Prisionero De Cristal

Promesas que sangran

La madrugada no llegó con luz, sino con una quietud espesa que parecía adherirse a las paredes del castillo Von Fisher. No era el silencio de la paz, sino el de algo contenido, algo que aún no había estallado.

Elizabeth despertó sin sobresaltos. No hubo un ruido que la llamara ni un sueño que la expulsara del descanso. Fue otra cosa. Una sensación imprecisa, pero persistente, como si algo se hubiese retirado del mundo y hubiese dejado un vacío en su lugar. Giró el rostro lentamente.

La otra mitad de la cama estaba fría. Lucian no estaba. Durante un breve instante, su corazón reaccionó como lo habría hecho antes: con una punzada de angustia, con ese impulso violento de salir corriendo, de buscar, de no soportar la posibilidad de haber sido abandonada otra vez.

Pero ese instante pasó. Elizabeth cerró los ojos apenas un segundo, respiró con profundidad y cuando volvió a abrirlos, el miedo no había desaparecido, pero ya no la dominaba.

Se incorporó en silencio. Se cubrió con una capa ligera y salió de la habitación sin apresurarse. No buscaba respuestas desesperadas. No quería encontrarlas así. Las encontraría de pie. Atravesó los pasillos en penumbra, descendió las escaleras, cruzó el patio interno donde la piedra aún conservaba el frío de la noche, y finalmente salió al bosque.

No dudó en ningún momento. No porque supiera dónde estaba Lucian. Sino porque lo sentía. El aire nocturno la envolvió, y allí, en medio del claro, lo vio. Lucian estaba solo.

Su figura se recortaba contra la oscuridad como si perteneciera más a ella que al mundo de los hombres. Sus movimientos eran precisos, violentos, repetitivos. No había elegancia en ellos, ni técnica pensada. Era pura descarga. Su camisa estaba rasgada.

Había sangre. Pero no se detenía.
Golpeaba el aire como si enfrentara enemigos invisibles. Como si cada impacto fuera dirigido contra algo que no podía morir pero tampoco podía dejar de combatir.

Elizabeth no avanzó. Se quedó entre las sombras, observándolo. Y en esa quietud ocurrió algo nuevo.
No lo juzgó. No pensó en reprocharle nada. No sintió el impulso de exigirle explicaciones.
Solo lo miró. Y en esa mirada comprendió. No todo. Pero lo suficiente.

Lucian se detuvo de pronto. No por cansancio. Por conciencia. Giró el rostro apenas.
Y la encontró. Sus ojos celestes brillaron en la penumbra.

-No deberías estar aquí -dijo, sin dureza.

Elizabeth dio un paso al frente.

-Tú tampoco.

El intercambio no fue un desafío.
Fue un reconocimiento. El silencio que siguió no era incómodo. Era necesario. Y entonces, entre los árboles, algo se movió. El lobezno.
Pequeño, blanco, silencioso. Avanzó sin miedo, sin vacilar, hasta colocarse frente a Lucian.

Elizabeth contuvo la respiración.
Sabía lo que aquello significaba.
Sabía lo que Lucian sentía por los de su especie. El rechazo. El odio.
Pero Lucian no retrocedió. No lo apartó. El lobezno alzó la mirada y lo observó con una calma extraña, casi humana. Lucian frunció levemente el ceño.

-No deberías acercarte a mí -murmuró.

Pero su voz no contenía amenaza.
El lobezno avanzó un paso más.
Y entonces apoyó suavemente el hocico sobre la herida abierta en el costado de Lucian. El cuerpo de Lucian se tensó al instante. Un reflejo. Una reacción antigua. Pero no lo rechazó. No lo apartó. Una leve energía recorrió la herida.

No la cerró, no la borró pero el dolor cedió. Se volvió soportable. Lucian inhaló profundamente. Sus ojos cambiaron apenas. No en intensidad. En significado. Miró al lobezno como si lo viera por primera vez.

-No eres como ellos... -dijo en voz baja.

No hubo respuesta. Pero el animal no se apartó. Y en ese pequeño gesto algo dentro de Lucian se quebró. No su odio. Pero sí su certeza. Elizabeth lo vio. Y supo que ese momento era importante.

No por lo que decía. Sino por lo que cambiaba. Avanzó un paso más. Y esta vez, Lucian no se alejó.
El amanecer no trajo alivio. Trajo consecuencias. Los cuerpos fueron encontrados en los límites del territorio. Cazadores. No todos estaban muertos. Algunos aún respiraban lo suficiente para recordar.

Alexander fue el primero en llegar. Se inclinó junto a uno de los sobrevivientes, mientras su mirada recorría el suelo, los símbolos, la disposición de los cuerpos. Había intención. Había mensaje. Lucian lo reconoció antes de que nadie hablara.

-Dorian.

El nombre cayó como una certeza, no como una suposición. El cazador herido tomó el brazo de Lucian con desesperación.

-No... no fue solo eso...

Su voz temblaba.

-Dijo algo...

Lucian se inclinó.

-¿Qué dijo?

El hombre cerró los ojos un instante, como si repetirlo doliera más que recordarlo.

-Dijo... que la familia Von Fisher no merece existir.

El silencio que siguió fue absoluto.
Elizabeth sintió cómo el aire se volvía más pesado. Alexander apretó los puños. Lucian cerró los ojos. Y cuando los abrió ya no había duda en ellos.

-Ya no está esperando.

No era una advertencia. Era un hecho. Alexander se incorporó lentamente.

-Entonces nosotros tampoco.

Elizabeth lo miró. Y asintió. No por impulso. Por decisión. Lucian los observó a ambos. Y comprendió algo que no había querido aceptar antes. Ya no podía hacerlo solo. La noche volvió a caer. Pero no los encontró separados. Los tres estaban en el mismo claro. El mismo lugar donde el silencio había cambiado de significado.

Nadie hablaba. No porque no hubiera nada que decir. Sino porque todo lo importante ya estaba dicho. Elizabeth fue la primera en moverse. Extendió la mano. Dudó apenas un instante.

Y la tomó. La mano de Lucian. No con suavidad. Con firmeza. Como quien elige sostener algo aunque duela. Lucian la miró. Y no la soltó. Alexander los observó en silencio.

Y el lobezno avanzó, colocándose entre ambos. No como una barrera. Como un vínculo. Como un recordatorio de que incluso lo que parecía irreconciliable podía cambiar. El viento recorrió el claro. Las hojas susurraron. Y en ese instante, todo fue claro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.