Profecía De Dos Mundos

CAPÍTULO 12

«LOS MOMENTOS QUE NO SE ESPERAN SON LOS QUE CAMBIAN TODO»

Los días siguientes a la recuperación de Morrigan transcurrieron con una calma inusual en la casa de las colinas, un refugio que ahora respiraba paz, aunque fuera solo por un tiempo. Crowley, el Príncipe de las Tinieblas, había extendido su estancia en el mundo mortal más de lo que jamás habría admitido. Kansas, con sus cielos amplios y su tranquilidad rural, lo atraía de una forma que no lograba explicar del todo. O quizás sí: era ella.

Morrigan, la nueva Muerte, había regresado a su vida cotidiana con la fortaleza que solo se adquiere cargando con lo inevitable, pero sin perder su lado humano. Trabajaba en esa pequeña librería del centro, rodeada de libros polvorientos que hablaban de otros mundos, mientras equilibraba su rol sobrenatural con una empatía que la hacía

Crowley, con su traje oscuro que parecía absorber la luz del sol de la tarde, comenzó a deambular por el pueblo con más frecuencia. Sus ojos, que oscilaban entre un castaño apacible y un rojo encendido cuando la ira o la curiosidad lo invadían, miraba por las calles queriendo encontrarla. No era coincidencia que se encontraran; él lo planificaba todo con esa astucia que lo definía, aunque ahora con una intención más sincera.

Una tarde, mientras caminaba por la Plaza Mayor, la vio: Morrigan, con su cabello rojizo suelto al viento, arrodillada junto a un grupo de niños que jugaban en una fuente. Llevaba una ropa sencilla, pero su presencia transmitía esa seguridad tranquila. Los pequeños, con sus risas inocentes, se acercaban a ella sin miedo, como si su lado humano —esa empatía profunda hacia los vulnerables— les susurrara que estaban a salvo.

—Parece que has encontrado tu segunda vocación —dijo Crowley, acercándose con esa sonrisa burlona que ocultaba su fascinación—. La Muerte cuidando a los vivos. Una ironía bonita, ¿no?

Morrigan alzó la vista, sus ojos verdes brillando con diversión. Uno de los niños, un chico de no más de seis años, le tomaba la mano con confianza, ajeno a lo sobrenatural que los rodeaba.

—Alguien tiene que hacerlo —respondió ella, con ese humor seco y cortante que la caracterizaba—. Y tú, ¿qué haces merodeando por aquí? ¿Planeando algún pacto infernal con el vendedor de los helados?

Crowley se rio bajo, agachándose para estar a la altura del niño, quien lo miró con curiosidad pero sin temor. Era fascinante cómo Morrigan manejaba su dualidad: mitad demonio, mitad humana, encarnación de la Muerte que aún creía en la redención, cuando era posible. Ella, que había vivido en el mundo mortal durante décadas, entendía el valor de la inocencia. Los niños sentían esa calidez en ella, esa valentía que la convertía en una fuerza imparable.

Mientras los pequeños se dispersaban, Crowley la ayudó a ponerse de pie, su mano rozando la de ella por un instante más largo de lo necesario.

—Es interesante verte así —admitió bajando la voz—. Asumiendo roles que nadie esperaría de la Muerte. Me hace pensar en nosotros. En cómo has cambiado la forma en que veo este mundo caótico.

Morrigan ladeó la cabeza, ajustándose la chaqueta con naturalidad.

—Estoy aquí para recordarte eso siempre que lo necesites —dijo, con una sonrisa que suavizaba su enigma.

Se quedaron así por un momento, compartiendo una conexión que iba más allá de lo sobrenatural: un vínculo forjado en la comprensión y el apoyo mutuo. Crowley, el maestro de la manipulación con su crueldad impredecible, sentía que algo en él se ablandaba. Tal vez, con el tiempo, podrían tener una relación mucho más cercana.

Los meses pasaron de forma inesperada. Crowley, que solía desaparecer entre las sombras del infierno, se encontraba quedándose en Kansas. Salían juntos: paseos por los caminos de tierra al atardecer, donde Morrigan le hablaba de sus libros favoritos; novelas que exploraban la redención, o visitas a cafés locales donde compartían anécdotas de sus vidas eternas. Él, con su anillo demoníaco brillando como un recordatorio de su origen, la escuchaba con atención profunda. Ella, con su resistencia sobrehumana y su ingenio, lo desafiaba a ver el mundo mortal no como un campo de conquista, sino como un lugar lleno de pequeños momentos que valía la pena vivir.

Una tarde soleada de primavera, Morrigan lo tomó del brazo y lo arrastró literalmente hacia la feria del condado. Llevaba una blusa ligera y su cabello rojizo brillaba bajo el sol.

Crowley, por su parte, dejaba que lo arrastraran con la misma expresión que pondría un felino muy digno al ser llevado en brazos por un niño entusiasta: resignación elegante salpicada de curiosidad peligrosa.

—¿En serio vamos a hacer esto? —preguntó, voz suave y ligeramente exasperada.

—Absolutamente en serio —respondió ella sin mirarlo, sin soltarle—. Llevas siglos haciendo planes, conspirando, derrocando reinos invisibles y escribiendo contratos con letra diminuta. Hoy vas a hacer cola para una atracción y vas a gritar como persona normal. Considéralo… penitencia creativa.

Crowley soltó una risa corta, oscura.

—Penitencia. Qué palabra tan humana has elegido, jinete.

Ella giró la cabeza lo justo para dedicarle una media sonrisa.

—Y tú qué palabra tan demoníaca has usado para decir “me da curiosidad pero jamás lo admitiré”.




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