Prisionero De Cristal

La grieta del alma

El bosque había dejado de ser un lugar. Se había convertido en un campo de guerra. La niebla, densa y antinatural, se arremolinaba en espirales lentas, como si el propio aire dudara en permanecer allí.

Los árboles, retorcidos y ennegrecidos, crujían sin viento, como si recordaran algo o temieran lo que estaba por ocurrir. En el centro de ese espacio quebrado, tres presencias sostenían el equilibrio del mundo.

Elizabeth.
Lucian.
Y Dorian.

Nadie habló al principio. No era necesario. El silencio entre ellos no era vacío: era presión contenida. Dorian fue el primero en moverse. No avanzó..Se deslizó.

Su figura se deformó apenas, como si la oscuridad que lo rodeaba no fuera solo un poder sino una extensión de su existencia. Sus ojos, hundidos en sombras, se fijaron en Elizabeth con una intensidad que no era deseo, ni odio puro. Era algo peor.
Reconocimiento.

—Sigues brillando… —murmuró, con una voz que parecía arrastrarse desde lo más profundo de una tumba— Incluso aquí.

Elizabeth no retrocedió. Su postura fue firme, pero no rígida. Había aprendido. Ya no reaccionaba desde el miedo sino desde la conciencia.

A su lado, Lucian dio un paso apenas perceptible. No para adelantarse. Para alinearse. Ese gesto, mínimo, no pasó desapercibido. Dorian lo vio..Y sonrió.

—Interesante —susurró— Ya no la cubres. Ahora caminan juntos.

Lucian no respondió. Pero su presencia cambió. El aire a su alrededor se volvió más denso, más frío. Su poder no explotó; se expandió de forma controlada, como una bestia que ya no necesitaba rugir para demostrar que estaba despierta.

Elizabeth respiró. Y en ese instante sintió. El latido de Lucian. No como un sonido. Como una vibración. Y sin pensarlo se sincronizó. El primer ataque no fue físico. Fue interno.

Dorian levantó la mano apenas, y la niebla se contrajo violentamente, disparándose hacia ellos como una marea oscura que no buscaba impactar el cuerpo sino penetrar la mente. Elizabeth fue el objetivo. El mundo a su alrededor se fragmentó. El bosque desapareció. Y en su lugar, oscuridad. Voces. Recuerdos distorsionados.

El miedo.
El error.
La culpa.

"Te entregaste."

"Lo perdiste."

"No sabes proteger."

El ataque fue preciso. Cruel. Diseñado para romperla desde dentro. Pero esta vez no estaba sola. Antes de que la oscuridad se cerrara por completo, una presencia irrumpió en su mente.

Firme.
Ardiente.
Lucian.

No como invasión. Como ancla.

— No escuches — su voz no sonó, pero estuvo ahí— Mírame.

Elizabeth no abrió los ojos..No lo necesitaba. Lo sintió..Y en ese instante la ilusión se resquebrajó.
La mente de Elizabeth no se cerró en defensa. Se expandió. Y con una precisión casi instintiva, dirigió su propia energía hacia Lucian.

Lo sostuvo.
Lo estabilizó.

Porque el siguiente ataque no fue contra ella. Fue contra él. Dorian cambió de objetivo con brutalidad.
Su poder giró, concentrándose sobre Lucian, intentando hacer lo mismo: romperlo desde dentro, desgarrar su voluntad, forzarlo a recordar, a caer.

Pero esta vez no lo logró. El impacto llegó. Y fue detenido. No por fuerza bruta. Por equilibrio.
La mente de Elizabeth sostuvo la suya. El poder de Lucian respondió. Su energía emergió como una barrera viva, envolviéndola justo cuando su cuerpo quedó expuesto tras el ataque mental.

La oscuridad chocó contra él y no pasó. El suelo explotó bajo sus pies. La onda de choque recorrió el bosque, arrancando raíces, quebrando ramas, deformando el espacio mismo.

Pero ellos no se separaron. No retrocedieron. Se movieron. Juntos. Sin mirarse. Sin hablar.
Lucian atacó. Elizabeth acompañó.
Él avanzó con velocidad brutal, su energía condensándose en un golpe directo, físico, devastador.
Dorian lo interceptó. Pero no esperaba la segunda capa.

La mente de Elizabeth se proyectó en ese mismo instante, interfiriendo en la percepción de Dorian apenas lo suficiente como para desfasar su reacción. Un segundo. Una mínima alteración.

Suficiente. El impacto alcanzó.
Dorian fue empujado hacia atrás.
No herido. Pero sí desestabilizado.
Sus pies se arrastraron sobre la tierra ennegrecida, dejando surcos profundos. Y por primera vez su expresión cambió. No fue dolor.
Fue sorpresa. Real.

—Así que —murmuró, con la respiración apenas alterada— esto es lo que son ahora.

Elizabeth y Lucian no respondieron. No lo necesitaban.
El vínculo entre ellos ya no era una promesa. Era una realidad activa. Sus energías no solo coexistían.

Se respondían.
Se protegían.
Se amplificaban.

Dorian los observó..Y entonces rió.
No con alegría. Con algo roto.

—Eso —dijo, con una sonrisa torcida— es exactamente lo que me arrebataron.

El aire se volvió más pesado. Más oscuro. Más inestable. Su poder se expandió sin control aparente, como si algo en él estuviera cediendo o liberándose.

— Ustedes pelean como dos —continuó— porque pueden.

Sus ojos brillaron con una intensidad peligrosa.

—Yo aprendí a pelear solo.

La oscuridad explotó. Esta vez no fue un ataque dirigido. Fue una liberación. Caótica. Violenta. La niebla se volvió densa como una tormenta viva, envolviendo todo, distorsionando espacio, sonido, percepción.

Elizabeth sintió el impacto. Lucian también. Pero no se soltaron. Ni física. Ni energéticamente. En medio del caos se encontraron. Y avanzaron. Porque ya no estaban enfrentando solo a un enemigo.

Estaban enfrentando una grieta.
Un alma destruida que se negaba a desaparecer. Y en ese choque algo más grande que la batalla comenzó a formarse.

No era solo fuerza contra fuerza. Era luz contra vacío. Vínculo contra fragmentación. Y esa diferencia aún no había mostrado todo su peso.




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