«LAS SOMBRAS NO SIEMPRE SE DISIPAN, A VECES, SOLO CAMBIAN DE FORMA»
El corredor de piedra se abría como una vena en la tierra, pulsando con un ritmo que Crowley sentía hasta en los huesos. El aire era denso, con un olor metálico a sangre seca y hierro viejo. Cada paso resonaba con un eco extraño, como si el lugar estuviera atento al momento exacto para responder.
Morrigan caminaba delante, su figura recortada contra la penumbra. Crowley notaba la tensión en sus hombros, esa rigidez que no venía solo del combate reciente, sino de algo más hondo que acababa de salir a la luz.
—No me mires así —dijo ella sin girarse, la voz baja y cortante.
Crowley alzó una ceja, aunque sabía que no podía verlo.
—¿Así cómo? ¿Como si acabara de ver a la Muerte en persona? Oh, espera... eso es exactamente lo que pasó.
Ella no respondió. Siguió adelante, rozando la pared con los dedos, como si buscara algo que solo ella podía sentir. Crowley la siguió, sus ojos rojos mirando las sombras que se movían en los bordes de su visión. No eran ilusiones: ese páramo entre realidades estaba vivo, o al menos lo que de él quedaba. Las grietas en el cielo que habían visto antes se filtraban, iluminando runas talladas en la roca que parecían moverse cuando no las mirabas de frente.
De pronto, Morrigan se detuvo en seco.
—¿Qué pasa? —preguntó Crowley, invocando una llama negra en la palma para alumbrar el camino.
—Alguien nos observa —murmuró ella—. No es un Heraldo. Es... humano. O lo fue.
Crowley frunció el ceño, extendiendo sus sentidos demoníacos. Sintió una presencia, casi imperceptible, pero constante. No era hostil de inmediato, sino calculadora. El príncipe de las tinieblas sonrió para sí; le gustaba esa clase de juegos.
Sombras vivas brotaron de sus pies y se deslizaron por el corredor como tentáculos exploradores. Pero antes de que avanzaran más, un zumbido bajo llenó el aire. De las paredes surgieron filamentos de oscuridad, no como los del Heraldo, sino más fino y precisos, que se enroscaron alrededor de las piernas de Morrigan, tirando de ella hacia el suelo con fuerza.
Crowley cortó los filamentos con una daga de fuego infernal, pero estos se regeneraron al instante, multiplicándose. Morrigan se liberó con un corte de su espada, pero su rostro palideció ligeramente. Aquellos hilos no solo atrapaban el cuerpo; robaban algo más profundo, un fragmento de vitalidad que no se recuperaba fácilmente.
—Esto no es aleatorio —gruñó ella, poniéndose de pie—. Alguien nos está guiando. Empujándonos hacia algo.
Crowley asintió. El Heraldo había mencionado una "llave". Y ahora esto. No era coincidencia. Alguien jugaba un juego más grande, y ellos eran peones o al menos eso creía.
El corredor se estrechó hasta convertirse en un túnel angosto. El zumbido creció, y pronto vieron su origen: una cámara al final, bañada en una luz púrpura. En el centro, un pedestal de obsidiana sostenía un objeto envuelto en tela negra, emitiendo un aura que hacía el aire pesado.
Morrigan se acercó con cautela, sus ojos verdes fijos en el bulto.
—Es la llave —susurró—. La que el Heraldo mencionó. Pero no es para nosotros.
—Razón de más para tomarla.
Crowley extendió la mano, pero antes de tocarla, una sombra se materializó detrás de Morrigan. No era una entidad amorfa; tenía forma humana, envuelta en una capa de oscuridad que absorbía la luz. El rostro estaba oculto bajo una capucha, pero Crowley sintió un escalofrío de reconocimiento. Esa presencia, la había sentido antes, en los rincones más oscuros de su pasado.
—¡Morrigan, atrás! —gritó.
Ella se giró, pero fue tarde. La sombra extendió una mano, y un rayo de energía negra, afilado como una hoja, atravesó el aire. Golpeó a Morrigan en el costado, no con fuerza bruta, sino con precisión. La herida no sangró; en cambio, una oscuridad se extendió desde el impacto, trepando por su piel como veneno corrompiendo las venas.
Morrigan cayó de rodillas, sin aliento. Su espada se le escapó de las manos, y por un momento, sus ojos verdes parpadearon, oscureciéndose como en la transformación anterior. Pero esta vez, pero el poder no surgió. El ataque había sido diseñado para bloquearlo.
La sombra habló con una voz distorsionada, masculina y fragmentada.
—Príncipe Crowley... has olvidado tu lugar. Ella te ha debilitado. Recuerda quién eras. Recuerda lo que te ofrecí... y lo que aceptaste.
Crowley sintió un tirón en su mente, un recuerdo enterrado que surgía como un cadáver del fondo de un lago. Azrael no mentía. Tiempo atrás lo había convencido: con promesas de dominio eterno, de un mundo mortal bajo su poder, Crowley había dicho sí. Habían planeado juntos, derramado sangre juntos, hasta que la aparición de Morrigan —la nueva Muerte, con su empatía contaminante— lo hizo dudar por primera vez. Ahora, esa duda regresaba, amplificada por la voz de Azrael.
La sombra rio, el sonido chocando en las paredes creando eco.
—Exacto. Y ella es el obstáculo. La nueva Muerte es débil, está contaminada por su humanidad. Tú y yo podemos reclamar lo que nos corresponde. Toma la llave, y únete a mí. Recuerda el poder que sentiste cuando aceptaste conquistar el mundo mortal. Era tuyo... nuestro.
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Editado: 05.01.2026