Privilegium

Capitulo 6 - "Las reglas q nadie escribió"

(La mañana siguiente comenzó con un estruendo. Hassel abrió los ojos antes de que el segundo golpe llegara. (El sonido recorrió las paredes del pequeño espacio donde dormía, hizo vibrar una lámina metálica sobre su cabeza y levantó una fina lluvia de polvo que cayó lentamente frente a él.) Durante unos segundos permaneció inmóvil.

Escuchó.

Otro golpe.

Después, voces.

—¡Aparten eso!

—¡Cuidado con la tubería!

—¡No empujes!

Hassel se incorporó. (La temperatura era baja. El aire que entraba por una abertura de la pared traía consigo humedad y un olor desagradable procedente de los conductos de desagüe.) Se puso de pie.

No había dormido demasiado.

(La conversación con Eron del día anterior seguía rondándole la cabeza: las piezas del transformador, el sector inferior y las decisiones tomadas por personas que ni siquiera conocían los rostros de quienes sufrirían las consecuencias.)

Hassel salió al exterior.

(La calle ya estaba llena. Un grupo de trabajadores intentaba mover una estructura metálica caída frente a un edificio. La pieza había cedido durante la noche y bloqueaba parcialmente el paso. Un hombre gritaba instrucciones desde arriba.)

—¡Levanten primero ese extremo!

Cuatro trabajadores obedecieron. La estructura se movió unos centímetros, pero uno de ellos perdió el equilibrio.

—¡Espera!

La pieza volvió a caer.

El hombre retrocedió a tiempo.

(Un niño que observaba desde la acera soltó una carcajada. Su madre lo tomó del brazo.)

—No te acerques.

—Solo estaba mirando.

—Pues mira desde aquí.

Hassel continuó caminando.

(Aquella era una de las cosas que más le llamaban la atención de la colonia. Nada parecía detenerse. Incluso cuando algo se rompía, alguien encontraba una forma de rodearlo. Una pared podía derrumbarse y convertirse en un camino. Una tubería podía romperse y convertirse en una fuente improvisada. Una máquina podía dejar de funcionar y cinco personas podían intentar repararla con piezas distintas.)

(La colonia estaba hecha de cosas que alguna vez habían tenido otra función: puertas convertidas en mesas, vehículos convertidos en viviendas, tuberías convertidas en soportes y placas de metal convertidas en techos.)

Nada se desperdiciaba.

No porque la gente fuera cuidadosa.

Porque no tenía otra opción.

Hassel pasó frente a un pequeño puesto de comida. (Una mujer removía una olla mientras su hija cortaba pequeñas raíces sobre una tabla. El olor hizo que su estómago protestara.)

La mujer lo notó.

—¿Tienes hambre?

Hassel la miró.

—Un poco.

Ella señaló la olla.

—Entonces tienes dinero.

Hassel negó con la cabeza.

—No.

—Entonces tienes hambre.

La mujer volvió a remover la comida.

Hassel continuó caminando.

(La frase le resultó curiosamente honesta. No había insulto. No había crueldad. Solo una regla.)

Comer costaba.

Y quien no podía pagar esperaba.

Más adelante, el sonido de una campana llamó su atención.

Tres golpes.

(Las personas comenzaron a apartarse de una de las calles.)

Hassel se detuvo.

(Dos guardias avanzaban por el centro del camino. No llevaban armas grandes, solo bastones eléctricos y protecciones ligeras. Detrás de ellos caminaba un hombre con un carro cargado de cajas.)

Un comerciante intentó acercarse.

—Señor, esa mercancía...

Uno de los guardias levantó la mano.

—No interfieras.

—Pero esas cajas son mías.

El segundo guardia miró el documento que llevaba el hombre.

—La mercancía queda retenida.

—¿Por qué?

—Inspección.

—Ya fue inspeccionada ayer.

—Hoy es otra inspección.

El comerciante abrió la boca.

Después la cerró.

(Miró alrededor. Nadie intervino.)

Los guardias continuaron.

Hassel observó al comerciante. (Su rostro estaba rojo. Las manos le temblaban. Pero no gritó. No persiguió a los guardias. Solo permaneció allí, viendo cómo se llevaban lo que probablemente representaba semanas de trabajo.)

Hassel siguió caminando.

No tardó en encontrar a Eron.

(Estaba junto a una pared, hablando con dos jóvenes. Al verlo, levantó una mano.)

—Ahí está.

Los otros dos miraron a Hassel.

(Uno de ellos era delgado, con el cabello cortado muy corto. El otro tenía una cicatriz que atravesaba parte de su ceja.)

—¿Él es Hassel? —preguntó el de la cicatriz.

—Sí.

—Pensé que era más alto.

Hassel lo observó.

—Yo pensé que serías menos hablador.

Eron soltó una carcajada.

El joven sonrió.

—Me cae bien.

—Todavía no sabes si eso es bueno —dijo Eron.

El joven señaló una calle.

—Tenemos un problema.

Hassel miró a Eron.

—¿Qué problema?

Eron bajó la voz.

—Los guardias están registrando los puestos.

—¿Por qué?

—Dicen que buscan mercancía robada.

—¿Y la están encontrando?

—Probablemente.

—¿Probablemente?

Eron se encogió de hombros.




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