Privilegium

Capitulo 7 - "Las piezas q faltaban"

(La noche había caído sobre la colonia sin que nadie pudiera llamarla realmente noche. Allí no existía un cielo despejado que anunciara el cambio de las horas. Las lámparas de los sectores inferiores permanecían encendidas mientras hubiera energía suficiente para alimentarlas, y cuando alguna fallaba, simplemente quedaba un pedazo más de la colonia sumido en sombras.)

Eron estaba furioso.

No era la clase de enojo que podía desaparecer después de un golpe contra una pared o una discusión mal terminada. Llevaba horas acumulándose en su pecho desde que había confirmado que las piezas destinadas al transformador del sector inferior habían sido desviadas nuevamente.

Se encontraba en una habitación abandonada detrás de un antiguo taller de mantenimiento. El lugar apenas conservaba cuatro paredes y un techo metálico cubierto de óxido. Una lámpara conectada a una batería improvisada iluminaba una mesa vieja sobre la que descansaban mapas, herramientas y algunas piezas de metal.

A su alrededor había varias personas.

Dos trabajadores del sector inferior, una mujer encargada de distribuir alimentos en aquella zona, un hombre de avanzada edad que conocía las antiguas redes de tuberías y conductos de la colonia y tres jóvenes que habían ayudado otras veces a transportar mercancías sin llamar demasiado la atención.

Ninguno hablaba.

Eron golpeó la mesa con la palma.

—Nos están quitando las piezas delante de nuestras caras.

El hombre mayor levantó lentamente la mirada.

—Ya lo sabemos.

—Entonces hagamos algo.

Nadie respondió.

Eron recorrió los rostros de la habitación.

—¿Qué? ¿Ahora todos perdieron la voz?

La mujer bajó la mirada.

—No es tan sencillo.

—Claro que no es sencillo. Nunca lo es. Por eso seguimos aquí.

Uno de los trabajadores respiró profundamente antes de hablar.

—¿Y qué propones?

Eron señaló el mapa.

—Entramos al depósito del sector de distribución, recuperamos las piezas y las traemos de vuelta.

Un silencio más pesado que el anterior llenó la habitación.

El joven de la cicatriz sobre la ceja, que había acompañado a Eron el día anterior, negó lentamente con la cabeza.

—Ese depósito está vigilado.

—Lo sé.

—Y no solo por guardias.

Eron lo miró.

—También lo sé.

—Entonces sabes que no estamos hablando de entrar, agarrar unas cajas y salir caminando.

Eron apretó los dientes.

—Dos personas casi terminan quemadas porque decidieron mandar esas piezas a otro lugar. ¿Cuánto tiempo quieres que esperemos?

El otro trabajador intervino.

—Hasta que podamos conseguir otras.

Eron soltó una risa seca.

—¿Conseguir otras? ¿Con qué? ¿Con nuestras manos? ¿Con los restos que dejan después de reparar los sectores superiores?

Nadie contestó.

Eron comprendió entonces cuál era el verdadero problema.

No era la falta de piezas.

Era el miedo.

Todos sabían lo que estaba ocurriendo. Todos habían visto las diferencias entre los sectores. Todos habían escuchado historias sobre mercancías que desaparecían, inspecciones que aparecían sin aviso, trabajadores que eran obligados a entregar cosas que necesitaban y decisiones tomadas por personas que jamás habían pisado aquellas calles.

Pero una cosa era hablar de ello.

Otra muy distinta era enfrentarse a quienes tenían el poder para hacerlo.

—Necesitamos recuperar esas piezas —dijo Eron—. Si no hacemos nada, mañana será el transformador. Después será el agua. Después la comida. ¿Cuándo van a decidir que ya es suficiente?

La mujer levantó la mirada.

—No somos nosotros quienes decidimos eso.

Eron se quedó inmóvil.

Aquella frase le dolió más que cualquier golpe.

—Ese es precisamente el problema.

Uno de los jóvenes se puso de pie.

—Yo no voy.

Otro lo imitó.

—Yo tampoco.

El trabajador que había preguntado antes por la propuesta de Eron miró hacia la puerta.

—Tengo familia.

La mujer apretó las manos sobre sus piernas.

—Y yo tengo hijos.

Uno tras otro comenzaron a aparecer motivos.

Familias.

Deudas.

Trabajo.

Permisos.

Raciones.

Miedo a perder lo poco que tenían.

Miedo a que los reconocieran.

Miedo a que alguien hablara.

Miedo a que, después de recuperar las piezas, llegaran las consecuencias.

Eron los escuchó a todos.

Al final, apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces estamos exactamente donde ellos quieren que estemos.

Nadie respondió.

La reunión terminó sin una decisión.

No porque Eron hubiera perdido la discusión.

Sino porque nadie había tenido el valor de tomar una decisión.

(En otro punto de la colonia, muy lejos de aquella habitación, Hassel permanecía sentado sobre una estructura metálica elevada, observando las luces dispersas de los sectores inferiores. Desde allí podía distinguir algunas de las instalaciones principales, los conductos de energía y las enormes estructuras que conectaban unas zonas con otras.)

Había pensado en el transformador durante todo el día.

En las piezas.

En los trabajadores heridos.

En las cajas que habían sido desviadas.

Y, sobre todo, en aquella frase que había escuchado tantas veces durante los últimos días de distintas formas: algunas cosas simplemente eran así.




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