Privilegium

Capitulo 8 - "El poder de las piezas"

«Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo, y no tendrás que temer el resultado de cien batallas».

(Aquella frase había sido escrita siglos atrás por un general de una nación que ya no existía como alguna vez existió. Sun Tzu había comprendido algo que sobrevivía incluso después de que las ciudades desaparecieran, los gobiernos cayeran y las máquinas dejaran de funcionar: el poder no siempre pertenecía al que tenía más fuerza. A veces pertenecía a quien sabía más. A quien observaba primero. A quien comprendía las reglas antes de que los demás siquiera supieran que estaban jugando.)

Los pasillos de la zona alta de la colonia no se parecían en nada a los callejones del sector inferior.

Allí no había charcos de agua estancada acumulándose junto a las paredes, cables colgando a poca altura ni placas de metal utilizadas como reparaciones improvisadas. Los corredores estaban construidos con materiales que todavía conservaban parte de su diseño original. Las paredes metálicas habían sido pulidas y mantenidas, las lámparas permanecían encendidas con una intensidad constante y las tuberías recorrían el techo perfectamente alineadas, protegidas por cubiertas que impedían que alguien pudiera manipularlas sin autorización.

Incluso el aire parecía diferente.

Los filtros funcionaban mejor en aquella zona y el olor permanente a aceite quemado, humedad y residuos apenas alcanzaba los corredores principales.

Un supervisor caminaba acompañado por uno de los guardias que habían participado en la persecución de la noche anterior.

El guardia llevaba todavía parte de la protección dañada durante el enfrentamiento. Una marca oscura recorría uno de sus guantes y tenía una pequeña herida sobre la ceja.

El supervisor no había pronunciado una sola palabra desde que comenzaron a caminar.

Al llegar a una puerta automática, colocó la mano sobre un lector y esperó.

La puerta se abrió.

Entraron en una oficina amplia.

Desde las ventanas reforzadas podía verse una parte considerable de la colonia. El contraste era evidente incluso desde aquella altura. Las luces del sector superior permanecían estables, mientras que más abajo algunos edificios apenas estaban iluminados.

El supervisor se sentó.

—Informe.

El guardia permaneció de pie.

Comenzó desde el momento en que detectaron la intrusión.

Explicó cómo habían encontrado accesos alterados, cómo los intrusos habían evitado las rutas principales, cómo habían utilizado las estructuras de mantenimiento para desplazarse y cómo habían provocado daños durante la huida.

Después habló del depósito.

Las cajas.

Las piezas.

El enfrentamiento.

La persecución.

Y finalmente, el robo.

El supervisor escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, tomó uno de los documentos que tenía sobre la mesa.

Revisó los códigos.

Después volvió a mirar al guardia.

—¿Cuántas piezas fueron sustraídas?

El guardia respondió.

El supervisor dejó el documento sobre la mesa.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Después se levantó.

—Esto nunca había sucedido.

El guardia mantuvo la postura.

—No, señor.

El supervisor caminó hacia la ventana.

—Y no debería volver a pasar.

No hubo amenaza en su voz.

No la necesitaba.

El guardia conocía perfectamente lo que significaba aquella frase.

La reunión terminó.

Cuando salió al pasillo, caminó algunos metros antes de detenerse.

Había algo que no había mencionado.

Algo que no podía explicar.

La mirada del muchacho.

La había visto apenas unos segundos durante el enfrentamiento, pero cada vez que cerraba los ojos volvía a encontrarla.

No era una mirada furiosa.

Tampoco era la de alguien desesperado por sobrevivir.

Era peor.

Parecía que aquellos ojos estaban intentando comprenderlo.

Como si detrás de ellos hubiera algo que no pertenecía allí.

El guardia sintió un escalofrío.

Era una sensación desagradable, profunda, difícil de definir.

Como caminar solo por un bosque cuando la niebla ha cubierto los árboles y todo permanece demasiado silencioso; como sentir que algo te observa desde detrás de los troncos, algo que no puedes ver pero cuya presencia percibes en cada respiración, esperando pacientemente a que te acerques lo suficiente para lanzarse sobre ti y devorarte.

Sacudió la cabeza.

Intentó apartar aquella imagen.

No lo consiguió.

Por primera vez en mucho tiempo, aquel hombre deseó no volver a encontrarse con alguien.

No por miedo a una pelea.

Sino porque no sabía qué había visto en los ojos de Hassel.

(La mañana llegó grisácea sobre la colonia.)

El transformador del sector inferior volvía a funcionar.

No lo hacía con elegancia.

Emitía un zumbido irregular, acompañado por pequeñas vibraciones que recorrían las estructuras metálicas cercanas. Algunos cables habían sido reemplazados por otros de diferentes calibres y una de las cubiertas externas mostraba señales recientes de reparación.

Pero funcionaba.

Las luces comenzaron a encenderse una después de otra.

Los talleres recuperaron parte de su actividad.

Las pequeñas viviendas volvieron a recibir electricidad.

Algunos calentadores improvisados comenzaron a funcionar.

Y las personas salieron de sus casas para observar el transformador como si contemplaran algo mucho más grande que una máquina.

Las piezas habían regresado.

Las dos personas heridas permanecían sentadas cerca de la instalación mientras otros trabajadores limpiaban cuidadosamente las quemaduras de sus brazos y cambiaban los vendajes.

No había celebración.

No hubo discursos.

Nadie gritó.

Simplemente hubo suspiros.




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