El bosque no los recibió. Los reconoció. Como si cada árbol, cada sombra y cada susurro del viento supiera que aquello que estaba por ocurrir no era un simple enfrentamiento sino el inicio de algo irreversible.
Elizabeth, Alexander y Lucian avanzaban juntos. No había duda en sus pasos. No había palabras.
Solo una tensión contenida que los envolvía como una segunda piel.
Habían dejado de reaccionar. Habían decidido actuar. Y, sin embargo no eran ellos quienes dominaban el ritmo de ese encuentro. Porque Dorian ya los estaba esperando. No apareció de golpe. No irrumpió con violencia.
Simplemente estaba allí. De pie, en el centro del claro. Como si nunca se hubiera movido. Como si siempre hubiera estado. Su figura era la misma y no lo era.
Oscura.
Serena.
Vacía.
Sus ojos no brillaban como los de Lucian. No contenían nada. Y eso era lo más aterrador.
—Llegaron —dijo, sin emoción.
No fue una bienvenida. Fue una constatación. Lucian dio un paso al frente. Elizabeth no lo detuvo.
Alexander tampoco.
—Esto termina hoy —respondió Lucian.
Dorian lo observó. No con odio. Con algo peor.
—No —dijo con calma— Esto recién empieza.
El aire cambió. No hubo señal. No hubo advertencia.. Solo un instante en el que todo pareció detenerse.
Y luego.la oscuridad se desgarró.
Un impacto brutal atravesó el claro. El suelo tembló.. Elizabeth apenas alcanzó a girar el rostro cuando lo vio. Una figura gigantesca, veloz, salvaje.
Darian. El líder de los licántropos..No miró a Elizabeth. No miró a Lucian. Sus ojos estaban clavados en un solo objetivo.. Alexander.
—Finalmente —gruñó, con una voz cargada de desprecio y obsesión.
El ataque fue inmediato. Alexander apenas tuvo tiempo de reaccionar..El impacto lo lanzó varios metros hacia atrás. El aire abandonó sus pulmones. El mundo se volvió borroso por un instante.
Pero no cayó. Se incorporó. Sus ojos ya no eran completamente dorados. El brillo celeste comenzaba a filtrarse en ellos. El lobezno despertaba.
—No te acerques — advirtió Alexander, con la voz tensa.
Darian sonrió. Una sonrisa torcida, enferma.
—No tienes derecho a dar órdenes.
Se abalanzó sobre él. Esta vez, Alexander respondió.El choque fue brutal. No elegante. No limpio.
Salvaje. Sus cuerpos impactaron con una violencia que hizo crujir el aire mismo.
Alexander bloqueó el ataque, pero sintió la fuerza superior del licántropo. No era un enemigo cualquiera. Era alguien que lo conocía. Que entendía lo que llevaba dentro.
—Te pertenezco —escupió Darian.
—No —gruñó Alexander— Nunca lo hice.
El lobezno dentro de él rugió. No con miedo. Con furia. Con identidad. Pero Darian no retrocedió. Al contrario. Su expresión se volvió más intensa.
Más obsesiva.
—Te reclamamos —dijo.
Y en ese instante el mundo se fracturó. No literalmente. Pero sí lo suficiente. Una energía oscura envolvió a Alexander. El lobezno reaccionó. Con violencia. Con resistencia. Pero no fue suficiente.
—¡ALEXANDER! —gritó Elizabeth.
Intentó avanzar. Pero algo la detuvo. No una fuerza física. Una presencia. Dorian. No se había movido. Pero ahora estaba entre ellos.
—No intervengas — dijo con voz baja.
Elizabeth apretó los dientes.
—Apártate.
Dorian inclinó apenas la cabeza.
—No entiendes.
Lucian avanzó, pero el aire mismo se volvió pesado. Dorian no los atacaba. Los contenía.
—Ese combate no es tuyo —continuó — Ni el de él.
Señaló a Lucian.
—Ni el tuyo.
El rugido de Alexander resonó a lo lejos. Elizabeth sintió cómo su pecho se contraía.
—¡Suéltalo! —gritó, desesperada.
Pero ya era tarde. Darian había logrado lo que quería. No derrotarlo. No matarlo. Arrastrarlo. Alexander fue arrastrado hacia la oscuridad, envuelto en esa energía salvaje que parecía querer desgarrarlo desde adentro. El lobezno luchaba.
Se resistía.
Se aferraba.
Pero el control no era absoluto. El equilibrio se rompía.
—¡NO! —gritó Elizabeth.
Dio un paso. Dos. Pero el espacio se cerró. Dorian no se movió. Y aun así no podían avanzar. El último sonido fue el de Alexander.
No un grito.
Un rugido.
Y luego silencio. El bosque volvió a respirar. Pero ya no era el mismo. Elizabeth quedó inmóvil. Su pecho subía y bajaba con violencia. Sus manos temblaban.
—Se lo llevó…
No fue una pregunta. Fue una herida abierta. Lucian no respondió. No porque no quisiera.
Porque ya lo sabía. Sus ojos estaban fijos en Dorian. Y en ellos no había duda. Solo una determinación oscura, profunda.
—Te equivocaste —dijo Dorian.
Elizabeth lo miró con odio.
—Voy a matarte.
Dorian la observó. Y por primera vez una leve sonrisa cruzó su rostro.
—No.
Su mirada se deslizó hacia Lucian.
—Vas a intentarlo.
El aire volvió a tensarse. Esta vez no había interrupciones. No había distracciones. No había escape. Solo quedaban ellos. Elizabeth.
Lucian. Y Dorian. Tres fuerzas. Tres destinos. Y una batalla que no terminaría pronto. Lucian dio un paso al frente. Y esta vez Elizabeth no se quedó atrás.
Se colocó a su lado. No detrás. No protegida. A su lado. Sus manos no se tocaron. Pero no era necesario. Porque algo ya los unía. Algo que Dorian no tenía.
—Entonces empieza —dijo Lucian.
Y el mundo volvió a romperse.