Prístino tersura

Nuevo Amigo.

Kayla

Domingo.

Desde que amaneció he tenido que estar escribiendo y escribiendo; todo para estar al tanto de las clases. Aunque, con los apuntes de Alissa, he tenido que hacer algunas modificaciones, como por ejemplo la decoración. Alissa ama transcribir todo y ya, pero yo amo decorarlo más y más. Tengo algo muy personal con los colores: siento que si algo no tiene colores no tiene vida, y mis cosas deben tener vida.
Las 12:00 p. m.

Termino de lavar los trastes y me dirijo a la cocina, comenzando a hacer el almuerzo. Una rica sopa de verduras no vendría nada mal; coloco la olla en el fuego y comienzo a lavar y cortar la verdura.
Debería ir a la casa de Ana, pero no quiero crear problemas. Ana es amigable y realmente comprendo por qué Adiel está enamorado de ella, pero con las demás chicas... a excepción de Alissa, que es todo un amor, siento que a las demás no les agrado.

Posiblemente esté loca por pensar esto, pero nunca fui muy querida por todos. Siempre he sentido que no les caigo bien a los demás, siempre ha sido así: yo y mi soledad juntas. Desde niña he sido alguien solitaria e independiente en cuanto al amor y la amistad.

Soy una chica de poca vida social, con un círculo muy pequeño, pero por esa misma razón atesoro a todos los que me rodean; aprecio su compañía y su amistad.

—Kay, tengo hambre —escucho quejarse a uno de mis hermanos. Volteo a verlo y está con la mano sobre su estómago—. ¿Ya hay comida?

—Aún no, Andrés. Dentro de un rato los llamaré para comer —informo picando la zanahoria.

—Andrea y yo ya tenemos hambre.

Bueno, son gemelos, ¿qué me esperaba de ellos? Si uno está triste, el otro también, y no van a cambiar ni en el ámbito de la comida: les gustan y odian las mismas cosas.

—Está bien, intentaré que la comida salga más rápido.

—¡Gracias! —grita antes de salir corriendo de la cocina.

Niego con una sonrisa; definitivamente mis hermanos no cambian. Aún siguen siendo esos niños que me asustaban a cada rato, esos niños que siempre se necesitan y encuentran soporte el uno en el otro. Sé que aunque siempre se pelean —y a veces solemos hacer eso los tres—, los amo mucho, nunca dejaré de hacerlo. Por ellos sería capaz incluso de renunciar a mis propios sueños.

Después de estar cocinando por largos minutos, por fin la comida está lista. Sirvo la sopa con verduras y arroz en los platos mientras los coloco en la mesa ordenada. Suspiro satisfecha con el resultado.

—¡La comida está lista!

En menos de lo que canta un gallo, mis hermanos ya están sentados en sus lugares devorando la sopa. Río divertida al observarlos manchados con un poco de comida y los cachetes inflados.

—¡Oh, casi se me olvida! —exclama Andrea mientras traga lo que tenía en la boca—. Hay un chico muy lindo afuera.

—¡Sí, es nuestro nuevo amigo! —informa Andrés, continuando con su plato.

—¿Ah, sí? —cuestiono, llevándome una cucharada de sopa a la boca.

—Sí, dice que es nuevo y no conoce tanto el pueblo —levanto las cejas, sorprendida; según lo que sé, aún no han venido nuevos vecinos—. Deberíamos enseñarle el pueblo —sugiere.

—¡SÍ! —apoya Andrés, tomando su fresco de limón.
—Sería una buena idea, pero primero coman y hagan sus tareas. Si no las hacen tendremos que cancelar la idea de ayudar al nuevo vecino —aviso. Ellos me sonríen como si eso no les diera miedo; siempre huyen de sus deberes.

Pero esta vez no lo harán: primero los deberes, luego la diversión.

—¡Ya las hicimos! —exclaman al unísono.

—¿Ya? —pregunto perpleja. Eso no me ha sucedido en los últimos meses.

—¿No están mintiendo? Porque si es así, de alguna u otra forma lo averiguaré.

—No te preocupes, Kay, nosotros no estamos mintiendo.

—Sí, además él nos sugirió que termináramos nuestros deberes y le hicimos caso —anuncia Andrés.

—¿Le hicieron caso a un desconocido antes que a mí? —pregunto ofendida. Son unos descarados.

—Así es, ¡además es lindo! —exclama emocionada Andrea, con una amplia sonrisa en su rostro, como si ese chico le gustara.

—Y yo lo hice porque Andrea dijo que le hiciéramos caso.

Andrés, como siempre, siguiendo a Andrea.

—¿Y si Andrea toma medicina, tú también lo harás?

—Ah, no, eso no.

—¡Ya terminé de comer! ¡Gracias!

—¡Y yo también!

—¡Apúrate, Kay! ¡Él nos espera! —informa Andrea.

—¡Déjame comer! —pido, comiendo más rápido. Sería de mala educación hacerlo esperar más tiempo.

Lavo los trastes y los coloco en el escurridor. Me asomo a la ventana identificando una bicicleta estacionada en el portón de madera; entonces sí era verdad. Me seco las manos y me acerco al cristal, observando ahí mi reflejo. Noto algunos mechones de cabello desordenados y comienzo a arreglar mi trenza; me pongo un poco de agua sobre el cabello para que no se alborote tanto, ya que por la forma suele hacerlo.

Al girarme, dispuesta a conocer al nuevo amigo de mis hermanos, me quedo paralizada al ver su silueta en la entrada. Su mirada se encuentra con la mía, y pareciera como si ese hubiera sido su objetivo desde el principio. Trago saliva nerviosa.

Esperen.
¿Nerviosa? ¿Desde cuándo me siento así delante de él?

—¡Vámonos, Kay!

Ni el grito de Andrea hizo que despegara mi mirada de la de él; no hasta que él fue arrastrado por mi hermana hacia afuera. Pestañeo intentando asimilar mi estado emocional.

Creo que son mis cambios de la adolescencia.
Salgo de la casa le pongo seguro a la puerta, guardo la llave en el bolsillo de mi falda de tela y comienzo a acercarme a ellos.

—Nos iremos caminando —informa Andrés colocándose a mi lado.

—Ustedes irán caminando, yo iré en bicicleta —avisa Andrea eufórica, subiéndose a la máquina esa.

—¡Ten cuidado, Andrea! —grito alarmada agarrando la bicicleta—. Tú no sabes usarla.

—¡Ya aprendí, Clayton me enseñó!




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