«LAS HERIDAS QUE NO SE VEN, SE CURAN CON PALABRAS QUE NO SE DICEN»
La casa en las colinas parecía un refugio olvidado en medio de la tormenta que azotaba Kansas esa noche. Afuera, el viento golpeaba contra las ventanas reforzadas, como si el mundo exterior intentara reclamar lo que se había resguardado dentro. En el interior, la escena era casi surrealista. Crowley, el Príncipe de las Tinieblas, se movía por la cocina con una soltura impropia de su naturaleza, sus ojos rojos brillando tenuemente en la penumbra iluminada solo por una lámpara de mesa. Sus manos, acostumbradas a conjurar fuego infernal y sellar pactos demoníacos, ahora removían una olla de sopa casera con una cuchara de madera. El aroma a romero, tomillo y ajo llenaba el aire, un contraste ridículo con su aura de oscuridad eterna.
En la habitación principal, Morrigan descansaba entre sábanas con aroma a lavanda. Aunque el veneno de Azrael comenzaba a ceder bajo los cuidados del demonio, la herida de su costado seguía menos molesta que antes, pero aun presente. Su capa roja colgaba en un perchero cercano, como un recordatorio silencioso de su verdadera naturaleza. Sus ojos verdes, ahora más claros que la noche anterior, seguían cada movimiento de Crowley cuando él entró en la habitación con un tazón humeante.
—No soy una inválida —murmuró ella, intentando incorporarse. Su voz era ronca, pero conservaba ese filo irónico que la definía. Como la Muerte encarnada, no estaba acostumbrada a la debilidad, pero su lado humano la obligaba a aceptar la vulnerabilidad.
Crowley alzó una ceja, su sonrisa burlona curvando sus labios.
—Por supuesto que no. Solo eres la encarnación de la Muerte, postrada en cama por un simple roce de sombras. Ahora siéntate y come, antes de que pierda la paciencia y decida alimentarte yo mismo como a un pajarillo.
Le tendió el tazón, sentándose al borde de la cama con una familiaridad que sorprendió a ambos. Morrigan tomó la sopa, soplando el vapor antes de probarla. El sabor era sorprendentemente bueno: reconfortante, con un toque de especias que calentaba desde dentro. No era magia demoníaca; era algo mortal, algo que él había aprendido a preparar en sus siglos de deambular por el mundo humano.
—No sabía que los príncipes del infierno cocinaban —dijo ella, esbozando una pequeña sonrisa.
Crowley se encogió de hombros, su traje oscuro arrugado por las horas de vigilancia mientras ella había estado durmiendo.
—He tenido tiempo. Siglos, de hecho. Cuando no estás conquistando reinos o evadiendo cazadores de demonios, aprendes a apreciar las pequeñas cosas, como tu decías.
Se quedaron en silencio por un momento, solo interrumpido por el rítmico golpeteo de la lluvia. Crowley la observaba, no con lástima, sino con esa curiosidad depredadora que lo caracterizaba. Morrigan, por su parte, sentía el peso de su mirada. Como mitad humana, había vivido en el mundo mortal durante años: trabajando en librerías ocultas de Kansas, perdiéndose en novelas que hablaban de redención y segundas oportunidades. Le gustaba leer; era su escape, una forma de entender la humanidad que su manto de Muerte le negaba a menudo.
—¿Por qué lo haces? —preguntó al fin, dejando el tazón a un lado—. Cuidarme no encaja con tu reputación. Tú eres el que manipula, el que toma lo que quiere sin pedir permiso.
Crowley se recostó contra el cabecero de la cama, cruzando los brazos, y por un instante, sus ojos rojos se tornaron de un castaño casi humano.
—Tal vez me aburro. O tal vez verte así me recuerda que incluso el final de todas las cosas puede ser vulnerable. Y eso, Morrigan, resulta fascinante.
Ella soltó una risa baja, que se convirtió en una mueca de dolor cuando el movimiento hizo que sintiera dolor debido a la herida.
—Fascinante. Claro. Como un experimento infernal. Igual que cuando ibas a verme al hospital, estaba en coma, pero no sorda.
—No exactamente. —Crowley se levantó, ajustando las almohadas detrás de ella con una delicadeza inesperada—. Pero admito que no esperaba esto. Azrael me convenció una vez de que el mundo mortal era un juguete para romper. Y ahora, aquí estoy, jugando a la enfermera con la única entidad que podría acabar conmigo de un chasquido.
Morrigan lo miró fijamente, sus ojos verdes profundos reflejando la luz de la lámpara.
—Azrael. Ese nombre... lo he sentido en las sombras. ¿Qué te ofreció exactamente?
—Hace siglos, en las profundidades del Abismo, Azrael se acercó a mí; era un corruptor, un señor de sombras que veía en mí un aliado perfecto. Me pintó visiones de un mundo mortal bajo nuestro dominio: ciudades ardiendo, almas cosechadas, poder absoluto sin el estorbo de equilibrios cósmicos. Y yo lo acepté. Por un tiempo, fuimos socios en el caos. Derramamos sangre, rompimos velos entre mundos. Era glorioso, en esa forma oscura y vacía.
Hizo una pausa, sus dedos tamborileando en la rodilla.
—Pero entonces apareciste tú. La nueva Muerte, con tu empatía contaminante. Me hiciste dudar. Ver cómo luchabas contra tu propio manto... cambió algo en mí.
Morrigan asintió lentamente. Entendía bien esa lucha.
—Yo creo en la redención cuando la muerte es evitable —explicó ella, su voz ganando firmeza—. No soy como los antiguos. Camino por estas calles, veo a la gente luchar y, a veces, el equilibrio permite una segunda oportunidad. La muerte no debería ser un capricho, sino el último recurso. Incluso para alguien como tú, Crowley.
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Editado: 30.01.2026