La noche había caído sobre el bosque como un susurro antiguo, envolviendo cada rama, cada hoja, cada respiro en una penumbra cargada de memoria. Lucian no regresó al castillo por deber. Regresó porque no pudo evitarlo.
Porque, por más que intentara convencerse de que la libertad era su única prioridad, había algo más fuerte tirando de él. Algo que no era una cadena. Algo que no era un hechizo. Era Elizabeth.
Cruzó los portones sin anunciarse. Nadie lo detuvo. Nadie se atrevió.
Su presencia ya no era la de un prisionero liberado. Era la de un ser que había decidido existir. Y sin embargo sus pasos se detuvieron frente a la puerta de la habitación de Elizabeth.
No golpeó. No al principio. Porque, por primera vez en más de doscientos años Lucian dudaba.
No de sí mismo. Sino de si sería recibido. Del otro lado, el silencio era pesado. No había llanto. No había ruido. Solo una quietud que dolía más que cualquier grito.
Finalmente golpeó. Una vez. Suave. La puerta no se abrió. Pero la voz de Elizabeth atravesó la madera como un cristal quebrándose lentamente:
—Vete.
Lucian cerró los ojos un instante.
Y entonces habló, con una voz baja pero firme.
—No.
El silencio cambió. Ya no era vacío.
Era tensión. Un segundo después, la puerta se abrió con brusquedad.
Elizabeth estaba allí. Cabello rubio desordenado, ojos dorados encendidos no de furia, sino de algo mucho más profundo.
Dolor.
—¿Para qué viniste? —preguntó, con la voz temblando apenas — ¿A despedirte otra vez?
Lucian la miró. Y por primera vez desde que era libre no hubo distancia en su mirada. Solo verdad.
—Nunca me despedí.
Ella rió. Una risa rota.
—No, solo te fuiste —susurró— Apenas fuiste libre.
Sus manos temblaban, pero no retrocedió.
—Confié en ti —continuó, alzando la voz, aunque cada palabra parecía desgarrarle el pecho— Confié en ti como me lo pediste, te liberé porque deseaba que te quedaras conmigo por tu propia voluntad —su voz se quebró—
y sin embargo te fuiste.
Un paso hacia él.
—Me abandonaste apenas fuiste libre — Sus ojos brillaban ahora, húmedos, intensos —¿Cómo esperabas que reaccionara?
El aire entre ellos se volvió denso.
Lucian no respondió de inmediato.
Porque cada palabra de ella le había llegado. Había golpeado.
Había dolido. Cuando habló, su voz ya no era dura. Era profunda.
—Sigues sin confiar en mí.
Elizabeth se quedó inmóvil. No era lo que esperaba. Lucian dio un paso hacia ella.
—Eso es lo que me duele.
Su mirada se clavó en la de ella, sin evasivas, sin suavizar la verdad.
—Moriría por ti, Elizabeth. Y sin embargo tú no confías en mí.
Las palabras no fueron dichas con reproche. Fueron dichas con una tristeza tan honesta que desarmaba. Elizabeth bajó la mirada por un instante. Y entonces, algo en ella cedió.
No su carácter.
No su fuerza.
Sino ese punto exacto donde el dolor deja de ser enojo y se convierte en miedo.
—No quiero que te vayas —susurró.
Esa fue su rendición. No elegante.
No orgullosa. Real. Levantó la mirada, enfrentándolo otra vez.
—No quiero perderte —continuó— Ya perdí demasiado… mis padres… a mi hermano como era antes… todo cambia, todo se rompe — Su voz tembló — No puedo soportar perderte también.
Un paso más cerca.
—Si vas a irte dímelo —dijo con desesperación contenida— Si vas a tomar decisiones inclúyeme.
—sus ojos brillaron — No me dejes afuera de tu vida, no me dejes atrás otra vez.
Lucian la observó como si el mundo entero se hubiera reducido a ese instante. A ese pedido. A esa fragilidad que ella no mostraba ante nadie. Y entonces, por primera vez sonrió apenas. No con felicidad. Con ternura.
—Estoy aprendiendo a ser libre —dijo en voz baja— Después de más de doscientos años no sé cómo hacerlo bien.
Alzó una mano. Dudó un segundo.
Y finalmente la apoyó suavemente sobre la mejilla de Elizabeth. El contacto fue mínimo. Pero lo cambió todo.
—Pero hay algo que sí sé.
Sus ojos celestes brillaron con una intensidad distinta. No violenta.
No fría. Viva.
—Jamás voy a abandonarte.
El tiempo pareció detenerse.
Elizabeth no respondió con palabras. No pudo. Simplemente se acercó. Y lo abrazó. No con delicadeza. Con necesidad.
Como si quisiera asegurarse de que él era real de que no iba a desaparecer. Lucian tardó apenas un instante. Y entonces la rodeó con sus brazos.
Firme.
Protector.
Silencioso.
El enojo seguía ahí. El dolor también. Pero el amor era más fuerte. Mucho más. Desde la penumbra del pasillo, Alexander observaba.
No intervenía.
No hablaba.
Pero comprendía. Porque había visto algo que Elizabeth no. Y ya no podía guardarlo. Cuando finalmente Lucian se separó de ella, Alexander dio un paso al frente.
—Tenemos que hablar.
La tensión volvió. Pero era distinta. Más madura. Más peligrosa. Elizabeth frunció el ceño.
—¿De qué?
Alexander no la miró a ella. Miró a Lucian.
—Estuve en el bosque.
El silencio cayó como un golpe. Lucian no se movió. No se sorprendió. Solo lo aceptó.
—Lo sé —respondió con calma.
Elizabeth los miró a ambos, confundida.
—¿De qué están hablando?
Alexander dio un paso más, ahora sí mirándola.
—No se fue sin motivo.
Lucian cerró los ojos un instante.
Sabía que ese momento llegaría.
—Se encontró con él —continuó Alexander.
Elizabeth sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Con quién?
Lucian abrió los ojos. Y esta vez no suavizó nada.
—Con Dorian.
El nombre cayó como una sentencia. El aire pareció volverse más pesado. Más oscuro. Alexander tensó la mandíbula.
—Escuché todo.
Elizabeth dio un paso atrás.
—No —susurró— no puede ser…
Pero lo era. Lucian avanzó un poco, acercándose a ella sin invadirla.