Profecía De Dos Mundos

CAPÍTULO 6

«EL PODER NO ES SOLO CONTROLAR EL MUNDO, SINO ENTENDER QUE A VECES EL VERDADERO PODER ESTÁ EN DEJAR IR»

El sol comenzaba a descender en el horizonte, pintando el cielo con tonos dorados y anaranjados. Crowley se encontraba solo en la cima de un acantilado con las manos en sus bolsilllos de su traje negro, contemplando el vasto océano que se extendía ante él. La brisa salada le revolvía el cabello, pero él no se movía. Solo miraba el agua, como si en esas olas pudiera encontrar una respuesta que no quería admitir en voz alta.

La visión del claro del bosque seguía clavada en su mente. No el bosque en sí, sino lo que había visto después: su propio rostro demacrado, el trono partido, las cenizas que llevaban su nombre. Y ella, la Muerte; diciéndole con esa calma insoportable que todo eso no era un castigo, sino una consecuencia. Una que él mismo estaba escribiendo.

«Tal vez podrías ayudarme a encontrar un camino que no solo sea más equilibrado, sino que también tome en cuenta a quienes realmente importan», había dicho en la playa, casi sin pensarlo. Las palabras aún le quemaban en la garganta. Él, el Príncipe de las Tinieblas, hablando de “quienes importan”. Ridículo. Y sin embargo, no podía quitárselas de encima.

Se acercó a una roca plana y se sentó, apoyando las manos a ambos lados de su cuerpo. Las olas chocaban con fuerza haciendo que cayeran algunas gotas sobre su ropa.

—Obtener poder no siempre implica destrucción —murmuró, repitiendo las palabras de Morrigan como si fueran un conjuro que aún no dominaba—. A veces solo requiere un poco de manipulación. Como yo digo.

Crowley sonrió, una expresión astuta que revelaba su mente maquinando nuevos planes. «En este mundo, puedes ser lo que quieras, Crowley», se dijo, imitando el tono de Morrigan. «Nadie conoce realmente al diablo. Puedes hacerte poderoso como la mayoría de los humanos, a través de grandes empresas».

Una sonrisa torcida le cruzó los labios, la idea le daba vueltas: ¿y si en lugar de romperlo todo, lo reconstruía? ¿Si usaba su influencia no para sembrar caos, sino para moldear algo que durara? Grandes empresas, redes de poder humano, pactos que no terminaran en almas gritando eternamente, sino en lealtades que se sostuvieran solas. Era tentador. Peligrosamente tentador.

De repente, el aire se espesó por una nueva presencia en el lugar y una voz familiar rompió el silencio.

—Parece que estás en un dilema de verdad esta vez, Crowley.

La voz llegó suave, desde atrás. No se giró de inmediato. No necesitaba hacerlo para saber quién era.

Morrigan se materializó a su lado sin ruido, como si siempre hubiera estado allí. Llevaba la misma ropa oscura y práctica de siempre, el cabello rojizo suelto por el viento, los ojos verdes fijos en el horizonte. Solo ella, la misma que había sido una niña ladrona y ahora era algo mucho más antiguo.

Crowley soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Siempre apareces cuando menos lo espero —dijo, con un matiz de ironía que ya no sonaba tan afilado—. O cuando más lo necesito. Empiezo a sospechar que lo haces a propósito.

Ella se sentó a su lado, a una distancia prudente pero cercana. Miró el mar como si pudiera leer en él lo mismo que él intentaba descifrar.

—No es a propósito —respondió—. Es que hay cosas que no se pueden ignorar. Y tú estás empezando a darte cuenta de algunas.

Crowley giró la cabeza hacia ella. Por primera vez, no había burla en su mirada. Solo una curiosidad cruda, casi vulnerable.

—¿Sabes lo que vi anoche? —preguntó en voz baja—. No en sueños. En un claro del bosque. Alguien me lo mostró. Mi final. No como una amenaza. Como un espejo. Y era vacío. Todo vacío.

Morrigan no se inmutó, pero sus dedos se cerraron ligeramente sobre la roca.

—¿Y qué sentiste al verlo?

Él tardó en responder. El viento le revolvió el cabello otra vez.

—Miedo —admitió al fin—. No al vacío en sí. Al hecho de que yo mismo lo estaba construyendo, paso a paso. Cada pacto, cada manipulación, cada alma que retorcí porque era más fácil que… no hacerlo.

Ella guardó silencio un momento. Luego habló sin mirarlo.

—El poder no es solo controlar el mundo, Crowley. A veces el verdadero poder está en dejar ir lo que ya no te sirve. El miedo que te empuja a destruir antes de que te destruyan. La necesidad de que todos te teman para sentirte seguro. Si sigues aferrándote a eso el espejo que viste se hará realidad. Pero si lo sueltas…

No terminó la frase, no necesitaba hacerlo para que entendiera.

Crowley miró sus manos. El anillo demoníaco brillaba débilmente, como si dudara también.

—¿Y si no sé cómo soltar? —preguntó, y su voz salió más ronca de lo que pretendía—. Llevo siglos siendo esto. ¿Qué queda si dejo de serlo?

Morrigan por fin lo miró. Sus ojos verdes eran profundos, pero no juzgaban.

—Queda lo que siempre ha estado ahí. El que decidió no matar a una niña en un callejón. El que no me dejó pudrirme en una cama de hospital. El que sigue hablando conmigo en vez de intentar destruirme. Ese Crowley no desaparece. Solo estaba enterrado.




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