Kayla.
Por fin mis amadas y satisfechas vacaciones de medio año han llegado, salgo eufórica del aula, evitando como siempre los empujones de mis compañeros, los cuales están más ansiosos por salir, observo a lo lejos la pequeña biblioteca que hay en la escuela, detengo mis pasos al notar que aún está abierta, esquivo a algunos estudiantes para poder llegar a la entrega.
—Adiós, Kay —grita Alissa, despidiéndose.
—Adiós, Lissa —grita, adentrando a la biblioteca, no hay nadie, así que entró por completo.
Llegó a los libros y leo los títulos que están en las portadas, todos son de educación, no soy fanática de la lectura, pero a veces suelo hacerlo, me entretiene y me gusta imaginarme cosas, escucho unos pasos provenir de mi lado izquierdo y levanto la mirada observando a una joven, de unos veinticinco años, sonreír de manera amable.
—¿Buscas un libro en específico? —pregunta ella acercándose a mí.
Una pequeña idea cruza en mi mente, sonríe emocionada ante eso, definitivamente a esa persona le agradará mi espectacular idea.
—Sí, ¿Tiene algún diccionario? Y también ¿Hay algún libro que trate sobre plantas? —cuestiono nerviosa.
—Si, acompáñame —pide y comienza a caminar hacia a la tercera estantería de madera.
Salgo del instituto con una amplia sonrisa, estoy totalmente segura que he tomado una buena decisión, abrazo los libros sobre mi pecho y comienzo a caminar emocionada con empezar mi gran plan.
—¿Te gusta leer? —pregunta Andy, llegando a mi lado.
—Algo así
—A mi solo me gusta leer comics, más no diccionarios —murmura incrédulo tomando el diccionario en sus manos—, ¿Realmente leerás esto?
—Hay palabras interesantes ahí y muy rimbombantes.
—Tienes razón ¿Te molesta si te acompaño a casa? —cuestiona en voz baja, tomo su brazo y le sonrío en grande, mostrando mis dientes, feliz de su compañía.
—Me agrada tu compañía —admito sin dejar de sonreír.
—A mi me agradas tu —se aclara la garganta antes de continuar—, en realidad me gustas
—¿Qué? —formulo perpleja.
—Digo, me gustas, me gusta tu compañía y sonrisa y tu manera de expresarte se me hace algo lindo —menciona sonriendo.
Río divertida ante eso, por un momento pensé otras cosas.
—Yo también.
Al llegar la noche, me agachó y busco el diccionario que guarde en una caja debajo de mi cama, saco la caja y busco el diccionario, me levanto con el en manos y me siento en mi cama, comienza a leer desde la letra “a”
Abismar.
Abismo.
Comienzo a leer todas la palabras y sus significados, palabras tras palabras, página tras página, por minutos y minutos, mamá llega a apagar la luz, pero ni eso me detiene, continuo leyendo con la ayuda de una linterna, hasta que siento mis ojos pesados y muy cansados, cierro el diccionario y me dejó caer en el mundo de los sueños.
Ser libre de clases es lo mejor de todo el mundo.
Esto si que es vida.
¡Que viva la libertad!
Amo ser libres. Sin lugar a duda lo mejor que puede haber en esta vida son las vacaciones, los helados, las flores, las plantas y ¡Vivir a mi gusto! ¡Ser libre!
—¡Kayla, apúrate con el costal! —grita papá, desde lo lejos, cerca del camión.
Suspiró, comenzando a recoger las papas que mi hermano mayor ya a arrancado.
Bueno posiblemente en este momento no esté siendo libre y viviendo mi vida a mi gusto, pero no tengo que levantarme temprano para ir al instituto.
Mis únicas dos semanas de vacaciones las pasaré ayudando a papá con su trabajo, prácticamente seré un trabajador de papá pero con la excepción del pago. Cargo el costal a fuerzas hasta llegar al camión.
—Debes de comer más, para que puedas tener más fuerzas.
—Eso haré papá. —me doy la vuelta regresando al lado de mi hermano y volviendo a llenar un costal con más papas.
Quiera tanto ser más fuerte, pero los culpables son mis brazos, puedo cargar un costal de papas, pero no dos, pero si me los puedo llevar en la espalda. Aunque papá dice que así cargan los hombres, no las mujeres.
—No le hagas caso, ya eres fuerte —anima mi hermano, sonrió ante su lindo comentario.
—Pero no lo suficiente
—Eres más pequeña que yo, y puedo decirte que cuando tenía tu edad no era tan fuerte como tú
Volteo los ojos divertida, se que miente.
—Supongamos que te creo —digo con sarcasmo.
—¡Menos charla y más trabajo! —ordena papá.
Continua con mi labor de llenar y cargar costales hasta que llega el medio día y debo de regresar a mi casa, para ir a trabajar a la tienda, por suerte ahí no debo de sudar y estar bajo el sol, ni cargar costales con papas, papá no tiene un negocio en si, él simplemente trabaja con las cosechas de los demás, le pagan su día, aunque ganaría más si el fuera el dueño de la cosecha, aunque lastimosamente no sea así, días como hoy, nos lleva a mi hermano y a mi, para que lo ayudemos con su trabajo, pero a la única que no le pagan es a mi, mi hermano también trabaja con él como compañero.
Llegó a casa y me dirijo directo al baño, pero mamá me frena antes de ingresar.
—Vienes del sol, te hará mal bañarte de un solo, espera que tú cuerpo se enfríe y luego te vayas —me ordena, agarra mi mano y me lleva con ella—, come y luego te vas a bañar.
Comienzo a comer los fideos con mayonesa, mientras intento soportar el hecho de estar sudada. En lo personal no es agradable pero deberé de soportarlo esta vez.
Después de comer y bañarme me encaminó hacia la tienda, súper agotada, siento mis brazos como gelatina debido al esfuerzo que hice al cargar los costales medianos de papas, y las piernas, siento que en cualquier momento caeré de lo débil que me siento, al llegar a la tienda doña Eda me pidió que ordenará los dulces que un niño hizo favor de desordenar.
—¿Te sientes bien? —pregunta Adiel, quien llevaba tiempo eligiendo unas galletas de chocolate.