Prístino tersura

Sentimientos Confusos

Adiel.

—Nunca terminaré de entenderla.

—¿De quién hablas? —pregunta Elías a mi lado, observando la pantalla de la televisión.

Me giro hacia él tomando un puño de palomitas y metiéndolas a mi boca de un solo golpe.
Mastico molesto; mejor dicho, dolido.

Ser amable trae sus consecuencias, y una de ellas es este dolor en mi pecho, justamente en mi corazón.

—Elías, ¿alguna vez te has enamorado? —cuestiono, aún con mi tono tosco, suspirando cansado e intentando que este mal humor se acabe rápido.

Es detestable sentirme así, como si hubiera hecho algo malo, como si...
No. No. No.

—Supongo que sí. Todos en esta vida lo hemos estado, o hemos pensado llegar a sentirlo —responde él, sonriéndome.

—¿A qué te refieres? —musito.

Él ríe tomando más palomitas.

—Digo, alguna vez pensamos que estamos enamorados, aunque a veces solemos estar equivocados. Después de días, semanas o tres meses se nos pasa ese sentimiento...

—¿Meses? Yo no llevo meses... —interrumpo.

—...Cuando estas enamorado no se basa en poco tiempo. Según sé, estar enamorado dura más tiempo; desde que comienzas a desarrollar sentimientos por esa persona, nunca dejarán de crecer.

—¿Es algo inexorable?

—Sí. No podrás evitarlo aunque tú lo quieras.

Abro la boca ante su gran sabiduría.

—¿Cómo sabes eso? —cuestiono levantando la ceja, asombrado y curioso.

—Una vez lo leí por ahí.

—¿Lees? —articulo sorprendido.

Él carcajea, negando una y otra vez con la cabeza.

—No soy un ignorante —murmura sin borrar su sonrisa.

—Disculpa, no quise decir eso, es solo que no sabía que leías —me justifico.

—No es lo mío, pero una vez leí eso por ahí —comenta, regresando su vista al televisor.
Si leo ese libro, posiblemente la entienda. O mejor dicho, entienda mis extraños estados emocionales y comprenda por qué llego a sentirme tan agobiado.
Creo que necesito vacaciones; estar así de mal no es fácil.

—Dime el nombre del libro, me llama la atención —menciono comiendo más palomitas.

—¿Estás enamorado?

Siento cómo mi garganta se cierra y comienzo a sentir que me falta el aire. Me estoy ahogando con mis propias palomitas. Elías rápidamente lleva su mano a mi espalda y la golpea.

—¡¿Estás bien?!

Toso tres veces seguidas, logrando así escupir la palomita que me estaba ahogando. Siento la garganta áspera al instante y también adolorida.

—Sí, gracias —balbuceo con la voz entrecortada.

—Mastica con cuidado; si sigues así, podrías morirte un día por estar comiendo —bromea, a lo que río.

—Sería una muerte muy graciosa y trágica. Prefiero las de aspecto más asombroso; es mejor morir por escalar una montaña que morirme por una palomita —bromeo, siguiéndole la corriente.

—O mejor aún, morir al subirte a la mejor montaña rusa del mundo.

—O morir después de haber ganado el premio a la persona con menos miedo en todo el mundo.
—O morir en la guerra, en un avión.

—Esa me gusta más, suena más a película de acción.
Ambos nos matamos de la risa, reímos sin parar.

—Dejen de hablar de sus muertes, eso me da escalofríos —pronuncia mamá, llegando a la sala con el ceño fruncido.

Dejamos de reír, adoptando una postura seria.

—Adiel comenzó —me apunta Elías.

Pero qué amigo…
En momentos como estos todos te traicionan, y peor aún si se trata de tu mamá.

—Oh, no, no, no —niego repetidas veces, a lo que mamá ríe.

—Son jóvenes y por ende su humor es diferente al mío. Sigan con lo suyo, iré a mi habitación. Cualquier cosa, ahí estaré —informa, subiendo el primer escalón.

—Bueno, mamá.

Escucho cómo ella poco a poco sube las escaleras hacia la segunda planta. Cuando veo que ya llegó arriba, sin esperar ni un segundo agarro un cojín y se lo tiro a Elías.

—Eres un tramposo —puntualizo.

—Lo siento, me da miedo que tu mamá me regañe.

—Nunca lo ha hecho.

—Pero siempre hay una primera vez.

Una primera vez.
Supongo que las cosas a veces suelen ser extrañas. Pasar tiempo con ella me está afectando, está haciendo que me desconcierte a mí mismo. Y eso me aterra.

Después de la película, Elías se despide de mí debido a que debe ir a trabajar en el informe que solicitó el profesor de Sociales. Con mi libreta en mano, toco la puerta de mamá, esperando por ella para poder entrevistarla.

—¿Sucede algo, hijo? —pregunta mamá detrás de la puerta.

—¿Estás ocupada?

—Por el momento no.

—¿Puedo entrevistarte? Debo recopilar información para una tarea —informo. Ella me sonríe y me deja entrar a su cuarto.

—¿Sobre qué es? —cuestiona sentándose en su cama, mientras yo tomo asiento en la pequeña alfombra del suelo.

—Sobre el favoritismo en el trabajo, mejor dicho, nepotismo. Tengo que hacer un informe sobre eso y voy a entrevistar a varias personas, pero centrándome en el ámbito laboral —explico, mostrando las preguntas que tengo escritas en mi cuaderno.

—¿Me vas a entrevistar a mí? —pregunta, con una pequeña sonrisa y las cejas levemente levantadas—. Estoy lista, dime las preguntas.

Aclaro mi garganta adoptando una pose de seriedad y formalidad, entrando en mi papel de joven entrevistador.

—¿Alguna vez ha presenciado un acto de favoritismo en su vida?

—Sí, mayormente en la escuela. Los papás de las alumnas les regalaban puntos a los profesores.
Comienzo a anotar todo lo que ella menciona, intentando seguirle el ritmo.

—¿Cómo se siente acerca de eso?

—Fatal. Muchos nos esforzamos para que venga alguien y, solo por sus raíces y sangre, obtenga tan rápido todo por lo que nosotros nos esforzamos —confiesa con un semblante triste.

—Mamá, ¿y en el trabajo sucede eso?

—No hay excepción. Por ejemplo, en el área de publicidad donde estoy, hay muchos que están ahí no solo por su esfuerzo, sino porque tienen familiares en la empresa.




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