Prístino tersura

Brazalete

Adiel.

El fin de semana fue el mejor: no tuve que toparme con Kayla por ningún lado. Fui a la tienda y no la vi por ninguna parte, salí al campo y tampoco estaba por ahí, y peor cuando fui a la panadería. Es lo mejor de lo mejor. También por las tardes leí un poco más en la enciclopedia; necesito tener palabras como respaldo.
Sabía que todo era tan perfecto para ser real. Al llegar al aula me encuentro con ella, cara a cara; ella aparece obstruyendo la entrada al salón. Bufo molesto ante su actitud.

—¿Ahora qué sucede? —pregunto cansado. Realmente era feliz antes de verla.

Mis ánimos y mis esperanzas de que mi mes empezara bien se fueron directo al bote de basura por causa de ella. Levanto la ceja al notar que su mirada recorre mi cuerpo; me echo un vistazo para ver si vengo manchado o con alguna imperfección, pero nada, todo está normal. Ella me mira directamente a los ojos en silencio total.

—¿Te comió la lengua el ratón? —cuestiono divertido.

—Ja, ja —responde toscamente.

Bueno, amanecimos aburridos, ¿eh?
Pésimo, pero no son mi problema sus estados de ánimo.

—Bueno, no me importa —me muevo a un lado y ella vuelve a bloquear el camino. Suspiro cansado, es demasiado infantil—. Debo entrar.

—No quiero dejarte pasar —demanda.

—Eso no me importa, vamos —vuelvo a moverme, pero ella vuelve a bloquearme—. Kayla…

—Mira, dandy, solo te diré una cosa: tú a mí no podrás decirme contumaz, ¿entiendes? —ordena evidentemente molesta. Río divertido ante su acción.
—¿Ah, sí? —cuestiono burlón—. Pero tú sí que puedes llamarme dandy —reclamo, intentando no sonar ofendido—. Dejaré de llamarte así hasta que tú dejes de llamarme dandy, así que... con permiso —logro entrar con rapidez antes de que ella vuelva a bloquearme el paso.

—Eres un chabacano.

—Y tú una modrego.

Ella frunce las cejas confundida, pero molesta. Abre la boca para replicar y defenderse, pero su acción se ve interrumpida ante la aparición de mi querida amiga, Ana.

—¡Adiel! —entra emocionada y me abraza fuertemente—. Te extrañé, ¿y tú…?

Antes de que termine de formular la pregunta, la interrumpo y respondo:

—Sí, yo también te extrañé —respondo y la abrazo.
Kayla se dirige a su escritorio molesta.

La hora de Educación Física es la mejor: podemos estar al aire libre, correr y disfrutar de la mañana. Junto a Ana nos acercamos hacia la cancha, en donde el profesor nos indica que debemos calentar. Trotamos un poco y después nos deja descansar cinco minutos.

—Muy bien, formen equipos de dos, ¡rápido! —ordena y suena su silbato.

No me preocupo, Ana y yo siempre seremos un gran dúo. Ana rápidamente me toma del brazo sonriéndome.

—Equipo —decimos al unísono y reímos divertidos ante esa acción.

—Muy bien, ahora van a colocarse en la línea blanca; detrás de ustedes estará su compañero —indica. Todos hacemos lo que nos pide. Me coloco detrás de Ana; debido a la altura ella irá al frente—. Muy bien, las cosas serán así: a los que les nombre “uno” se irán por el lado derecho de la cancha y los que nombre “dos”, por el lado izquierdo. ¿Entendieron? —grita.

—¡Sí! —respondemos todos juntos.

El profesor comienza a nombrar a cada pareja. Llega hacia nosotros y nos nombra como número “uno”; nos dirigimos hacia el lado derecho como indicó el profesor. Elías junto a su pareja, quien es su novia, quedan de nuestro lado, mientras que Javier, con su pareja que es una compañera, queda del lado contrario junto a la contumaz.

—Muy bien, aprenderemos a mejorar lo que es el voleibol, solo que de una manera diferente. Esto será a mi manera debido a que anteriormente algunos lograron lastimarse por falta de defensa y protección de su equipo. Como todos tienen a su respectiva pareja, deberán protegerla, pero jugando béisbol. Los número uno son un equipo y los número dos, otro, con la excepción de que cada pareja debe protegerse entre sí. Este juego estará modificado por mi persona; no todos lo hacen así, pero debido a las circunstancias tuve que adaptarlo. Si alguna de las parejas no defiende a su compañero, ¡el equipo tendrá puntos menos! ¿Entendieron?

—¡Sí! —gritamos todos.

—Elijan a su capitán, ¡rápido! —ordena y silba. Todos miramos hacia Elías, quien sonríe encantado. Se acerca junto a su pareja delante de la malla, en medio. Delante de él está Javier y ambos se sonríen.

—Adiel, vamos al lado derecho para así evitar que me lastimen o te lastimen —sugiere Ana.

—Tienes razón, vamos, aunque de igual forma yo te protegeré —prometo tomando lugar en donde ella indicó. Ella sonríe encantada por mis palabras. No dudo en devolverle la sonrisa.

—¡Tres! —grita el profesor y lanza la pelota. Eliseo la golpea tirándola hacia el equipo contrario.

Me coloco delante de Ana justo cuando la pelota se acerca a nosotros, logrando golpearla fuertemente hacia el equipo contrario. Dejo de observar la pelota y justo me doy cuenta de la persona que tengo delante de mí: sí, es nada más y nada menos que la contumaz.

Suspiro dramático. Ni en la cancha soy libre. Ella rueda los ojos ante mi reacción. La pelota se acerca hacia nosotros y logro esquivarla, golpeándola hacia un compañero quien se encarga de enviarla hacia el otro lado. En un determinado momento, la pelota llega a manos de Kayla, quien sin dudarlo la tira hacia mi lado. No estaba preparado para que la tirara en mi dirección; me muevo rápidamente evitando que lastime a Ana. Lo logro, pero lastimosamente no logro evitar que caiga. Al tocar el suelo, los del otro lado exclaman emocionados por ganar un punto, mientras los de mi lado se quejan.

Muy bien, Kayla.

¿Quieres jugar sucio?

Pues eso haremos. El juego vuelve a comenzar; la pelota se acerca a mí y con intención la golpeo hacia el lado de Kayla, quien, lastimosamente para ella y su equipo, no logra esquivarla. Mi equipo festeja ante el nuevo punto que ganamos. La miro intentando comunicarme con ella a través de la mirada; sonrío con orgullo ante mi logro.




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