Hace milenios, cuando las estrellas aún susurraban secretos y los dioses aún pisaban la tierra, el universo reveló su verdad más peligrosa: no existe el blanco ni el negro absolutos. Luz y oscuridad, orden y caos, vida y muerte… solo son caras de una misma moneda antigua, girando en un equilibrio tan frágil que un solo soplo puede romperlo.
En los confines donde las leyes del cosmos se deshacen, donde las sombras besan la luz y los destinos se retuercen, alguien grabó una advertencia con fuego negro sobre el Pergamino de los Ecos: un artefacto que los más valientes juraban no mirar jamás.
«En el umbral de la dualidad nacerá el Híbrido, forjado en el crisol del abismo y la esperanza. Caminará sobre el filo del destino, y su alma será el campo de batalla definitivo. Bajo la mirada del Príncipe de las Tinieblas —maestro de engaños y nieblas—, los cielos sangrarán en eclipses, los océanos escupirán secretos sepultados, y los mortales, ciegos a su propia ruina, temblarán ante lo que llamaron mito. ¿Será redención… o aniquilación?»
Los siglos la enterraron. La olvidaron bajo capas de polvo, de risas incrédulas, de noches en que las abuelas la contaban junto al fuego como si fuera un cuento para calmar niños inquietos. Palabras que alguna vez quemaron ahora eran solo ceniza en la memoria colectiva.
En la eternidad del inframundo, donde el tiempo se arrastra con lentitud, el Príncipe de las Tinieblas, cuyo verdadero nombre nadie osa pronunciar en voz alta, alzó la cabeza. Desde su trono de obsidiana pulida por eones de oscuridad, contempló cómo el velo de la realidad se agrietaba. Fisuras finas al principio, como venas negras en cristal. Luego más anchas, más hambrientas, sangrando sombra hacia ambos lados del mundo
La moneda, por fin, ha comenzado a caer. Y esta vez, nadie sabe en qué cara caerá.
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Editado: 06.02.2026