba nada que decir. Solo una verdad. Dos caminos. Dos destinos.
Inevitablemente opuestos. Dorian sonrió. Pero no con alegría.

—Entonces empezaré por ellos.




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