Prisionero De Cristal

El amor como poder compartido

El bosque ya no era un lugar reconocible. La batalla lo había transformado en un espacio suspendido entre la realidad y algo mucho más oscuro, donde el aire pesaba y cada sonido parecía llegar amortiguado, como si el mundo mismo temiera interferir.

Elizabeth y Lucian permanecían juntos. No era una decisión consciente. Ninguno de los dos lo había dicho en voz alta, pero sus cuerpos se alineaban de forma natural, como si un hilo invisible los mantuviera en la distancia exacta.

Ya no había vacilación en sus movimientos. Había algo más profundo: una sincronía nacida del conflicto, del dolor compartido y del amor que, sin permiso, había echado raíces en medio de la guerra. Frente a ellos, Dorian observaba. No atacaba de inmediato.

Estudiaba.

Sus ojos oscuros se deslizaban de uno a otro con una atención casi clínica, como si intentara comprender aquello que escapaba a su naturaleza. Elizabeth fue la primera en sentirlo. No fue un golpe físico. Fue una invasión.

Una presión creciente comenzó a expandirse dentro de su mente, lenta pero implacable, como si algo intentara abrirse paso a través de sus recuerdos. Imágenes comenzaron a surgir sin control: su infancia, la caída de sus padres, el momento en que decidió no escuchar a Lucian y abandonar el castillo. El error.

Su error. Su respiración se volvió irregular. Sus manos temblaron apenas. Dorian no hablaba en voz alta, pero su presencia era clara.

Estaba dentro. Elizabeth cerró los ojos con fuerza, intentando resistir, pero la presión aumentaba. Era como si cada duda que alguna vez había tenido se volviera tangible, amplificada, convertida en un arma. Y entonces, Lucian lo sintió.

No vio lo que le ocurría. Lo percibió. Algo en la energía de Elizabeth había cambiado, se había vuelto inestable, fragmentada. Sin pensarlo, avanzó un paso hacia ella, pero no la tocó. No era el cuerpo lo que estaba siendo atacado.

—No le creas —dijo en voz baja, firme, sin urgencia.

Pero su voz no fue lo que la sostuvo. Fue su presencia. Elizabeth la sintió. Como un ancla.
Como algo firme en medio del caos que intentaba arrastrarla.

Su poder, que hasta ese momento había sido errático, comenzó a reorganizarse. La luz azul que la rodeaba dejó de estallar en impulsos descontrolados y empezó a fluir con una dirección clara, como si hubiera encontrado un centro. Y ese centro era él.

Sin abrir los ojos, Elizabeth dejó que su energía se extendiera. No hacia afuera. Hacia Lucian. Él lo sintió de inmediato. Una calma distinta lo envolvió. No era debilidad. No era contención. Era estabilidad. Por primera vez desde que había recuperado su libertad, algo dentro de él dejaba de luchar contra todo.

Y eso lo fortalecía. Dorian inclinó apenas la cabeza. Aquello le resultaba interesante. Lucian atacó. Su movimiento fue rápido, directo, cargado de una violencia contenida que ya no buscaba destruir por impulso, sino golpear con intención. Se lanzó contra Dorian con una precisión que no había mostrado antes.

Pero Dorian respondió. El impacto fue brutal. Un solo gesto de su parte bastó para interceptarlo y lanzarlo hacia atrás con una fuerza devastadora. El cuerpo de Lucian fue arrastrado por el suelo, abriendo surcos en la tierra, perdiendo momentáneamente el control. Elizabeth lo sintió.

Como si el golpe hubiera sido en su propio cuerpo. Sus ojos se abrieron de golpe. Y actuó. Su mano se alzó y la energía respondió al instante. Una barrera de luz emergió entre Lucian y las sombras que se abalanzaban sobre él, bloqueando su avance con una intensidad vibrante.

No fue una defensa pasiva. Fue una protección activa, decidida.
Lucian no llegó a tocar el suelo por completo. La energía de Elizabeth lo sostuvo, amortiguando su caída, devolviéndole el equilibrio antes de que pudiera perderlo del todo.

Sus miradas se encontraron. No hubo palabras. No hacían falta.
Algo había cambiado. Y ambos lo sabían. Lucian volvió a moverse.
Pero esta vez, no actuó solo. Cada uno de sus movimientos encontraba una respuesta inmediata en Elizabeth.

Cuando él avanzaba, ella abría el espacio. Cuando ella quedaba expuesta, él cerraba la distancia. No se trataba de protegerse mutuamente, sino de anticiparse, de sentir al otro antes de que el peligro se materializara.

Dorian comenzó a retroceder. No por debilidad. Por análisis. Sus ojos se movían con mayor rapidez, registrando cada detalle de ese vínculo que no lograba comprender.

Elizabeth giró sobre sí misma, liberando una expansión de energía que limpió el área a su alrededor, desintegrando las sombras que intentaban acercarse. En el mismo instante, Lucian apareció detrás de Dorian, listo para atacar.

Pero Dorian desapareció. Y reapareció frente a Elizabeth.
Demasiado cerca. Su presencia fue inmediata, abrumadora. Esta vez, no intentó herir su mente. Apuntó más profundo. El vínculo. La presión fue instantánea. Ambos la sintieron. Un tirón violento, como si algo intentara separarlos desde dentro, desgarrar aquello que los mantenía conectados.

Elizabeth jadeó. Lucian se tensó.
Durante un segundo se separaron.
Y el mundo volvió a volverse inestable. Dorian sonrió levemente.

—Eso es lo que son — dijo por primera vez en voz audible — Dependencia.

Elizabeth sintió el dolor, intenso, punzante. Pero esta vez no intentó resistirlo. Lo atravesó. Buscó a Lucian. No con los ojos. Con algo más profundo.

Lo encontró. Y lo sostuvo. Lucian lo sintió. Y respondió. No con fuerza. Con decisión. El vínculo no se rompió. Se tensó. Y resistió.
Elizabeth abrió los ojos.

—No — dijo, con voz firme.

Lucian dio un paso al frente, alineándose con ella.

—No es dependencia.

Dorian los observó, y por primera vez su expresión cambió. Había algo allí que no encajaba en su lógica.

—Es elección — concluyó Lucian.

Y avanzaron. Juntos. Sus poderes ya no actuaban por separado. La energía de Elizabeth se expandió, creando el espacio necesario. La de Lucian se condensó dentro de ese espacio, dándole forma, dirección, impacto.




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