Prisionero De Cristal

El primer choque entre Lucian, Elizabeth y Dorian

La noche no se rompía: se tensaba.
El bosque entero parecía contener la respiración, como si cada árbol, cada hoja, cada sombra supiera que algo irrevocable estaba a punto de suceder. La luna, alta y fría, no iluminaba vigilaba.

Elizabeth Von Fisher dio un paso al frente. La tierra respondió con un crujido sordo, casi reverente. Su cuerpo estaba rígido, pero no por miedo. Era otra cosa. Una mezcla peligrosa de furia, culpa y determinación. Sus manos se elevaron lentamente, y la energía comenzó a brotar de ellas: una luz azul intensa, viva, pulsante, que latía como un segundo corazón.

A su lado, Lucian permanecía inmóvil. Pero no estaba en calma.
Ya no. Había algo en él que había cambiado desde que recuperó su libertad. Algo que lo volvía más impredecible, más humano en su imperfección. Su respiración era profunda, pesada. Sus ojos, oscuros y brillantes, no se apartaban del enemigo.

No avanzaba. Esperaba. Esperaba a ella. Frente a ambos, Dorian los observaba como si fueran un experimento. Su figura parecía tallada en la noche misma. El cabello negro caía desordenado sobre su rostro pálido, y sus ojos no eran ojos.

Eran restos de lo que alguna vez fue un alma. Vacíos, fragmentados, ajenos a cualquier emoción verdadera. A su alrededor, la oscuridad no era ausencia de luz era presencia.

-Vinieron juntos -murmuró, y su voz no vibró en el aire, sino dentro de los huesos- Qué predecible.

Elizabeth no respondió. Lucian tampoco. Pero el silencio entre ellos no era debilidad. Era un acuerdo. Dorian inclinó levemente la cabeza, como si los estudiara con un interés enfermizo.

-La última vez que vi a un Von Fisher - continuó, con una calma que hería - suplicaba.

El mundo se tensó. Y Elizabeth atacó. No dudó. Su mano se alzó y el aire se desgarró en un estallido de energía azul que avanzó con violencia, arrasando todo a su paso. No era un impulso descontrolado: era preciso, directo, cargado de intención.

Dorian no se movió. La energía lo atravesó. Y desapareció. Como si nunca hubiera existido. El corazón de Elizabeth se detuvo un instante.
Lucian lo comprendió al instante.

-No es físico -dijo, con voz grave- No está completamente aquí.

Dorian sonrió.

-Bien -susurró- Empiezas a entender.

Y entonces, atacó. Pero no hacia ellos. El bosque gritó. Las sombras se desprendieron de los árboles como si cobraran vida. Se alzaron, deformes, incompletas, y se lanzaron contra ellos con una violencia brutal. Lucian reaccionó primero. Se movió como un relámpago oscuro.

Interceptó a la primera de esas formas antes de que alcanzara a Elizabeth. Su mano atravesó la sombra y la desgarró desde dentro. Un sonido imposible vibró en el aire. No era un grito. Era la ausencia de uno. Elizabeth giró sobre sí misma.

Su poder se expandió en todas direcciones, formando un círculo de luz que empujó a las sombras hacia atrás, obligándolas a distorsionarse, a retorcerse como si la simple cercanía de ella las consumiera.

-No son reales -dijo, con la voz tensa.

-No -respondió Lucian, destruyendo otra- Pero hacen daño igual.

Y era cierto. Cada impacto no dejaba heridas visibles, pero erosionaba algo más profundo. La voluntad. La mente. El equilibrio.
Dorian observaba. No intervenía.
Medía. Elizabeth lo comprendió.

-Está probándonos.

Lucian asintió apenas.

-Entonces que no se equivoque.

Fue entonces cuando sus manos se encontraron. No fue planeado. No fue hablado. Fue inevitable. El poder de Elizabeth se desbordó. El de Lucian respondió. Y el mundo cambió.

La luz dejó de ser sólo luz. Se volvió más densa, más feroz. La energía de ella, pura, emocional, ardiente, se entrelazó con la de él: oscura, antigua, indomable. No se anularon. Se potenciaron. Lo que nació de esa unión no era una técnica. Era un vínculo. El bosque se iluminó. Las sombras retrocedieron. Y Dorian reaccionó. No fue un gesto evidente. Pero sus ojos se entrecerraron.

-Interesante -murmuró.

Elizabeth avanzó un paso.

-No vuelvas a nombrar a mis padres -dijo, firme, con una voz que ya no temblaba- No vuelvas a acercarte a lo que amo.

Lucian no la miró. Pero su mano se cerró con más fuerza sobre la de ella.

-Ni un paso más -añadió.

El aire se volvió denso. Dorian los observó. Y entonces rió. Pero no fue una risa. Fue una grieta.

-Amor -repitió, con una mueca vacía-. Qué concepto tan inútil.

Y avanzó. Un solo paso. Y el mundo colapsó. El suelo se resquebrajó. La luna se distorsionó. El aire se volvió pesado, casi irrespirable. Las sombras ya no eran sombras: eran manos, eran recuerdos, eran susurros que no pertenecían al presente.

Elizabeth sintió algo quebrarse dentro de ella. No era miedo. Era algo más profundo. Algo que no le pertenecía.

-No lo escuches -dijo Lucian, acercándose más- No dejes que entre.

Pero Dorian no hablaba con palabras. Atacaba desde dentro. Y lo que encontró en Elizabeth fue dolor. El mismo que él conocía. La misma pérdida. El mismo vacío. Por un instante ella dudó. Y fue suficiente. Una sombra atravesó su defensa. No la tocó. Pero la alcanzó.

Elizabeth jadeó, retrocediendo un paso. Lucian reaccionó de inmediato. La atrajo hacia él, rodeando su cuerpo con una firmeza protectora, interponiéndose entre ella y todo lo que no podía ver.

-Mírame -ordenó.

Ella lo hizo. Y el mundo volvió. No completo. Pero suficiente.

-No estás sola -dijo él.

No era una promesa. Era una verdad. Elizabeth respiró. Su poder regresó. Más claro. Más fuerte.

-Entonces no me sueltes -susurró.

Lucian negó apenas.

-Nunca.

Dorian los observaba. Y algo, muy profundo en lo que quedaba de él, se tensó. No era ira. No era odio. Era recuerdo. Y por un instante su ataque se detuvo. Un segundo. Nada más. Pero fue suficiente.

Elizabeth lo sintió. Lucian también. Y ambos avanzaron. Juntos. La luz y la oscuridad entrelazadas, no como opuestos, sino como elección. El primer choque había terminado. Pero la verdadera guerra apenas comenzaba.




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