«A VECES, EL VERDADERO PODER NO RADICA EN EL CONTROL, SINO EN LA CAPACIDAD DE ESCUCHAR Y ADAPTARSE AL CAMBIO»
Morrigan había despertado del coma, pero su regreso al mundo fue regreso completo. Durante los días siguientes, mientras su cuerpo se adaptaba a la nueva realidad de tener veinticinco años evolucionados a los largo de los meses en el hospital, una madurez que encajaba perfectamente con su conocimiento, además, empezó a sentir una conexión con Crowley que iba más allá de la distancia física. Desde las sombras, ella se convirtió en una figura difusa en su mente, una presencia sutil que lo acompañaba, recordándole su promesa de cambiar y reconsiderar su camino.
Por otro lado, Crowley estaba inmerso en sus planes con la misma precisión de siempre. La ambición lo dominaba, pero había algo en la forma en que Morrigan había despertado, algo en su esencia, que lo mantenía intranquilo. Cada vez que trazaba un movimiento en el mundo mortal: un pacto sellado en sangre, una mente corrompida en una sala de juntas, sentía una brisa ligera cerca de él, como si alguien respirara justo detrás. No era paranoia. Era ella, convertida en algo que ni siquiera el Pergamino de los Ecos había descrito con exactitud.
Morrigan no actuaba con fuerza bruta. Intervenía con sutileza: un alma que Crowley pretendía reclamar se deslizaba hacia la paz en el último segundo; un contrato que parecía perfecto se deshacía por un detalle insignificante que nadie más veía; una sombra que él enviaba a espiar regresaba vacía, como si alguien la hubiera interceptado y borrado su memoria. Cada interferencia era un recordatorio silencioso: “Recuerda lo que dijiste en el callejón. Recuerda que reconsiderarías”.
Una noche, mientras Crowley revisaba mapas infernales en su palacio de obsidiana, sintió un tirón profundo en el pecho, no dolor, sino urgencia. Algo lo llamó hacia el mundo mortal. No resistió. Se transportó directamente a una playa desierta en Ohio. La brisa marina y el sonido de las olas rompía la monotonía de su reino. Crowley se dejó llevar por esa sensación, percibiendo que Morrigan lo estaba guiando hacia ella. Con pasos silenciosos, avanzó hasta la orilla.
Morrigan esperaba de pie en la orilla, descalza, con el cabello rojizo agitado por la brisa. Su ropa oscura y práctica se adhería ligeramente a la piel por la humedad del aire, pero no parecía importarle. Su postura era relajada, casi casual, pero el aire a su alrededor vibraba con una quietud que no pertenecía a este mundo. Cuando él se acercó, ella no se giró de inmediato. Solo habló.
— ¿Qué andas maquinando ahora, Crowley? — preguntó sin alzar la voz, pero cada palabra llegó clara.
Crowley avanzó unos pasos, su oscuridad se mezclaba con la niebla marina. Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en sus labios.
—¿Qué maquinaciones albergo? —repitió, con ese tono que siempre mezclaba burla y amenaza—. Mis planes son tan antiguos como el primer grito de un alma condenada, querida Morrigan. Pero parece que últimamente alguien se divierte desarmándolos pieza a pieza.
Se detuvo a una distancia prudente. Sus ojos rojos la estudiaron con atención renovada: la misma energía familiar, pero ahora más vasta, más fría, más definitiva. El amuleto ya no estaba. La marca plateada en su cuello era lo único que quedaba, un recordatorio mudo de que algo había terminado y algo mucho más grande había comenzado.
—Tu mera existencia siempre parece entrometerse en mis propósitos más nobles —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. Aunque supongo que esa es la gracia de nuestra pequeña danza.
Morrigan por fin se giró hacia él. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad que no tenía cuando era solo una ladrona callejera. Ahora había algo antiguo en ellos, algo que había visto demasiados finales.
—No podrás deshacerte de mí tan fácilmente, Crowley —respondió, dando un paso hacia él—. Me sorprende que aún no hayas descubierto quién soy ahora. O tal vez sí lo sabes y por eso sigues dudando.
Hizo una pausa. El sonido de las olas llenó el silencio entre ellos.
—Dime una cosa —continuó, bajando la voz hasta que pareció un secreto compartido—. ¿Cuál es tu verdadero anhelo? No el que le cuentas a tus lacayos, ni el que escribes en pergaminos antiguos. El que llevas enterrado donde ni tú mismo quieres mirar.
Crowley la contempló en silencio por un instante largo. La pregunta lo había alcanzado más de lo que esperaba. Sus ojos rojos se entrecerraron, no con ira, sino con genuina curiosidad mezclada con cautela.
—¿Quién eres ahora, Morrigan? —preguntó al fin, con un matiz de admiración que no pudo ocultar del todo—. Pareces haber cruzado un umbral que yo mismo no había previsto. Y sin embargo sigues aquí, hablando conmigo en lugar de simplemente cortarme el hilo.
Ella sonrió, una sonrisa pequeña, irónica, casi triste.
—Porque la Muerte no siempre llega con violencia —dijo—. A veces llega con una pregunta. Y a veces espera la respuesta.
Un viento más fuerte levantó arena entre ellos. Crowley sintió, por primera vez en siglos, que el control se le escapaba de las manos. No porque ella fuera más fuerte, sino porque empezaba a sospechar que tal vez no quería ganar esa partida. No del todo.
—¿Y si te digo que mi verdadero anhelo es el caos absoluto? —preguntó, probándola.
—Entonces te diría que mientes —respondió ella sin vacilar—. Porque si eso fuera cierto, ya habrías roto el equilibrio hace mucho. Pero no lo has hecho. Sigues esperando. ¿A qué, Crowley? ¿O a quién?
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Editado: 06.02.2026