Privilegium

Dentro de mí

Oscuridad, devastación y vacío. Este era el premio de la raza humana por su existencia.

El mundo estaba sumido en una eterna penumbra. Una nube negra de contaminación bloqueaba toda luz exterior, y el sol ya no alcanzaba a alimentar siquiera los confines de la galaxia.

Los continentes se habían reacomodado de forma irregular, el deshielo elevó los niveles del agua y la naturaleza había desarrollado su propia fuente de energía desde minerales que extraía del núcleo terrestre. Así nacieron criaturas con corazones elementales brillantes, rodeados de raíces y plantas que les daban un aspecto entre lo demoníaco y lo silvestre.

En las colonias humanas, la electricidad era generada por enormes transformadores que simulaban circuitos antiguos, movidos por fuerza humana. Cada ciudadano tenía un papel que cumplir, y cada tarea era una forma de subsistencia.

Pero la naturaleza, cansada de la arrogancia humana, se separó de ellos y creó un ser que observaría, aprendería y juzgaría su conducta desde adentro.

De la unión de un ente de la naturaleza y una humana de la colonia nació un niño singular, llamado Hassel.

Su cuerpo era más fornido de lo normal, pero aún proporcionado; ojos que reflejaban la luz que la Tierra ya no ofrecía, y su corazón elemental brillaba débilmente bajo su piel.

Madre de Hassel:

—No entiendo… ¿por qué él?

La voz de su madre humana temblaba, mientras sostenía al niño recién nacido. En su pecho, un brillo verdeazulado latía con fuerza, un regalo y a la vez una maldición.

La Madre Naturaleza lo observaba desde su forma etérea y se sintió decepcionada.

—Has elegido a un humano… —susurró el viento entre las raíces. —…y ahora deberás aprender sus errores.

Hassel lloró, pero no como cualquier niño; su llanto llevaba la fuerza de la naturaleza, un recordatorio de que no era un humano común.

Lo llevaron a las calles de la colonia, donde la vida humana era dura y despiadada. Allí, Hassel creció como un mendigo, observando la crueldad y la injusticia de quienes se proclamaban humanos.

El frío calaba hasta los huesos y la pobreza era tan visible como los grafitis en las paredes de metal y concreto.

Hassel (susurrando):

—¿Por qué todo esto…?

Su corazón elemental reaccionaba al odio y la desesperanza que lo rodeaba, y cada mirada cruel hacía que el brillo dentro de él parpadeara con fuerza.

Los humanos lo miraban con desdén, pero él no podía responder con violencia… aún. Su madre naturaleza había impuesto un límite: debía aprender primero.

Una tarde, mientras buscaba restos de comida entre los escombros, Hassel se encontró con un niño de su edad, Eron, que lo desafió con un gesto amenazante.

Eron:

—¡Oye! ¡Ese trozo de pan es mío!

Hassel:

—Tómalo… no necesito pelear.

Eron lo miró incrédulo; nadie había respondido así ante su agresión.

—¿Qué… eres…?

Hassel no respondió. Su mirada transmitía más de lo que las palabras podían expresar. El pequeño brillo en su pecho era suficiente para intimidar a cualquiera.

El niño aprendió a moverse entre las sombras de los edificios derruidos, evitando a los mercaderes y guardianes de la colonia que castigaban cualquier infracción.

Sus días estaban llenos de vigilancia y aprendizaje, y aunque nadie lo veía como algo especial, Hassel absorbía cada detalle de la vida humana.

Su madre naturaleza se frustraba con cada acto humano que observaba: la codicia, la traición, la violencia. Sin embargo, algo en él la hacía dudar de su decisión original.

Una noche, bajo un cielo gris sin estrellas, Hassel encontró un pequeño refugio: una cueva iluminada por hongos que brillaban con tonos verdes y azules.

Allí, mientras descansaba, comenzó a hablar consigo mismo, cuestionando su destino.

Hassel: —¿Es este mi lugar? ¿Debo ser como ellos… o como yo realmente soy? El brillo en su corazón elemental respondía a sus dudas, pulsando con fuerza como si le dijera que su camino aún no estaba decidido.

Mientras exploraba la colonia, se topó con un anciano sabio llamado Thalos, conocido por todos como un superviviente que contaba historias del mundo antes de la oscuridad. Thalos: —Joven, veo en ti algo distinto… una chispa que muchos han perdido. Hassel: —¿Una chispa? Solo soy un niño perdido… Thalos: —No. Tú eres parte de la naturaleza… y aún así estás aquí. Aprenderás que cada decisión importa. Ese encuentro dejó a Hassel más curioso sobre su propósito y el mundo que lo rodeaba.

Hassel comenzó a observar más que a actuar. Aprendió los nombres de las calles, los peligros de cada esquina y los secretos de los mercaderes que controlaban la comida y la electricidad de la colonia. Con cada observación, su corazón elemental absorbía más que energía: aprendía emociones humanas, sus límites, sus traiciones y sus miedos. Hassel: —Si esto es lo que llaman humanidad… debo conocerla… para cambiarla. Días después, Hassel se encontró con un grupo de jóvenes que robaban suministros de la colonia. Lira (una chica de cabello negro y ojos grises): —¡Aléjate o te lastimamos! Hassel: —No busco problemas. Solo quiero aprender. Lira lo miró confundida, mientras sus compañeros se reían. —¿Aprender? Nadie aprende aquí… solo sobrevives. Hassel respiró hondo. Su corazón elemental brilló con intensidad, y por un momento, los jóvenes sintieron un escalofrío recorrer sus espinas dorsales. Hassel comenzó a practicar cómo moverse sin ser visto, cómo observar sin ser notado. Cada rincón de la colonia le enseñaba una lección sobre los humanos. Una tarde, se sentó en lo alto de un muro derruido y observó el río contaminado que separaba la colonia de los restos de la ciudad antigua. Hassel (para sí mismo): —Ellos llaman esto “hogar”… y aún así, destruyen todo. Su corazón brillaba débilmente, pero cada pulso era un recordatorio de que tenía un propósito mayor. Un día, un comerciante de la colonia llamado Grimak, noto el brillo extraño en Hassel. Grimak: —¿Qué eres tú, niño? Nadie debería brillar así aquí… Hassel: —Solo soy un niño que intenta sobrevivir. Grimak frunció el ceño, pero no insistió. La naturaleza de Hassel era diferente, y aunque el comerciante no lo entendía, sintió respeto y miedo al mismo tiempo.




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