Prístino tersura

Verdad

​Al salir del instituto, el viento me abraza con una brusquedad que levanta mi cabello sutilmente. Suspiro cansada; este día ha sido agotador a pesar de que empezó bien. Se suponía que debería estar feliz por ser el último día de clases, pero el hecho de que vaya a pasar las vacaciones en el pueblo me estresa. Realmente no puedo irme a la ciudad, y para mí, la ciudad siempre será mejor que este lugar.
​Solo espero que este año Adiel sea más prudente y se quede encerrado en su casa, o que por lo menos le ponga un poco de decoración y respete la tradición de las Flores. Me estresa el hecho de que sea tan imprudente; a veces no creo que sea tan ignorante. Lo odio, sí, pero aunque me cueste aceptarlo, sé que es inteligente; lo que me agota es la falta de paciencia que me provoca su imprudencia en situaciones sagradas para nosotros, como las celebraciones del pueblo.

​Arrastro mis pies como si cada paso que diera pesara más de diez kilos, como si estuviera destinada a un camino cruel. No tengo ganas de voltear, solo quiero huir, pero mi acción se detiene en seco cuando una mano envuelve mi muñeca.

​—Kayla, te estaba llamando. ¿Te sientes bien? —cuestiona Javier.

​Levanto la mirada. Intento forzar una sonrisa, pero por la expresión de su rostro, sé que lo que proyecté fue más una mueca que un gesto de alegría.

​—Sí, estoy bien —respondo extrañada—. Solo no dormí bien anoche.

​—Me lo imaginé —dice él con voz tensa—. ¿Tienes tiempo o estás muy ocupada? Quiero contarte algo.

​Ladeo la cabeza.

—Vamos… ¿dónde quieres que hablemos?

​—¿Por qué no vamos mejor a un lugar más privado? —sugiere Javier—. Es que no quiero que los demás escuchen. Sabes lo que pasó la última vez.

​Río sin ninguna gracia. La gente aquí siempre ha sido tan chismosa; no entiendo por qué se entrometen tanto en la vida. Recuerdo perfectamente la única vez que hablamos y cómo, al día siguiente, el pueblo me tachó de rompecorazones.

Decían que lo estaba matando con mi indiferencia y que yo no valía la pena; que él era un gran tesoro y yo… yo era una gran nada. Una miniatura a su lado.

​—Está bien —acepto finalmente.

​Comenzamos a caminar y levanto la mirada hacia el cielo. Está despejado, apenas hay unas pocas nubes que casi no tienen forma. Cuando era niña, me encantaba tirarme en el césped e imaginar figuras en ellas, pero esta vez no les encuentro ninguna gracia ni forma.

​—Qué tal ha sido tu día? —pregunta Javier nerviosamente. Se me hace extraño verlo así, él no suele estar nervioso.

​—Bien —respondo, todavía extrañada por su actitud.

​—Qué bueno. Aunque debe ser muy estresante o cansado… No sé cómo será para ti el hecho de tener a tu "amado" amigo al lado.

​Frunzo el ceño, confundida.

—¿Te refieres a Adiel? —él asiente—. Supongo que ya me he acostumbrado.

​—Me lo imaginé —comenta él—. No entiendo por qué se llevan tan mal. Digo, no es solo porque él sea mi amigo, pero sé que es una gran persona y realmente no comprendo por qué tú y él no se pueden llevar bien.

​¿Adiel una gran persona? Por favor. Seguramente soy yo la que está mal, porque Adiel no tiene nada de amable conmigo.

​—No lo sé —respondo—. Supongo que nuestras sangres no son compatibles. Dicen que hay personas que te caen bien y otras que no, y me imagino que nosotros somos negativo y negativo. Simplemente no nos llevamos bien.

​Oculto el hecho de que Adiel me odia porque piensa que yo le rompí el corazón a su mejor amigo.

​—Eso… eso ha sido algo muy extraño —dice Javier—. Siempre que le pregunto a Adiel sobre esa rivalidad que tienen, evita el tema y cambia la conversación hacia otras cosas.

​—Es un cobarde —murmuro, observando el suelo en cada paso​—. ¿De qué quieres hablar? —cuestiono al fin.

​—Es algo… bueno, es delicado. No quiero que haya nadie más, quiero que estemos tú y yo solos. No es nada malo, pero sí es algo delicado.

​Después de unos segundos de caminar, Javier vuelve a tomarme de la muñeca. Siento cómo sus dedos envuelven mi piel.

​—¿Pasa algo?

​—No. Sentémonos aquí, hay sombra. Aquí está tranquilo —dice señalando el campo.

​Me siento a su lado, aunque la curiosidad me carcome.

—Está bien, acepto. ¿Qué es lo que quieres hablar?

​Javier suspira.

—No sé qué tanto recuerdas de eso. Sé que pasó hace mucho tiempo, pero se siente como si hubiese sido ayer.

​—¿Te refieres a nuestra amistad? ¿A cuando te declaraste ante mí y te dije que no sentía lo mismo que tú? —Javier asiente—. Espera, yo realmente lo siento. No quise lastimarte y me duele no haberte correspondido de la misma forma.

​—¡No, tranquila! —me interrumpe—. No quiero que te disculpes. La persona que debe disculparse soy yo. Tú no tienes que corresponder sentimientos por compromiso. Pero a lo que me refiero es que la situación no era exactamente así.

​—¿A qué te refieres?

​—Tú me agradas bastante, Kayla. Cuando éramos amigos me parecías increíble, y lo sigues siendo: inteligente, amable, carismática… aunque seas algo introvertida. Tienes un gran corazón y una esencia tan asombrosa que siento que, si no te confieso esto, la culpa me terminará ganando.

​—No te entiendo, Javier.

​—Te voy a contar todo desde el inicio —dice con voz temblorosa—. Y si me odias, lo voy a comprender. Es lo que me merezco. Pero por favor, escúchame.
​Asiento sin poder hablar.

​—Cuando empezamos la secundaria, yo quería que mi vida cambiara. Era una nueva etapa y para mí significaba una nueva vida. Conocí a un grupo de chicos que eran muy populares, siempre con novias guapas. Yo quería ser como ellos y me acerqué para ser parte de su grupo. Me dijeron que, para aceptarme, tenía que hacer algo: enamorarte a ti —siento como si el aire me faltara​—. Tú siempre eras tan callada… por alguna razón, la atención de ellos cayó sobre ti. Querían que me acercara. Al principio lo hice por el reto, pero después… créeme que ya no fue por ellos. Al empezar a hablar contigo me di cuenta de que eras asombrosa. Me encantaba pasar tiempo contigo y con Alissa. Me olvidé de la propuesta de esos chicos… hasta que me los encontré en el pasillo y me dijeron que tenía que declararme ya. En ese entonces me gustaba una chica que solo se acercaba a ese grupo y, cuando uno está enamorado, es capaz de cualquier cosa. Me declaré esperando que me rechazaras. Me alegra tanto que nunca te hubieras enamorado de mí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.