«A VECES, EL VERDADERO DESAFÍO NO ES VENCER A LOS ENEMIGOS, SINO ENCONTRAR LA FUERZA PARA CAMBIAR UNO MISMO»
Desde que Crowley desapareció entre las sombras de la playa, las semanas se volvieron lentas y pesadas, como si el tiempo mismo se resistiera a avanzar. Los días se reducían a una rutina: reuniones en salas ocultas, pactos a través de lenguas muertas, almas reclamadas con un solo chasquido de sus dedos, pero nada lograba acallar la inquietud que se había instalado en su pecho. Las noches eran peores. Los sueños lo atrapaban en un carrusel de imágenes que no podía controlar: fragmentos de la profecía que había leído en el Pergamino de los Ecos, pero ahora con detalles nuevos, líneas que antes estaban borradas y que aparecían como si alguien las hubiera reescrito mientras él dormía. Siempre terminaban igual: una figura con capucha roja de pie en un claro, de espaldas, y un nombre que no lograba oír del todo.
Su ambición no había muerto, eso nunca pasaría, pero ahora venía acompañada de una nueva idea más peligrosa: la Muerte misma había cambiado de manos, tal vez valía la pena intentarlo. Aliarse con ella. O al menos entenderla. O, en el peor de los casos, controlarla antes de que ella lo controlara a él.
Había rumores que se extendían por el mundo sobrenatural, fecían que había ascendido hacía poco, que no era como las anteriores. Que era joven. Que no mataba por rutina, sino porque elegía. Que su guadaña no cortaba almas al azar. Y que, por alguna razón que nadie entendía, aún no había reclamado ciertas vidas que le correspondían por derecho. Llevaba una capa escarlata que caía recta y pesada sobre los hombros. El cabello que asomaba bajo la capucha era negro, largo y liso, como si la transición hubiera quemado el color antiguo. La piel pálida, casi translúcida. Nadie había visto su rostro completo, pero quienes lo intentaron decían que el aire se volvía más frío y más quieto a su alrededor, como si el tiempo se detuviera a esperar su permiso para seguir.
Crowley sonrió para sí mismo la primera vez que oyó la descripción. Le gustaba el misterio. Le gustaba el desafío. Decidió que la necesitaba. No como aliada forzada, sino como pieza maestra. Si lograba inclinarla hacia su caos, el equilibrio se rompería de una vez. Y si no… bueno, siempre podía intentar lo otro.
No fue fácil. La Muerte no se deja encontrar; se deja tropezar. Pero Crowley tenía paciencia cuando la necesitaba. Siguió pistas: un alma que desapareció antes de tiempo en Berlín, un cementerio en Praga donde las lápidas cambiaron de lugar solas, un bar en Nueva Orleans donde el camarero juró haber visto una capa roja deslizarse por la puerta trasera sin que nadie la abriera. Cada rastro lo llevó más lejos, más profundo, hasta que una noche llegó a un claro en un bosque olvidado de Boston.
El lugar parecía sacado de un sueño malo. Los árboles se alzaban como antiguos guardianes, sus ramas retorcidas extendiéndose hacia el cielo oscuro como si quisieran capturar las estrellas. La niebla era densa, rodando sobre el suelo en remolinos que reflejaban la luz de la luna. El silencio era tan denso que Crowley casi podía oír su propia respiración resonar dentro del cráneo.
Y entonces la sintió.
No la vio llegar. Simplemente estuvo allí.
La figura estaba de espaldas, inmóvil. Una capa roja sangre caía hasta el suelo, la capucha echada tan adelante que no dejaba ver nada del rostro. Solo un mechón oscuro escapaba por el borde, y algo en la forma en que la niebla se apartaba a su paso hizo que Crowley sintiera un cosquilleo en la nuca que no experimentaba desde hacía siglos.
Se acercó despacio, sin intentar ocultar su presencia. No tenía sentido. Ella ya lo sabía.
—Así que tú eres la nueva —dijo, deteniéndose a unos pasos—. Los rumores no te hacen justicia. Pareces más real de lo que esperaba.
—Príncipe de las Tinieblas —respondió una voz femenina, baja, calmada, con un matiz que él no pudo ubicar—. Te esperaba antes.
Crowley arqueó una ceja. Esa seguridad lo irritó y lo intrigó a partes iguales.
—¿Me esperabas? Qué honor. Aunque supongo que la Muerte siempre sabe cuándo va a llegar alguien… incluso si ese alguien soy yo.
Crowley esbozó una sonrisa, un gesto meticulosamente diseñado para cautivar y persuadir.
—He venido a proponerte algo —continuó él, dando un paso más—. El mundo está estancado. Los humanos se multiplican como plagas, los demonios se aburren, y el equilibrio del que tanto presumen los antiguos se pudre. Tú y yo podríamos romperlo. Juntos. Imagina lo que sería un caos real, uno que no se limite a tus… cosechas programadas.
La figura inclinó la cabeza, como evaluándolo.
—¿Y qué gano yo con eso, Crowley? ¿Más trabajo? ¿Almas gritando eternamente en lugar de pasar a lo que viene después? No soy una de tus marionetas infernales.
Él sonrió, esa sonrisa que había convencido a reyes y destruido imperios.
—No, no lo eres. Por eso te quiero a ti. Porque no te conformas con segar. Porque eliges. Y yo puedo darte algo que ningún predecesor tuyo tuvo nunca: libertad para elegir a gran escala.
Otro silencio. Luego, un sonido bajo, casi una risa contenida bajo la capucha.
—Libertad —repitió ella, y algo en su tono hizo que el anillo de Crowley vibrara levemente—. Qué palabra tan bonita en tu boca.
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Editado: 06.02.2026