Prístino tersura

Loma

Adiel

Observo el cielo desde mi ventana mientras de fondo la radio suena sin parar. No tengo ni la menor idea de qué canción está sonando y la verdad no me interesa; lo único que me interesa es saber la razón de por qué Kayla ha desaparecido.

No me molesta, pero se me hace algo extraño. Cada tarde que voy a la tienda, a la única persona que me encuentro es a doña Eda, quien me ha preguntado cómo sigue Kayla. Es algo extraño.

El sonido molesto del timbre hace que salga de mis pensamientos. Me levanto perezosamente de mi cama y camino arrastrando los pies; no espero a nadie, y posiblemente se han equivocado de casa. Bajo el último escalón y a través de la ventana observo a doña Eda. Más confundido que antes, me acerco a la puerta y la abro.

—¿En qué le puedo ayudar, doña Eda? —cuestiono al abrir por completo la puerta.

—Oh, cariño, qué bueno que me preguntas —saca de su bolsa una pequeña caja de color beige—. ¿Puedes ir a entregarle esto a Kayla? Estoy muy ocupada y no puedo ir personalmente.

Mis ojos se agrandan sin permiso alguno. Al momento en que ella dirige su mirada hacia mí, intento disimular mi sorpresa y el nerviosismo extraño que me ha invadido.

—¿O no puedes, cariño? —pregunta con su tono suave.

Trago saliva pesadamente. Claro que puedo, solo... solo que es difícil.

—Sí puedo. ¿Cuándo debo de entregarlo?

—Hoy mismo, y cuando se lo des dile que deseo que se mejore pronto y que vuelva a la tienda, me hace falta su compañía.

Asiento, extraño por la situación. Ella me sonríe una última vez antes de girarse y alejarse de la puerta de mi casa. Observo la caja entre mis manos mientras cierro la puerta principal. No debería interesarme lo que está dentro de esa caja, pero lastimosamente tengo algo de curiosidad.

Posiblemente sea una pulsera, pero la caja es demasiado grande para eso; o tal vez un collar, pero aún así sigue siendo demasiado grande para algo pequeño.

Suspiro rendido, coloco suavemente el objeto sobre el sofá y comienzo a caminar hacia mi habitación para cambiar de vestimenta; no puedo salir en pijama hacia la calle. Las vacaciones están siendo demasiado tranquilas, apenas van dos semanas y ya las estoy disfrutando a lo grande, aunque dentro de dos semanas será la gran celebración, el día de despedirnos de la primavera.

Mi jardín ha tenido un cambio radical, ahora ya no está “muerto” (jamás lo estuvo), ahora está lleno de vida y flores de distintos colores. Espero que esta vez no llegue mi enemiga loca a gritarle a mi pobre casa. Me coloco un pantalón de tela negro y una playera blanca; seguidamente me pongo los zapatos y me paso el peine en mi cabello, que antes estaba desordenado. Al observarme en el espejo verifico que efectivamente estoy decente. Bajo las escaleras y tomo la caja cuidadosamente, colocándome algo de perfume antes de salir por completo de mi casa.

Al salir respiro hondo, muy hondo, antes de dejar salir todo el aire.

No tengo ni la menor idea de la ubicación de la casa de Kayla, pero tengo algo a mi ventaja: el pueblo es pequeño. Y mi desventaja: no puedo preguntarle a ningún conocido sobre ella.

Comienzo a caminar hacia el instituto. Siempre la veo tomar la dirección contraria a la mía, así que supongo que por este camino debe de vivir. Sería más fácil si le preguntara a Eliseo, pero sería muy extraño preguntar por alguien a quien debes odiar; o a Javier le resultaría más extraño, además no quiero que piense que tengo algún interés en ella, claro que no. Solo estoy siendo amable con doña Eda. Llego al portón del instituto y, antes de ir en la dirección que ella toma, observo a los lados para verificar que ninguno de mis conocidos me note; pero lastimosamente a lo lejos observo a Andy. Solo de verlo mis ánimos se vuelven negativos; es un chico peculiar y, por alguna razón extraña, no me da buena espina. Ignoro su presencia y continúo con mi trabajo de encontrar a cierta chica.

Las calles están tranquilas, es como si hoy todos hubieran decidido no salir de sus casas o viajar a otros lugares. Observo las flores que hay en cada arbusto de las casas. De entre todas estas flores existe una que es más hermosa que las demás; siempre existirá una distinta que desde el inicio te roba la atención, el aliento, la mente y, con el pasar del tiempo, el corazón. Cuando la ves, el pulso se te acelera de una manera abrumadora. Puede ser una sensación bonita como una dolorosa: verla cada vez que estás cerca de ella, pero a la vez tan lejos. Si te acercas a ella puedes lastimarte con las espinas, además de que corres el riesgo de ser regañado por la dueña o dueño de esa flor. Pero existen algunos casos en que dejas de pensar en las consecuencias y decides arriesgarte, a pesar de que existen más posibilidades de que salgas lastimado.

Por eso es mejor evitar salir afectado.

Detengo mis pasos al percatarme del cambio de dirección; estoy justamente en medio de dos caminos de los cuales no tengo ni la menor idea de a dónde ir. Observo detalladamente cada uno, intentando encontrar alguna señal.

—¿Estás examinando los caminos o estás perdido?

Me sobresalto al sentir una mano sobre mi hombro. Con las cejas fruncidas me giro hacia esa persona que se ha atrevido a interrumpirme en medio de una decisión sumamente importante.

—¿Estás bien? —cuestiona ella, divertida. No tengo ni la menor idea de su nombre, pero se me hace conocida.

—Sí —respondo—, estoy evaluando el camino que debo de tomar.

Ella ríe divertida.

—Eso se escucha interesante. Dime, ¿a dónde te gustaría llegar? Para ayudarte; se me hace algo extraño ver a alguien perdido en un pueblo tan pequeño.

Sonrío avergonzado ante eso. Definitivamente, a partir de hoy saldré más de mi casa.

—Bueno, en realidad no tengo una dirección concreta.

—Entonces solo vas por ahí buscándola.

—Sí, exacto, solo me guío por mis instintos y las señales que logro encontrar —admito.




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