«ALGUNAS BATALLAS NO SE PIERDEN… SE COBRAN SU PRECIO EN SILENCIO»
El impacto contra el suelo fue brutal.
El portal de Kael los arrojó como marionetas rotas en medio de una explanada desolada, azotada por un viento helado que parecía susurrar secretos olvidados. El mundo volvió a tomar forma de golpe: aire espeso, olor a tierra mojada y un silencio tan denso que hasta el aliento parecía una ofensa.
Era un lugar fuera de los mapas. Un páramo suspendido entre realidades, donde el tiempo se había detenido… o tal vez nunca había existido.
Crowley aterrizó de pie. Siempre lo hacía. Aunque esta vez, sus ojos ahora encendidos en un rojo oscuro recorrían cada sombra, cada grieta del nuevo lugar. Su espada curva yacía a pocos pasos, como si el suelo mismo supiera quién era y cuánto peligro representaba. Y él, por supuesto, sabía exactamente lo que eso significaba.
Ante ellos se extendía una galería natural de roca, atravesada por raíces retorcidas que colgaban como serpientes dormidas. Al fondo, una luz mortecina, filtrada por un líquido espeso y movedizo, iluminaba un espacio más amplio. Allí, el suelo parecía retorcerse, como si algo inmenso hubiera intentado brotar de las profundidades… y luego hubiera sido sellado a la fuerza.
No había señales de Kael.
Ni de nadie.
—Perfecto… —murmuró Crowley, con esa ironía cortante que usaba para disfrazar la tensión—. Un sitio nuevo, sin mapa, sin guía y, por el olor que trae el viento, sin salida.
Morrigan no contestó. Sus ojos verdes exploraban la penumbra como si esperara que en cualquier momento algo irrumpiera de la oscuridad. No era cautela, era reconocimiento. Y eso, más que cualquier monstruo, encendió una alarma en la mente de Crowley.
—Sabes dónde estamos —afirmó él, No era una pregunta.
Ella tardó un instante en contestar. Cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro.
—Es un santuario antiguo. Uno que jamás debió abrirse.
Se puso en pie lentamente, los ojos fijos en el horizonte. Crowley siguió su mirada… y justo antes de poder replicar, un temblor leve recorrió el suelo. Luego vino un sonido húmedo, profundo, como si carne y metal se movieran al unísono en las entrañas de la tierra. Algo se arrastraba en la oscuridad del pasillo lateral.
—Parece que alguien nos esperaba —dijo Crowley, chasqueando los dedos. Una llamarada negra brotó de su palma, iluminando apenas unos metros a su alrededor.
Lo que emergió de las sombras no tenía una forma definida al principio: un conjunto de extremidades alargadas, placas óseas y una piel cubierta de símbolos incandescentes. La criatura se doblaba y desplegaba como si no tuviera huesos, y de su boca, un hueco vertical, escapaba un aliento tan helado que quemaba los pulmones.
Morrigan retrocedió un paso. Su mano descansó sobre la empuñadura de su espada.
—Es un Heraldo del Filo —dijo ella, sin apartar la vista—. No debería existir fuera de las Mareas. Alguien lo ha liberado.
El Heraldo soltó un alarido, y el aire se partió como cristal. De la grieta surgieron tres siluetas más pequeñas, pero no menos aterradoras: cazadores de sombra, esbeltos y veloces, con garras que parecían condensar la noche misma.
Crowley dibujó un círculo de fuego negro a su alrededor.
—Bien. Un recibimiento a la altura.
El primer cazador se lanzó contra él. Crowley lo atravesó con una lanza de llamas infernales sin siquiera parpadear. El segundo intentó flanquearlo, pero Morrigan se interpuso con un movimiento tan limpio que la cabeza del ser cayó al suelo antes de que el cuello notara que ya no tenía dueño. El tercero retrocedió… y luego se fundió con la sombra proyectada por el Heraldo.
—No dejes que te toque —advirtió Morrigan, la voz tensa—. No es solo carne lo que arranca. Es recuerdo. Es nombre.
Crowley iba a responder cuando el Heraldo avanzó. Cada paso que daba resquebrajaba la roca, dejando tras de sí marcas negras. Sus filamentos se estiraron como látigos, y uno de ellos golpeó el círculo de fuego, apagándolo al instante. Lanzó una descarga de fuego infernal tan intensa que habría reducido a cenizas a un archidemonio. El impacto arrancó parte del torso de la criatura, pero las placas se regeneraron en cuestión de segundos, como carne que hierve y vuelve a sellarse.
Crowley frunció el ceño.
—Eso… no me gusta —murmuró Crowley.
El Heraldo giró su rostro deformado hacia él.
—Príncipe… —susurró con una voz que no era una sola, sino un coro de susurros y rugidos—. La llave no es tuya.
Una presión fría y asfixiante se enroscó alrededor de la garganta de Crowley. No había manos. No había cuerdas. Solo un vacío que le robaba el aire. Morrigan reaccionó al instante: su espada cortó un filamento invisible que nadie más podía ver. La opresión desapareció
—¡No lo escuches! —gritó—. Se alimenta de tus pensamientos.
El Heraldo lanzó otro alarido, y esta vez el cielo respondió. Las grietas se ensancharon, y de ellas comenzó a caer un polvo negro que, al tocar el suelo, se convertía en manos huesudas. Decenas. Cientos.
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Editado: 05.01.2026