Adiel.
Ha sido la mañana más perfecta de todas. Al fin tengo un descanso; este instituto sí que no da días libres, está peor que un trabajo mal pagado que explota a sus pobres trabajadores, aprovechadores.
Pude por fin pasarme toda la mañana jugando videojuegos. Mamá se fue a trabajar, así que no había nadie que me regañara por eso. Durante toda la mañana siguió lloviendo e incluso ahora que ya es mediodía, casi la una de la tarde. Termino la partida y apago el televisor. Mi estómago ha estado rugiendo por comida. Tomo el dinero que mamá dejó en el mueble y también las llaves. Dejo mi casa con seguro, me arreglo la bufanda, tomo el paraguas y salgo a la calle. Por suerte salí preparado, con botas, suéter y encima una chaqueta impermeable, junto a una bufanda y el paraguas. Con este clima es mejor salir muy bien abrigado para evitar enfermarme. Llego a la tienda; por suerte aquí puedo entretenerme, puedo molestar un poco, o demasiado, a Kayla y luego seguir disfrutando de mi tranquilidad en mi casa. Saludo a doña Eda y tomo una canasta dirigiéndome al pasillo de las sopas instantáneas; no tengo ganas de hacer algo laborioso. Tomo algunas picantes y busco por los lados a Kayla, pero no hay rastro de ella.
¿Acaso no habrá venido?
Sería algo muy irresponsable de su parte faltar al trabajo solo porque esté lloviendo. No, no, no; si yo fuera su jefe la multaría por esa acción.
Continuo supervisando los pasillos por si llego, por casualidad, a encontrarla. Llego al penúltimo y ahí es cuando comienzo a rendirme; lo más seguro es que no esté aquí. Llego al último, el cual es de las galletas y panes. Esta tienda literalmente tiene de todo, cada vez hay más variedad. Reviso la canasta de galletas buscando algunas de chispas de chocolate, tomo una bolsa y la coloco en mi canasta, dispuesto a irme a la caja para pagar, pero justo cuando estoy a punto de caminar, escucho su voz.
—Tus dientes se llenarán de caries por demasiada azúcar —comenta envuelta en un gran suéter.
Sonrío intentando controlar la carcajada que tengo atorada en la garganta. Apuesto todo mi dinero a que ese suéter es más de dos tallas más grande; sus manos apenas logran verse debido a lo largas que son las mangas.
—¿Y desde cuándo tú te preocupas por mí? —cuestiono.
—No me preocupo —demanda frunciendo levemente las cejas—. Es solo que, si eso llega a pasar, podrías quedarte sin dientes y te notarías muy feo, y luego me daría pena verte.
¿Pero qué…?
Mala, totalmente mala.
Sabía que ser amable el día de ayer me traería muy feas consecuencias, lo sabía. Pero al verla hablando con Ana sobre mi brazalete hizo que, lastimosamente, pensara que era amable, pero no, en realidad no lo es. Con acciones como esas es que no la entiendo.
Es literalmente un enigma, en todos los sentidos de la palabra.
—Qué gracia, modrego —menciono sarcástico. Me doy la vuelta dejándola con la palabra en la boca.
Pago todo y me dirijo hacia mi casa; ella, como siempre, haciendo que mi día se amargue.
Viernes, día viernes…
Realmente, ¿qué les costaba a los maestros descansar este día? El clima sigue similar al de ayer, frío y nublado; es muy probable que llegue a llover, según el pronóstico del día habrá una fuerte lluvia.
Tomo apuntes de la clase, no tenía ganas de venir, necesito descanso urgentemente. Pero mi única alegría será que ya solo quedan dos meses... bueno, aunque en sí falta solo un mes y tres semanas. Es la primera semana de agosto y quedan tres semanas del mes, luego el mes de septiembre que tiene sus días de feriado, así que casi es una semana de descanso, y luego está la primera semana de octubre y ahí, hasta ahí llegan las fechas de clases, y será...
¡Adiós clases!
¡Hola, hermosas vacaciones!
—¿Qué tanto piensas, Adiel?
La voz de mi amigo hace que deje de imaginarme lo que más amo: ser libre.
—En las vacaciones —admito. Observo el pizarrón para seguir tomando nota, pero está vacío—. Pero… ¿qué?
—El profesor ya lo borró desde hace unos minutos. Por suerte tomé nota.
—¿Me las prestas? Más tarde lo termino de apuntar.
—¿Y por qué no ahorita de una vez?
—Nah, no tengo ganas —respondo recostando mi espalda sobre el respaldo de mi silla, descansando como si hubiera trabajado arduamente.
—Como siempre siendo una abulia —menciona maliciosamente nada más y nada menos que Kayla.
Alias: Enigma.
Ella le entrega el cuaderno a mi amigo, esa acción hace que la vea confundido.
¿Cuaderno de qué? ¿Para qué? ¿Y por qué lo está entregando ella?
—Para tu información, aún no sabes leerme la mente, no me mires analizando mi persona —habla. Dejo de observarla y volteo a ver a Elías.
—Son los cuadernos de Matemáticas —aclara sacándome de dudas.
Abro la boca comprendiendo mejor.
—¿Y mi cuaderno? —cuestiono viéndola con los ojos entrecerrados.
—En el basurero.
No lo puedo creer.
—¡¿Qué?!
Ella carcajea divertida por mi reacción y eso hace que me moleste más. Odio esa risa, la odio. Sé que ella es capaz de todo y eso es lo peor; tengo miedo de que realmente haya tirado mi cuaderno al basurero.
¿Qué haré? Las firmas están ahí, cuando sea revisión de cuadernos la maestra me regañará por no tener las firmas en mi cuaderno.
—Oye, calma hombre, no lo tiré —aclara aún con esa fea sonrisa—. Pareces listo para desmayarte.
—Sí, Adiel, respira.
¿Respirar? Lo estoy haciendo. Ella deja una montaña de libros sobre mi escritorio.
—Busca el tuyo, no sé cuál es —admite y se aleja. Rápidamente busco mi cuaderno, me siento en calma al efectivamente encontrarlo completo. Lo guardo en mi mochila para que ella no me lo robe—. Ya lo encontraste, ¿eh? Así que termina de repartirlos.
—¿Qué? ¿Por qué haría eso? —interrogo molesto.
Encima de que me dio un gran susto, quiere que la ayude. Está loca esta chica.